Cuando el día se apaga: la espera del eclipse total


Dentro de poco, el Sol se apagará en pleno día. No es una metáfora. Annie Dillard escribió que la sombra llega como un muro que corre más rápido que el sonido, y que el mundo adopta “un color que no existe”. Eso es lo que se acerca: una luz antinatural, metálica, como si alguien hubiera retirado de golpe el permiso para que el día exista.

Un eclipse total no es contemplación pasiva. Es el espectáculo número uno de la naturaleza porque pasan cosas, y pasan deprisa. Todo ocurre en tiempo real. Si te retrasas un minuto, ya no es lo mismo. La espera se condensa. La tensión sube. El reloj importa.

Muchos recuerdan su primer eclipse como un impacto que desborda. Hubo quien en 1973 no pudo ni levantar la cámara. Y ahí aparece una frontera clara: sin conocimiento, el fenómeno puede dar miedo; con ciencia, el miedo se convierte en disfrute. Saber qué ocurre —cómo la luz se filtra en las Perlas de Baily, cómo el último rayo se estira en el anillo de diamante— no enfría la emoción. La afila.

Quedan segundos. La luz se vuelve extraña. La atmósfera se enfría de golpe. A veces el viento aparece, a veces las nubes se rompen. El borde del Sol desaparece y, de pronto, la corona estalla: un blanco nacarado imposible, con protuberancias de hidrógeno ardiendo en silencio. El cuerpo lo nota antes que la cabeza.

Primero, un grito involuntario. Después, silencio. Los pájaros callan. El suelo pierde temperatura. Durante unos minutos, el motor térmico del planeta se detiene.

Y debajo de todo, una certeza difícil de ignorar: la Luna y el Sol encajan en el cielo con una precisión absurda. Misma apariencia, misma medida. Una casualidad cósmica que no tenía por qué existir. Pero existe. Y cuando la luz regrese, algo —aunque sea mínimo— habrá cambiado.


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