Confesiones de una nebulosa oscura
I. Me llamo Barnard 147
No soy una estrella.
Tampoco un planeta, ni una galaxia lejana.
Soy una nube. Una nube fría, oscura y densa.
Y aunque carezco de brillo, no estoy vacía.
Me oculto en el cielo como un agujero sin bordes,
una mancha de tinta en medio del resplandor.
Muchos me ignoran, algunos me temen.
Pero quien sabe mirar… descubre que yo también soy cielo.
II. Mi oficio es esconder
Lo que ves como negrura no es un vacío.
Es polvo. Polvo finísimo, cósmico,
hecho de átomos que ya ardieron en otras estrellas.
No dejo pasar la luz de las estrellas que hay detrás.
Las engullo, las disuelvo,
como si el firmamento tuviera una mordida ausente.
Pero esa ausencia es mi lenguaje.
Yo, la invisible, soy quien traza los contornos de lo visible.
Sin mí, no habría contraste.
Sin sombra, no hay figura.
III. Mi temperatura es la del susurro
Estoy fría. Muy fría.
Apenas unos grados por encima del cero absoluto.
Tan callada que ni los fotones quieren visitarme.
Y, sin embargo, es aquí donde nace la vida estelar.
Mis átomos se agrupan en silencio,
como semillas que ignoran todavía el árbol que serán.
Y cuando la presión se vuelva irresistible,
una nueva estrella comenzará a latir en mi interior.
Pero eso lleva tiempo. Mucho tiempo.
Años que no caben en tu calendario.
Por eso me ves quieta. Pero créeme: estoy gestando.
IV. No soy la única
Tengo hermanas.
Nos llaman nebulosas oscuras,
y aparecemos allí donde el polvo ha vencido a la luz.
A veces somos filamentos. Otras, manchas.
A veces, caminos de sombra entre campos estrellados.
Nos conocen por números: Barnard 68, LDN 1622, la Cabeza de Caballo...
Pero cada una de nosotras guarda su historia.
No somos ruinas.
Somos cuencos. Matrices. Albergues del futuro.
Las estrellas no nacen en el fuego:
nacen en nosotras, las que no brillamos.
V. A veces reflejo
Cuando una estrella joven me roza con su luz,
mis bordes se tiñen de azul.
Así ocurre con algunas de mis primas más visibles,
como la que arropa al cúmulo de las Pléyades.
Allí, los granos como los míos dispersan la luz azul,
igual que la niebla lo hace con los faros de un coche.
No es que brillemos por cuenta propia:
es que aprendimos a devolver la luz sin descomponerla.
Y aun así, yo prefiero la sombra.
La luz revelada es hermosa…
pero lo que se oculta tiene más misterio.
VI. El arte de ser umbral
Algunos me miran como si yo no estuviera.
Como si mi oscuridad fuera un error de sus telescopios.
Pero Barnard, aquel que me fotografió por primera vez,
comprendió lo que soy.
No un vacío. No una ausencia.
Sino un umbral.
Un lugar donde el tiempo va lento,
y el universo ensaya su próxima creación.
Yo no soy el final de la luz.
Soy el comienzo de su próxima historia.
VII. 🪐 Epílogo estelar
Barnard no fue un poeta,
pero miró el cielo como si lo fuera.
Descubrió que los agujeros del firmamento
no eran vacíos, sino corazones en gestación.
Nos enseñó que lo invisible no es ausencia, sino misterio.
Y que en cada grano de polvo,
en cada sombra que flota entre las estrellas,
late la promesa silenciosa de una luz por nacer.
🌫 Astrometáfora: voz de la nebulosa
No me temas si me ves oscura.
Solo estoy esperando mi hora.
En mi vientre duermen las luces del mañana.




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