Cuando el otoño apaga lentamente el fuego del verano y las noches se alargan como un suspiro, el cielo nos regala un encuentro que sólo sucede de vez en cuando: dos cometas visibles en el mismo mes, dos viajeros del hielo que, tras miles de años de silencio, regresan brevemente a la luz.
Sus nombres son C/2025 R2 (SWAN) y C/2025 A6 (Lemmon).
Ambos nacieron en los confines del sistema solar, allí donde el Sol apenas es una estrella más entre las sombras del espacio. Ahora, empujados por la gravedad y el destino, se acercan al corazón luminoso del sistema, desnudando sus almas heladas ante el fuego solar.
El resurgir de SWAN
El cometa SWAN fue descubierto el 11 de septiembre de 2025 por el astrónomo aficionado ucraniano Vladimir Bezugly, al revisar las imágenes del instrumento SWAN del satélite SOHO —un ojo que observa el viento solar desde la frontera de la Tierra y el Sol.
Por un tiempo, el cometa permaneció oculto tras el resplandor diurno. Pero a mediados de octubre emergió al crepúsculo, desplegando una tenue coma verde-azulada: el resplandor del carbono diatómico, encendido por la radiación solar.
Durante el 20 y 21 de octubre, SWAN alcanzó su máxima aproximación a la Tierra —unos 40 millones de kilómetros— y rozó la magnitud 4, justo en el umbral de la visibilidad a simple vista desde cielos oscuros.
Desde España, puede buscarse hacia el suroeste, poco después del ocaso, cuando el cielo aún guarda un tono de cobre.
Su brillo no es estable: los cometas son imprevisibles. A veces estallan en luz; otras se disuelven silenciosamente. Pero ese es parte de su encanto: cada noche cuentan una historia distinta.
Lemmon, el visitante que no volverá pronto
El segundo protagonista, C/2025 A6 (Lemmon), fue hallado el 3 de enero de 2025 desde el observatorio del Mount Lemmon Survey, en Arizona.
Cuando se descubrió, era apenas un fantasma en los datos, de magnitud 21, casi 10 millones de veces más débil que lo que el ojo humano puede ver.
Y sin embargo, siguió creciendo.
En octubre de 2025, Lemmon se acerca a la Tierra hasta unos 89 millones de kilómetros, alcanzando también una magnitud 4. Su coma adopta un tono verde limón, y su cola, larga y difusa, se extiende como un velo que el viento solar arrastra hacia el vacío.
Se calcula que no volverá en más de 1.300 años. Es decir, los ojos que hoy lo contemplen serán los últimos en muchas generaciones.
Una visita breve y única —una cita con la eternidad.
Epílogo: los mensajeros del frío
Los cometas son memorias del origen.
Fragmentos del disco primordial que dio forma al Sol y a los planetas, guardianes de un pasado congelado.
Cuando se acercan a la estrella, el hielo se sublima, el polvo se libera, y por unos días su cuerpo efímero se convierte en un faro visible: un recordatorio de que todo lo que brilla en el cielo también pasa.
Mirar a SWAN y Lemmon es asomarse a los límites del tiempo.
Dos mensajeros del frío que cruzan nuestro cielo otoñal, dejando tras de sí una historia hecha de hielo, luz y distancia.
Y aunque pronto se alejarán hacia la oscuridad, su estela seguirá viva, como una narrativa con retorno de luz, un eco de aquello que el cosmos quiso mostrarnos sólo una vez.
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