El cometa que se atrevió a rozar el Sol


 El instante antes del fuego


Bajo el reflejo de la iluminación del resplandor de la Luna, el silencio es casi absoluto. Solo escucho el leve zumbido del seguimiento motorizado y mi propia respiración empañando el aire frío.


En la pantalla, una débil mancha avanza lentamente entre las estrellas. Es casi imperceptible. Si no supiera lo que estoy mirando, pasaría desapercibida.


Pero sé su destino.


Es un cometa del grupo Kreutz. Un fragmento antiguo que desciende hacia el Sol con una órbita retrógrada, inclinada como una cicatriz en el plano del sistema solar. Sé que en pocos días rozará la fotosfera. Sé que puede no volver.


Mientras ajusto el enfoque, siento una tensión extraña. No es espectacular. No tiene la cola majestuosa de los grandes cometas históricos. Es apenas un punto difuso. Y, sin embargo, estoy siguiendo a un objeto que va a enfrentarse a la región más extrema de nuestro entorno estelar.


El telescopio corrige suavemente. El cometa avanza píxel a píxel.


Pienso en Heinrich Kreutz, deduciendo que estos viajeros eran fragmentos de un mismo ancestro. Pienso en las imágenes del coronógrafo de Observatorio Solar y Heliosférico (SOHO), donde tantos de ellos se han evaporado como si nunca hubieran existido.


Sigo observando.


El frío empieza a colarse en las manos. La noche es profunda. El cielo permanece inmóvil, indiferente.


Actualizo las efemérides. El cometa se acerca demasiado al resplandor solar para que pueda seguir captándolo. La elongación disminuye. El contraste cae. La mancha se debilita.


Refresco la imagen.


Ahí está. Más tenue.


Otra toma.


Apenas visible.


Contengo la respiración, como si eso pudiera retenerlo.


Una última exposición.


Y entonces, simplemente, ya no está.


No hay explosión. No hay dramatismo. Solo un píxel que deja de existir en la pantalla.


Me quedo mirando el monitor unos segundos más, esperando que reaparezca en el siguiente apilado. Pero sé que no lo hará, al menos no desde aquí. Ahora está entrando en el territorio del Sol, donde el hielo se sublima de forma violenta, donde el núcleo puede fracturarse, donde el hierro mismo puede vaporizarse.


El telescopio sigue funcionando. El motor sigue zumbando.


Pero el cometa ha desaparecido.


En ese instante comprendo algo: estoy asistiendo a un final que sucede a millones de kilómetros, y aun así lo siento aquí, en esta pequeña pantalla iluminada en mitad de la noche.


Cierro la sesión lentamente.


El cielo continúa igual que antes. Las estrellas permanecen. Solo falta ese punto débil que avanzaba hacia el fuego.


Astrometáfora:

Algunos cuerpos celestes pasan desapercibidos durante milenios. Y un día se acercan tanto a su estrella que pueden dejar de existir. No hacen ruido. No anuncian su final. Simplemente desaparecen en la luz.


Y nosotros, desde la oscuridad, somos testigos del instante en que el fuego borra una historia antigua.

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