Había una vez una Luna pequeña, redonda y muy inquieta que daba vueltas alrededor de la Tierra.
Una vuelta.
Y otra.
Y otra más.
—¡Mírame, Tierra! —decía la Luna mientras giraba—. ¡Soy la bailarina más veloz del cielo!
La Tierra giraba lentamente sobre sí misma. Parecía tranquila, pero llevaba mucho tiempo observando a su amiga.
—Luna, hay algo que quiero preguntarte.
—¿Qué pasa? —respondió ella, frenando un poquito su danza.
—Siempre me enseñas el mismo lado. Veo tus cráteres, tus montañas y tus manchas oscuras… pero nunca veo lo que tienes detrás.
La Luna abrió mucho los ojos.
—¿Detrás? ¡Pero si yo estoy girando!
—Eso es lo extraño —dijo la Tierra—. Si giras, ¿por qué nunca me enseñas el otro lado?
La Luna empezó a dar vueltas más deprisa.
—¡Mira! ¡Giro sobre mí misma!
Después continuó avanzando alrededor de la Tierra.
—¡Y también giro a tu alrededor!
Pero, mientras avanzaba, la Luna giraba poco a poco sobre sí misma. Así conseguía mantener siempre el mismo lado mirando hacia la Tierra.
Entonces apareció el Viento Solar, veloz y brillante, silbando entre los dos mundos.
—¡Fiuuuuu! No hay ningún misterio imposible. Solo hace falta mirar con atención.
El Viento Solar colocó una pequeña estrella en el centro del espacio.
—Esta estrella será la Tierra. Y tú, Luna, caminarás a su alrededor sin dejar de mirarla.
La Luna comenzó a caminar.
Un paso hacia un lado.
Otro paso.
Otro más.
Para seguir mirando a la Tierra, tuvo que girar lentamente mientras avanzaba.
—¿Lo veis? —preguntó el Viento Solar—. La Luna tarda aproximadamente lo mismo en girar sobre sí misma que en dar una vuelta alrededor de la Tierra. Por eso siempre nos enseña el mismo hemisferio.
La Luna se quedó pensativa.
—Entonces no es que esté quieta…
—¡Claro que no! —respondió la Tierra—. Viajas, giras y bailas sin parar.
—Ni tampoco tengo una cara oscura para siempre —añadió la Luna—. Solo tengo un lado cercano, que vosotros veis, y otro lado lejano, que desde la Tierra permanece escondido. Los dos reciben la luz del Sol.
La Luna sonrió, orgullosa.
—¡Qué bien bailo! Giro alrededor de ti y, al mismo tiempo, mantengo mi mirada.
—Es un baile muy especial —dijo la Tierra—. No porque estés quieta, sino porque sabes acompañar cada vuelta con el giro exacto.
Desde entonces, cada noche, cuando miramos hacia arriba, vemos el mismo lado de la Luna: un paisaje lleno de cráteres, montañas y cicatrices antiguas.
Pero la Luna no está quieta.
Mientras recorre su camino alrededor de la Tierra, también gira sobre sí misma, como una bailarina que nunca pierde de vista a su compañera.
Y así, vuelta tras vuelta, la Luna y la Tierra continúan danzando en el espacio.
No es un abrazo inmóvil.
Es un abrazo que gira.
🧸 Pequeños Astrónomos: Cuentos para una noche bajo las estrellas
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