Cuando levantamos la vista bajo las estrellas, solemos imaginar galaxias alejándose unas de otras, como chispas de una explosión. Pero el universo no crece así. No se mueven las cosas en el espacio: es el propio espacio el que se estira.
Desde el Big Bang, ocurrido hace unos 13.787 millones de años, el cosmos ha pasado de una condición inicial mucho más pequeña que un protón a un universo observable de 93.000 millones de años luz de diámetro. Ese crecimiento se describe con una idea poco intuitiva pero clave: el factor de escala, la medida de cuánto se ha dilatado el tejido del espacio-tiempo.
El primer latido: la inflación
En una fracción inimaginable del primer segundo, el universo dio su mayor salto.
En ese instante inicial, el espacio aumentó su tamaño al menos cien mil billones de billones de veces. En términos de volumen, el crecimiento fue aún más extremo: un número con casi ochenta ceros.
Algo del tamaño de un núcleo atómico habría alcanzado dimensiones macroscópicas o incluso mayores. No hubo desplazamientos ni trayectorias: el espacio apareció ya estirado. Esta fase explica por qué el universo es tan grande y tan uniforme cuando lo observamos hoy.
Un universo que se enfría y se aclara
Tras la inflación, la expansión continuó, ahora dominada por la radiación y la materia.
En su primer segundo de vida, el universo ya tenía un radio observable de entre 10 y 20 años luz.
Durante los siguientes 380.000 años, siguió creciendo hasta alcanzar un radio de unos 42 millones de años luz.
Es entonces cuando el cosmos se vuelve transparente. La luz deja de chocar constantemente con la materia y puede viajar libremente. Esa luz es la que hoy detectamos como el fondo cósmico de microondas: la imagen más antigua del universo.
Un crecimiento más lento… hasta que algo cambia
Desde aquella primera luz hasta hoy, el universo ha aumentado su tamaño unas 1.100 veces.
La materia se ha ido diluyendo de forma drástica: su densidad actual es 1.300 millones de veces menor que entonces.
Pero hace unos 5.000 millones de años, algo cambió. La expansión comenzó a acelerarse. La llamamos energía oscura, no porque sepamos qué es, sino porque no lo sabemos. Desde entonces ha añadido aproximadamente un 50 % más al tamaño del universo.
La escala total
Si reunimos toda esta historia, el crecimiento lineal total del universo desde sus primeras escalas físicas equivale a multiplicar su tamaño entre un número con más de cuarenta ceros y otro con más de cincuenta.
En volumen, el salto es casi imposible de imaginar: de un estado mucho menor que un protón a una esfera cósmica que contiene cientos de miles de millones de galaxias.
Lo que aún no encaja
Y aun así, el relato no está cerrado.
Las mediciones actuales indican que el universo podría expandirse un 9 % más rápido de lo que predice el modelo estándar: es la llamada tensión de Hubble.
Además, estudios recientes (2025) sugieren que la aceleración cósmica podría ser en parte un efecto observacional, y que el universo quizá no esté acelerando tanto… o incluso podría empezar a frenar.
Bajo las estrellas, nada parece moverse.
La bóveda celeste da la impresión de ser un escenario fijo, casi eterno.
Pero esa quietud es engañosa. Mientras observo, el espacio mismo se está estirando. No porque algo huya, sino porque el universo no ha dejado de crecer desde su primer latido.
Tal vez por eso seguimos midiendo y revisando sus cifras. Porque el cosmos no es solo grande: está vivo en sus escalas, aún inacabado, aún revisable.
Y cada noche, cuando creemos mirar algo inmóvil, en realidad estamos contemplando una expansión que continúa, silenciosa, justo bajo las estrellas.
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