Vivimos bajo un cielo encendido... pero no por las estrellas.
Un tercio de la humanidad ya no puede ver la Vía Láctea.
La gran espiral luminosa que guió a navegantes, inspiró mitologías
y encendió la chispa de la ciencia, ha desaparecido para millones.
No porque se haya ido, sino porque la hemos ocultado tras un resplandor artificial.
En 2016, un atlas global de la contaminación lumínica lo dejó claro:
el 99 % de los europeos y norteamericanos viven bajo cielos velados.
El 80 % de la población mundial ha perdido la noche estrellada.
Y nuestros hijos crecen sin conocer el misterio que habitaba el cielo.
Esta contaminación no se debe a una necesidad, sino a una negligencia.
Farolas que iluminan el aire. Publicidad que nunca duerme.
Ciudades que confunden seguridad con exceso.
La luz mal dirigida sube, se dispersa, y borra las estrellas.
España destaca:
las calles más iluminadas de Europa,
el segundo país más contaminado del continente,
y uno de los que más derrocha energía apuntando al cielo.
Pagamos con dinero, con dióxido de carbono… y con silencio cósmico.
Pero no todo está perdido.
Aún hay refugios de oscuridad:
el Roque de los Muchachos en La Palma,
la Sierra de Javalambre,
y otros rincones que luchan por no apagar el cielo.
La noche no es solo el reverso del día.
Es la mitad del tiempo… y la mejor mitad.
Donde los ciclos del universo se revelan,
donde surgieron las primeras ideas racionales sobre la naturaleza,
donde la humanidad dejó de temer a los dioses
y empezó a entender las leyes del cosmos.
La noche estrellada nos enseñó a pensar.
Y ahora, al borrar las estrellas,
borramos también una parte de nosotros.
Oscar Wilde escribió:
“Estamos todos en la alcantarilla, pero algunos miramos a las estrellas.”
¿Y si incluso ese consuelo estuviera desapareciendo?
No es tarde aún.
Podemos devolver la noche al mundo.
Solo hay que apagar un poco abajo
para volver a ver arriba.
Astrometáfora
Apagamos las estrellas sin darnos cuenta.
Cubrimos la noche de faroles y olvido,
como si temiésemos el silencio
que susurra desde lo alto.
Ya no buscamos constelaciones,
sino notificaciones.
Ya no levantamos la vista,
la hemos domesticado hacia abajo.
Y sin embargo, el universo no se ha ido.
Solo espera, paciente,
que recordemos cómo se mi
raba la noche
cuando aún sabíamos soñar con ella.

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