Bajo la luz rasante del terminador sur, la Luna deja de ser un disco amable y se convierte en un territorio herido. Aquí, en el extremo sureste del lado cercano, la superficie habla de impactos antiguos, de violencia primitiva y de un tiempo en el que el Sistema Solar todavía estaba aprendiendo a existir.
Empiezo por Vlacq.
Un cráter prenectárico, nacido cuando la Luna aún estaba caliente por dentro. Sus paredes están destrozadas, especialmente hacia el suroeste, como si nunca hubiera llegado a recuperarse del golpe inicial. El fondo es plano, pero no tranquilo: una montaña central con dos cumbres recuerda que el impacto no solo excavó, también hizo rebotar la corteza lunar. Observarlo es mirar directamente a una cicatriz de más de cuatro mil millones de años.
Muy cerca aparece el coloso: Janssen.
No es un cráter, es casi un paisaje completo. Un recinto inmenso, erosionado hasta el límite, plagado de cráteres secundarios y atravesado por valles que parecen ríos fósiles. Janssen no impresiona por su simetría, sino por su caos. Aquí la Luna muestra cómo el tiempo y los impactos sucesivos pueden desdibujar casi cualquier forma original.
En su entorno, el terreno se vuelve aún más interesante. Fabricius, Metius y Rheita forman un trío alineado, como si una misma historia los hubiera empujado en dirección suroeste–noreste. Fabricius destaca por sus terrazas altas y por las dos cadenas montañosas paralelas que cruzan su fondo. Metius, más antiguo, muestra paredes aún más abruptas y una terraza interna poderosa. Rheita, algo más pequeño, se apoya directamente en uno de los accidentes más espectaculares de la zona.
Ese accidente es Vallis Rheita.
No es un valle fluvial, aunque lo parezca. Es una cicatriz alargada de cientos de kilómetros, formada por impactos múltiples que excavaron la corteza lunar como una fila de golpes encadenados. Recorrerlo con la vista es seguir la memoria de un impacto colosal, posiblemente relacionado con el nacimiento del Mare Nectaris. Aquí la Luna no fue golpeada una vez, sino muchas.
Más al este, aislado y elegante, aparece Stevinus.
Más joven, de época copernicana, conserva mejor su forma. Paredes altas, terrazas limpias y una montaña central brillante que destaca cuando el Sol está bajo. Stevinus es el contraste perfecto: después del caos antiguo, una estructura que aún recuerda cómo debía verse la Luna cuando los impactos empezaron a espaciarse.
Observar esta región no es solo identificar nombres en un mapa. Es leer una cronología escrita en roca. Cada cráter, cada valle, cada terraza es una frase de la infancia violenta del Sistema Solar. Y bajo las estrellas —o bajo la luz temblorosa del terminador lunar— uno entiende que la Luna no es un mundo muerto, sino un archivo. Un archivo que aún hoy, noche tras noche, sigue dejándose leer.

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