La formación del cúmulo estelar NGC 6823 en la asociación Vulpecula OB


 NGC 6823 _SW80ED _ ZWO ASI533MC Pro _267LIGHTS _ 60.00 _1x1 _ 150 _ -10.10 _2024-07-13


La noche había caído sobre el bosque de Santa María del Tiétar con suavidad. El cielo, despejado tras la tormenta de la tarde, prometía transparencia. 

Mientras la cámara capturaba luz en intervalos de sesenta segundos, en un apilamiento paciente, yo pensaba en lo que estaba retratando: no una simple mancha rojiza en el cielo, sino un capítulo activo en la historia de la creación estelar. Estaba mirando hacia Sh2-86, una nebulosa de emisión incrustada en la asociación Vulpecula OB1, donde las nubes moleculares gigantes se encuentran, se rozan, se aplastan... y dan a luz.


El corazón de la creación


Las Nubes Moleculares Gigantes (GMC) son vastas extensiones de gas y polvo que flotan en los brazos espirales de las galaxias. Como enormes continentes cósmicos, contienen el ingrediente esencial para crear estrellas: hidrógeno molecular frío y oscuro. En su interior, se enroscan filamentos aún más densos, los llamados Filamentos Moleculares Gigantes (GMF). Son estructuras alargadas, parecidas a raíces enterradas en lo invisible, y es en sus tramos más compactos donde la gravedad empieza a hacer su trabajo silencioso.


Pero la gravedad necesita un empujón.


Ese empujón, a menudo, llega en forma de colisiones. Las nubes no están quietas: se mueven, chocan, se deslizan unas sobre otras como placas tectónicas galácticas. Ya sea por el tirón de los brazos espirales o por cizallamientos en las corrientes del medio interestelar, estas colisiones provocan ondas de choque que comprimen el gas. Es en esos choques donde la materia, de pronto, encuentra un motivo para cambiar.


Imagina dos nubes de arena flotando en un desierto planetario. Lentas, impulsadas por corrientes opuestas. Al encontrarse, se compactan. En el centro de esa colisión, nace una duna más sólida. Así también, en el universo, una nube que choca puede encender el fuego estelar.


 Vul OB1 y la forja de NGC 6823


En el Espolón Local —una extensión de nuestra Vía Láctea que parece salirse de su propio brazo— se encuentra la región de Vulpecula OB1, un hervidero de formación estelar. Allí conviven nubes moleculares, cúmulos en formación y regiones ionizadas. Es un barrio cósmico joven, activo, turbulento.


Entre sus joyas más llamativas está Sh2-86, y en su corazón, el cúmulo estelar NGC 6823. Este grupo de estrellas jóvenes y masivas es el resultado visible de aquella danza de colisiones entre nubes. Probablemente, su origen se remonta a una colisión entre filamentos del Espolón Local, como describe el estudio realizado con el radiotelescopio de 45 metros en Nobeyama (Kohno et al., 2022).


La imagen que capté esa noche muestra una nebulosa de tonos rojizos intensos —señal de hidrógeno ionizado (Hα)—, atravesada por glóbulos oscuros, como manchas de tinta sobre una página de fuego. Esos glóbulos, conocidos como glóbulos de Bok, son núcleos densos y fríos donde quizás —en este mismo momento— estén naciendo nuevas estrellas.


La estructura de Sh2-86 es intrincada: burbujas esculpidas por la radiación, filamentos que se retuercen, regiones densas protegidas por la sombra. Allí, la luz y la oscuridad se entrelazan en un equilibrio frágil, como si la nebulosa respirara a través de sus cavidades.


Lo que la imagen no cuenta… pero sugiere


Apilar 114 capturas bajo el cielo limpio no solo revela luz. Revela historia. Cada fotón que llega al sensor ha viajado unos 6.000 años luz. Salió de una región de gas calentada por estrellas jóvenes que tal vez ya no existen. Lo que veo esta noche no es el presente, sino una huella luminosa del pasado. Cada curva de polvo, cada filamento que resplandece, cada sombra que se insinúa… habla de procesos dinámicos, de empujones gravitacionales, de colisiones gigantescas.


Y sin embargo, hay algo íntimo en esa violencia.


Porque esas explosiones silenciosas no destruyen, crean. Transforman el caos en cúmulo. La niebla en luz. Lo invisible en visible.



 Epílogo desde la Tierra


Cuando, al amanecer, desmonto el telescopio y observo la imagen que ha quedado grabada, me doy cuenta de que he presenciado algo más que una captura astrofotográfica. He participado, desde este rincón de la Tierra, en una escena ancestral de gestación cósmica.


Sh2-86, Vul OB1, NGC 6823… nombres técnicos para una realidad poética: el universo sigue naciendo. Y a veces, si apilamos suficiente paciencia, podemos vislumbrar su respiración.


 Astrometáfora


“Cuando las nubes chocan, el cielo enciende sus lámparas.”


Hay lugares donde el universo parece recordar cómo se hace la vida.

No lo hace en silencio, sino a través del estruendo suave de dos nubes que se encuentran.

Como manos de gigantes de gas que se buscan a ciegas… y al tocarse, aprietan el vacío hasta hacerlo brillar.


Así nacen las estrellas.

No del reposo, sino del roce.

No de la calma, sino del conflicto.


Cada cúmulo que vemos es una duna formada por el choque de vientos galácticos.

Una luz que surgió de una colisión.

Una llama que, para encenderse, necesitó primero ser empujada.


Referencia: Kohno, M., Nishimura, A., Fujita, S., Tachihara, K., Onishi, T., Tokuda, K., Fukui, Y., Miyamoto, Y., Ueda, S., & Kiridoshi, R. (2022). Estudio de CO del espolón local de 45 m de Nobeyama. I. Filamentos moleculares gigantes y formación de cúmulos en la asociación Vulpecula OB. Publicaciones de la Sociedad Astronómica de Japón, 74(1), 24–49. https://doi.org/10.1093/pasj/psab107

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