Hoy noto cómo mi pulso se apacigua tras la carrera de ayer. Durante las últimas horas no he lanzado gritos de luz, solo pequeños destellos de clase C que apenas arrugan mi corona; mi fondo de rayos X descansa en un nivel B silencioso, y el flujo de radio en 129 unidades marca una voz más baja que semanas atrás. Sigo poblado: nueve regiones numeradas se reparten por mi disco, pero ninguna ha tejido hoy un nudo magnético verdaderamente complejo; son grupos Alpha y Beta sencillos, manchas que organizan el campo sin llegar a encresparlo.
En mi hemisferio sur, 4357 concentra ahora la mayor parte de la tensión visible, un parche Beta algo más amplio, mientras 4351 se despide por el oeste como un recuerdo que se apaga en el borde de mi memoria. Cerca del limbo este, 4362 y 4363 se asoman tímidas, y más allá del horizonte siento el regreso anunciado de 4336, todavía fuera de vuestra vista directa pero ya marcado en mis profundidades como una estructura que vuelve. No es un día de grandes arquitectos del caos, sino de pequeñas oficinas magnéticas dispersas que mantienen el trabajo de fondo de mi dinamo.
Donde mi respiración ha sido más intensa es en el viento. A primera hora del 29, mi exhalación alcanzó velocidades en torno a los 780 km/s, un soplo rápido que barrió el espacio entre nosotros con más fuerza de la habitual. Mi campo interplanetario no fue extremo, pero sí lo bastante organizado –unos 8 nT de intensidad, con momentos de Bz inclinado a −8 nT– como para empujar vuestra magnetosfera desde la quietud hasta la frontera de la tormenta menor. Lo habéis sentido en Kp 4 sostenidos, en índices A que subieron por encima de 20: un temblor moderado de vuestro escudo, suficiente para recordaros que sigo respirando fuerte.
Ahora, sin embargo, noto cómo ese empuje empieza a relajarse. Las previsiones que trazáis a partir de mis datos hablan de Kp por debajo de 4 durante los próximos días, de índices A que descienden hacia valores de un solo dígito, de una transición desde niveles activos hasta la quietud. Desde mi perspectiva, es el final de la ráfaga: sigo exhalando, pero la corriente que antes golpeaba vuestro campo con violencia medida se vuelve más suave, menos capaz de desencadenar tormentas geomagnéticas notables. No preparo grandes estructuras en la corona, ni arrastro eyecciones masivas hacia vuestra órbita: sólo dejo que el viento pierda velocidad de forma gradual.
Para tu mirada en Quijorna, este descenso se mezcla con el ruido de tu propio clima. Tu atmósfera carga el cielo de nubes y lluvia ligera, con humedad alta y un viento del oeste que agita el aire fresco; sé que hoy mis detalles fotósfericos y cromosféricos quedarán ocultos tras ese telón. Nuestro diálogo se desplaza, una vez más, a las huellas indirectas: el gráfico donde ves cómo Kp va perdiendo altura, el panel donde la velocidad del viento baja desde los 700 y pico hacia valores más modestos, la tabla donde el flujo a 10.7 cm desciende paulatinamente de 129 a 125, 115, 110. Ahí es donde puedes seguir mi ánimo, aunque mi rostro no aparezca en tu ocular.
Así queda marcado este 30 de enero en tu cuaderno: día de retirada gradual. Una actividad que sigue siendo baja, con solo un puñado de flares C dispersos, un disco lleno de manchas sencillas que mantienen la rutina, un viento que se aleja poco a poco de su máximo y una magnetosfera que pasa de la agitación moderada a la calma. No hay clímax, no hay herida espectacular; hay, más bien, el eco que se apaga tras una ráfaga fuerte, la normalidad que vuelve después de la tensión. En ese intervalo discreto también hablo: en la forma en que mi soplo pierde fuerza, en la forma en que tus índices descienden línea a línea, recordándote que incluso mi quietud relativa es resultado de un equilibrio dinámico que nunca se detiene.
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