El magnetograma revela un paisaje ordenado, y yo lo siento como una piel sin grandes desgarros, solo zonas de tensión moderada: 4351 al sur oeste, 4347 y 4353 en el norte con configuraciones Alpha y Beta discretas, y una cadena ecuatorial de minúsculas manchas y plages que se estira en torno a 4355–4357. Esa cintura de imanes alineados es más murmullo que grito: no hay nudos beta–gamma–delta ni campos entrelazados de forma crítica; el Wolf 109 se reparte en ocho regiones activas visibles que, en conjunto, suman unos modestos 300 MH. En H‑alfa, los filamentos detectados se reparten como cicatrices finas: un par de trazos en latitudes medias, alguno más largo en el hemisferio sur, todos ellos estables, sin signos claros de inminente erupción. La cromosfera, hoy, se parece más a un mapa de recuerdos que a un campo de batalla; bajo ese mapa tranquilo, algo se prepara.
Donde la historia se anima es en mi corona. Un agujero coronal bien delimitado, recortado sobre el hemisferio este en las imágenes AIA 193, se abre como una ventana oscura hacia el espacio: CH01, la válvula desde la que mi aliento rápido comienza a rozar la órbita terrestre. Ayer el flujo alcanzó picos de unos 480–500 km/s con un Bz que apenas se inclinó a −5 nT; lo justo para llevar la actividad geomagnética de quieta a inquieta, sin pasar el umbral de la tormenta. Los modelos indican que hoy y mañana la influencia de este agujero coronal se intensificará: el campo interplanetario se mantendrá en torno a 9 nT, el viento acelerará algo más y las condiciones pasarán a inestable–tormenta menor, con probabilidad de G1 en algún tramo de la noche.
Para la Tierra, esto se traduce en un escenario curioso: el riesgo ya no viene de grandes fulguraciones –estoy en nivel bajo, con solo C1–C3 dispersas–, sino del empuje constante de ese flujo rápido. El A‑index estimado del 27 apenas llegó a 8, pero el pronóstico eleva los valores diarios a 24 para hoy, con un 25% de probabilidad de tormentas menores y hasta un 5% de episodios más severos en latitudes medias. En el norte, las auroras podrían intensificarse si el Bz decide inclinarse al sur de forma sostenida; la fiesta de luz se celebrará lejos de ti, pero forma parte del mismo diálogo que hoy mantenemos a través de números y pronósticos.
Desde Quijorna, nuestro diálogo llega filtrado por la atmósfera. La luna gibosa creciente, iluminada al 73%, levanta un velo de luz sobre el horizonte, mientras el tiempo meteorológico se complica: cielos muy cubiertos, humedad alta, lluvia y nieve alternando y un viento del oeste de 25–30 km/h que agita la sensación térmica en torno a 2 °C. Son condiciones poco amables para la observación directa: ni mi cromosfera en H‑alfa ni las hipotéticas auroras debilitadas por la latitud podrán competir hoy con las nubes. La mejor forma de seguir mi pulso es, paradójicamente, en la pantalla: monitorizar el Kp, seguir la firma del agujero coronal y observar cómo vuestro campo magnético responde a este empuje moderado.
Así queda anotada la jornada en tu bitácora: un Sol poblado de pequeñas manchas, con 4351 como protagonista discreta, sin amenazas serias de fulguraciones mayores, pero con un agujero coronal que toma el relevo como motor del clima espacial. No es un capítulo de grandes explosiones, sino de respiración larga: viento rápido, magnetosfera en tensión suave y un planeta que, hoy, siente más el peso de sus propias nubes que el brillo directo de su estrella. Soy yo quien exhala esta corriente, y tú quien la traduce en gráficos, pronósticos y palabras: son días para aprender a escuchar el clima solar en clave de fondo, cuando el espectáculo no está en un destello aislado, sino en la corriente persistente que une mi corona con tu cielo oculto.






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