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Una eyección de masa coronal (CME) pasará cerca de la Tierra. Te explicamos por qué este roce importa (y de qué depende que veamos auroras).
Es mediodía en el centro de la península. El frío de febrero se cuela en el patio, pero en cuanto pego el ojo al ocular, todo se olvida. Ahí está: no un círculo dócil y tranquilo, sino un océano de hidrógeno incandescente en tensión perpetua. Y hoy, ese océano ha lanzado algo en nuestra dirección. Viaja a unos 800 kilómetros por segundo. Ya está en camino.
La cicatriz en la piel del Sol
El origen de esta historia se encuentra en el hemisferio sur solar, en la Región Activa 4374. Imagínatela como una cicatriz magnética gigantesca: líneas de campo tan retorcidas que atrapan plasma y lo enfrían, oscureciendo la superficie en comparación con el ardiente entorno. Su configuración magnética es de tipo beta, lo que indica una polaridad compleja y conflictiva. Curiosamente, el Sol no ha rugido con una gran llamarada para producir este fenómeno. Ha sido una eyección de masa coronal (CME) de origen híbrido, una especie de empujón silencioso pero poderoso. A veces, nuestra estrella no grita: simplemente empuja.
Un roce, no un impacto
Lo que nos espera para este lunes no es un impacto directo y frontal. En la jerga astronómica lo llamamos un glancing blow, un roce de costado. La nube de plasma pasará de largo, pero su flanco más externo barrerá nuestro planeta. Es como si un coche pasara rozándonos el hombro en lugar de chocar de frente.
El factor que añade tensión a este encuentro es que la CME no viaja sola. Viene reforzada por la estela de viento solar rápido procedente del agujero coronal 146. Piensa en este agujero como una grieta en la corona solar por la que el viento solar escapa a mayor velocidad. Este empuje trasero actúa como un remolque, comprimiendo aún más los campos magnéticos de la nube y aumentando potencialmente la eficiencia del intercambio de energía con nuestro planeta.
La llave invisible: el secreto del Bz
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Del impacto de una partícula, pero sobre todo de su naturaleza. Todo dependerá de un único y decisivo parámetro: la orientación del campo magnético interplanetario (Bz). Es la llave que abre o cierra la puerta de nuestra magnetosfera.
Si el Bz se orienta al Sur (negativo): Es como si la puerta se abriera de par en par. El campo magnético terrestre, que normalmente nos protege, se enlaza con el campo magnético de la CME. La energía y las partículas solares entran a raudales, pudiendo desencadenar tormentas geomagnéticas de nivel G1 o G2.
Si el Bz se orienta al Norte (positivo): El escudo se mantiene firme. Las partículas solares resbalan sobre nuestra magnetosfera y el impacto en la Tierra es mínimo.
La diferencia entre un susurro en la alta atmósfera y una pequeña herida en nuestras tecnologías está en esa simple orientación magnética.
Efectos en casa: ¿qué notaremos?
No estamos ante un evento extremo, pero se notará. Es una llamada de atención de nuestra dependencia tecnológica del clima espacial.
Sistemas de navegación por satélite (GNSS/GPS): En aplicaciones de alta precisión (topografía, agricultura de precisión), podrían experimentarse pequeños saltos en la señal debido al centelleo ionosférico. Es como si la señal parpadeara al atravesar capas de la atmósfera alteradas por la radiación.
Redes eléctricas: En latitudes altas (norte de EE. UU., Canadá, Escandinavia), podrían registrarse pequeñas fluctuaciones, aunque sin consecuencias graves para el suministro.
El espectáculo del cielo: Si el Bz apunta al sur, la recompensa visual será magnífica. Podríamos presenciar auroras persistentes, el llamado "fuego frío", que podrían ser visibles en latitudes más bajas de lo habitual.
Desde el ocular
Mientras nos preparamos para atravesar los restos de una explosión solar ocurrida hace días a 150 millones de kilómetros, conviene recordar nuestra posición en el cosmos. No gobernamos este entorno. Viajamos en una nave magnífica, protegida por un campo invisible que una estrella lejana, en su inmensa y silenciosa actividad, decide tensar o aflojar. Por eso seguimos observando. Porque en ese diálogo silencioso entre magnetismo y luz, aprendemos, con precisión y humildad, cuál es nuestro lugar.
¿Te ha sabido a poco? Si quieres profundizar en el fascinante mundo del clima espacial y aprender a interpretar estos datos por ti mismo, te invito a escuchar el episodio completo de este análisis en mi podcast, "Bajo las estrellas, una mirada al universo". Allí ampliamos la información y resolvemos todas las dudas.
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