El reloj cósmico que no existe y los 13.770 millones de años del universo



No es solo por los decimales —que aportan precisión y, admitámoslo, cierto orgullo científico—, sino por la confianza con la que esa cifra se pronuncia. Afirmamos, sin titubeos, que el cosmos tiene una edad bien definida.

Pero aquí surge la pregunta incómoda: ¿cómo lo sabemos realmente?
¿Y qué significa, en rigor, que todo el universo tenga una edad?

La respuesta no es trivial. Para llegar a ella necesitamos reunir tres ingredientes: la teoría de la relatividad, observaciones astronómicas clave y una idea sorprendente. Porque, contra todo pronóstico, el universo  permite construir algo muy parecido a un reloj común.

El primer obstáculo: el tiempo es relativo
La relatividad especial —una de las teorías más sólidas de la física— nos dejó claro que no existe un reloj universal. No hay un "tic-tac" absoluto con el que todos los observadores estén de acuerdo. Antes de Einstein, Newton postulaba un tiempo y un espacio absolutos, un escenario invisible y sincronizado. Einstein dinamitó esa idea: cada objeto tiene su propio ritmo, su propia medida del tiempo.

Entonces, si no hay un reloj maestro, ¿cómo podemos hablar de una edad para el universo? ¿No dependerá de quién la mida?

La solución: no miramos un reloj, leemos un historial
Aquí entra en juego la relatividad general. Esta teoría, que describe la gravedad como la curvatura del espacio-tiempo, nos da las herramientas para entender el comportamiento del universo en su conjunto.

Los cosmólogos parten de un hecho observacional incontestable: la luz de las galaxias lejanas llega a nosotros desplazada hacia el rojo. Para explicarlo, construyeron el modelo más simple y elegante posible, conocido como métrica FLRW (por Friedmann, Lemaître, Robertson y Walker). Este modelo describe un universo homogéneo, isótropo y, crucialmente, en expansión.

Y aquí ocurre la magia. A gran escala, el universo no es estático. Se expande, haciéndose menos denso y más frío. Esto significa que el universo del pasado era radicalmente distinto al actual: más pequeño, más caliente y más denso.

Esta evolución es la clave. Rompe la simetría del tiempo: el pasado y el futuro dejan de ser intercambiables. Cualquier observador, en cualquier galaxia, que examine el cosmos verá la misma historia de enfriamiento y expansión. Es como si el espacio-tiempo mismo llevara un "historial de cambios" integrado. Medir el ritmo de esa expansión y "rebobinar" la película hasta el principio (el Big Bang) es lo que nos da esa cifra: 13.770 millones de años.

Pero, un momento: ¿y si la expansión es una ilusión?
Es una duda legítima. No vemos galaxias moviéndose en el espacio como corredores en una pista. Solo vemos que su luz se estira (corrimiento al rojo). La interpretación estándar es que es el espacio mismo el que se expande, alargando la luz durante su viaje.

Sin embargo, ha habido alternativas. La más famosa es la hipótesis de la "luz cansada", propuesta por el astrofísico Fritz Zwicky (un genio también pionero en el estudio de la materia oscura). Él sugirió que la luz simplemente perdía energía con la distancia, sin necesidad de expansión.

El problema es que la "luz cansada" exige demasiadas coincidencias. Debería afectar a todas las longitudes de onda por igual, sin distorsionar las imágenes, y ser compatible con todo lo que sabemos de física. Hasta hoy, ningún modelo de este tipo ha logrado explicar todas las observaciones (como el patrón específico de la radiación de fondo cósmico o la proporción de elementos primordiales). No es que se haya refutado; es que el modelo de la expansión lo explica todo de forma más simple y elegante.

¿Y si el modelo FLRW está equivocado?
Esta es, precisamente, la siguiente pregunta. La ciencia avanza poniendo a prueba sus mejores ideas. El modelo estándar ha superado todas las pruebas durante décadas, pero los cosmólogos siguen buscando grietas, midiendo con más precisión, explorando la energía oscura y la materia oscura. La cifra de 13.770 millones de años no es un dogma: es la mejor respuesta que tenemos hoy, fruto de unir las teorías más sólidas con las observaciones más precisas.

Es la edad de nuestro universo, medida leyendo su propio historial escrito en la luz de las galaxias y en el frío eco del Big Bang.

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