El corazón de la galaxia, bajo revisión
Durante décadas hemos dado por sentado que en el centro de la Vía Láctea habita un agujero negro supermasivo: Sagitario A*. No como conjetura, sino como conclusión observacional. Estrellas orbitando a velocidades extremas, efectos relativistas medidos con precisión y, desde 2022, una imagen directa de su entorno inmediato.
Pero un trabajo reciente publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society introduce una posibilidad inquietante: que ese objeto no sea un agujero negro, sino un núcleo ultradenso de materia oscura fermiónica.
Por qué el modelo del agujero negro es tan sólido
El seguimiento durante más de 30 años de las llamadas estrellas S mostró que unas 4 millones de masas solares están confinadas en una región menor que la órbita de Mercurio. La estrella S2, con un periodo orbital de solo 16 años, permitió medir no solo la masa, sino también efectos puramente relativistas.
Estos resultados, liderados por Reinhard Genzel y Andrea Ghez, encajan con precisión en el marco de la relatividad general.
A esto se sumó la imagen del Event Horizon Telescope: un anillo brillante rodeando una sombra oscura, justo lo esperado para un objeto con horizonte de sucesos.
La alternativa: un núcleo de materia oscura
El modelo Ruffini–Argüelles–Rueda propone algo distinto: un núcleo de materia oscura fermiónica, sostenido por presión de degeneración cuántica, el mismo principio que evita el colapso de las enanas blancas.
No habría singularidad ni horizonte. La materia no colapsa indefinidamente: se estabiliza en una configuración extremadamente densa, pero extendida.
La clave es estructural:
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Un núcleo central capaz de reproducir el campo gravitatorio observado en las órbitas de las estrellas S y de los objetos G.
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Un halo difuso, formado por la misma sustancia, que explica la curva de rotación galáctica sin añadir ingredientes extra, en acuerdo con los datos de Gaia.
Un único modelo para dos escalas radicalmente distintas.
La sombra sin horizonte
En este escenario no hay luz “tragada” por un horizonte de sucesos. La sombra observada se produciría por lente gravitacional extrema: la curvatura del espaciotiempo desvía los fotones lejos de nuestra línea de visión. El resultado observable puede ser, con la resolución actual, casi indistinguible.
Eso es lo inquietante: ambos modelos explican lo que vemos.
La prueba que aún falta
La relatividad general predice que un agujero negro debe generar anillos de fotones secundarios, formados por luz que da varias vueltas antes de escapar.
El modelo de materia oscura no los produciría.
Detectarlos —o confirmar su ausencia— es la prueba decisiva. Futuras mejoras del EHT y observaciones de alta precisión con instrumentos como GRAVITY podrían resolver la cuestión.
Una idea que no elimina los agujeros negros
Este modelo no niega la existencia de agujeros negros. Propone que estos núcleos de materia oscura pueden colapsar al superar una masa crítica, actuando como semillas de agujeros negros supermasivos. Una vía elegante para explicar su presencia temprana en el universo.
Cierre
Hoy, el centro galáctico no es un dogma, sino un experimento natural en curso.
La diferencia entre un agujero negro y algo que se comporta casi como uno puede estar escondida en los detalles más finos de la luz.
Y aún no los hemos visto con suficiente nitidez.














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