Cometa 3I/ATLAS el 24 de septiembre de 2025 desde Farm Tivoli (Namibia). Imagen: Gerald Rhemann y Michael Jäger
Hay visitantes que cruzan el cielo sin anunciarse.
Aparecen un día en las bases de datos, un destello en las imágenes de un telescopio automático, y antes de que podamos aprender su nombre, ya se alejan rumbo al silencio.
Así llegó 3I/ATLAS, un fragmento de otro Sol que atraviesa nuestro sistema como un pensamiento fugitivo.
No pertenece a este vecindario; lo sabemos por su velocidad, casi 60 kilómetros por segundo, tan alta que el Sol no puede retenerlo.
Su órbita es hiperbólica: una línea abierta, sin regreso.
El tercer visitante interestelar
Antes de él vinieron dos: ‘Oumuamua, la piedra sin cola, y Borisov, el cometa de otro sistema.
3I/ATLAS es el tercero en esa breve genealogía de forasteros.
Fue descubierto el 12 de abril de 2024 por el Asteroid Terrestrial-impact Last Alert System (ATLAS), el mismo programa que vigila el cielo buscando objetos potencialmente peligrosos para la Tierra.
Su brillo, apenas perceptible —una magnitud aparente cercana a 18—, delataba un cuerpo activo, con colas de polvo y gas que respiraban en la lejanía solar.
No traía mensaje ni amenaza: solo una historia que empezaba mucho antes de que existiera el Sol.
Quizá un planeta gigante, en otro sistema, lo arrojó al vacío hace millones de años.
Desde entonces ha cruzado la galaxia como un mensajero helado, portando en su interior dióxido de carbono y agua congelada: la última respiración del sistema que lo vio nacer.
En busca de sus testigos
Un grupo de astrónomos —Pérez-Couto, Torres, Villaver, Mustill y Manteiga— intentó rastrear su pasado.
Querían encontrar las estrellas que lo rozaron en su travesía, los posibles testigos de su viaje.
Para ello recurrieron a los datos de Gaia, el mapa más preciso de la Vía Láctea: más de mil millones de estrellas, cada una con su posición, distancia y movimiento medidos con exactitud micrométrica.
Su propósito era poético y audaz: retroceder diez millones de años en el tiempo para reconstruir la ruta de un solo fragmento errante entre las mareas estelares.
Calcularon encuentros posibles con millones de estrellas del entorno solar, buscando una que, quizá, hubiera sido su estrella madre.
El resultado fue un mosaico de coincidencias estadísticas: 93 encuentros nominales, 62 significativos.
El más cercano, una estrella sin nombre —Gaia DR3 6863591389529611264—, pasó a 0,3 pársecs (61.800 unidades astronómicas) hace unos 72.000 años.
Su influencia gravitatoria fue mínima: un cambio de velocidad de medio milímetro por segundo.
Nada.
Ni una huella en su trayectoria.
Un errante sin origen visible
Así descubrieron algo aún más asombroso:
en los últimos diez millones de años, ninguna estrella conocida ha alterado de forma significativa la órbita de 3I/ATLAS.
Nadie lo lanzó, nadie lo desvió.
Y sin embargo, ahí está, cruzando el cielo con la serenidad de quien no espera ser reconocido.
Su movimiento coincide con el del disco delgado galáctico, donde orbitan la mayoría de las estrellas como el Sol.
Eso sugiere un origen común, cercano, quizás un sistema solar semejante al nuestro.
Puede que orbitara una estrella amarilla, con planetas y cinturones de hielo.
Puede que fuera expulsado por un baile gravitacional entre mundos.
Y desde entonces viaja sin nombre, sin destino, sin regreso.
El misterio de lo irreconocible
El título del estudio lo dice todo: “In Search of the Witnesses to Its Voyage.”
Buscaron los testigos. No los hallaron.
Quizá porque ya no existen.
O porque la memoria galáctica se disuelve con el tiempo, borrando las huellas como el viento borra los pasos en la arena cósmica.
Incluso con Gaia, los investigadores pueden rastrear solo una fracción —aproximadamente un 25%— de los encuentros posibles.
El resto está perdido en la penumbra: estrellas sin velocidad radial conocida, distancias inciertas o ausencias en nuestros catálogos.
Pero no es un fracaso, sino una revelación: algunos viajeros son imposibles de rastrear porque su historia pertenece al silencio.
Astrometáfora: el silencio del visitante
Si pudiéramos escuchar a 3I/ATLAS, no oiríamos estruendo ni canto: solo el murmullo sordo del vacío interestelar.
Su paso por el sistema solar es un recordatorio de lo inmenso y lo efímero, de las historias que se cruzan sin tocarse.
3I/ATLAS no vino a contarnos de dónde viene, sino a recordarnos que toda existencia deja más preguntas que respuestas.
Y mientras se adentra en la noche galáctica, la Tierra queda sola, escuchando ese silencio que —por un instante— parece la respiración del universo.
Referencia: 3I/ATLAS: In Search of the Witnesses to Its Voyage
X Pérez-Couto, S Torres, E Villaver, AJ Mustill… - arXiv preprint arXiv:2509.07678, 2025
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