Se trata de una fulguración solar de clase C3.6, registrada el 14 de enero de 2026.
Comenzó a las 16:07 UTC, alcanzó su máximo a las 16:17 UTC y decayó hacia las 16:25 UTC.
El evento se originó en una región situada en N17E88, muy cerca del limbo oriental del Sol. Esa posición indica que la liberación de energía ocurrió casi en el borde visible del disco, por lo que gran parte del fenómeno quedó parcialmente oculto desde la perspectiva terrestre.
Fue una fulguración moderada, sin efectos significativos sobre la Tierra, pero relevante como señal de actividad en regiones que están entrando en el disco solar y que podrían mostrar mayor protagonismo en los próximos días.
El disco solar de hoy se presenta contenido, sin estridencias. En la cromosfera, tres regiones activas sostienen el paisaje: una, ya muy cerca del limbo occidental, se deshilacha en una mancha simple; otra, más extensa y compleja, domina el hemisferio sur con un brillo persistente; la tercera, joven y aún en crecimiento en el norte, marca su presencia con plages claras pero sin gestos eruptivos. El conjunto transmite una sensación de calma tensa, como un terreno volcánico que hoy solo exhala vapor.
Bajo esa superficie, la dinamo solar mantiene su trabajo silencioso. La energía magnética acumulada es modesta. Las fulguraciones registradas han sido débiles, de clase C, y el fondo de rayos X permanece estable en nivel bajo. El flujo solar en 10,7 cm confirma esta fase contenida: el Sol no empuja, administra. Es el latido propio de un máximo de ciclo que, en este momento concreto, decide no alzar la voz.
Esa energía, aun sin explosiones, no se queda quieta. El medio interplanetario está dominado por el soplo rápido de un agujero coronal de polaridad negativa. El viento solar fluye con velocidad elevada y arrastra un campo magnético que ha oscilado lo suficiente como para rozar la orientación sur. No hay nubes densas de plasma viajando hacia nosotros; no hay CME en camino. Es un flujo sostenido, continuo, más desgaste que impacto.
La magnetosfera terrestre responde con una leve incomodidad. El campo geomagnético ha transitado entre estados tranquilos y activos, con índices Kp moderados que reflejan fricción, no tormenta. La entrada de electrones energéticos es notable en el entorno terrestre, pero el escudo magnético se mantiene firme. Si hay auroras, serán discretas y lejanas, confinadas a latitudes altas.
Bajo este intercambio, la Tierra gira envuelta en nubes. La Luna menguante, que apenas ilumina, acompaña un cielo que no invita a la observación, pero el diálogo continúa igualmente. Aunque no veamos el Sol ni las estrellas, vivimos dentro de su atmósfera extendida: una conversación constante, hoy tranquila, entre una estrella activa y su planeta atento.

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