La formación estelar inducida: cuando la materia decide si colapsa… o desaparece
Hoy no te voy a hablar de estrellas que ya brillan.
Hoy quiero que miremos sombras.
A unos doce mil años luz, en la constelación de Auriga, hay una nube que parece moverse con vida propia: la Nebulosa de los Renacuajos (). Brilla porque está bañada por la luz de estrellas jóvenes y masivas. Pero dentro de ese resplandor hay dos zonas oscuras que destacan por contraste.
No emiten luz.
Resisten.
Son Sim 129 y Sim 130.
Cuando observo la imagen, no veo una nebulosa aislada. Veo un diálogo.
Porque todo lo que ocurre aquí está marcado por un cúmulo estelar cercano: .
El cúmulo no ilumina la nebulosa.
La mantiene activa.
Sus estrellas más masivas, O7V y B0.5V —estrellas monstruosamente calientes y brillantes— emiten radiación ultravioleta capaz de arrancar electrones a los átomos del gas que las rodea. Ese gas ionizado es lo que vemos brillar como la región H II . Sin la energía de estas estrellas, IC 410 sería solo gas difuso.
Pero la luz no solo ilumina. También empuja.
Avanza como un viento invisible. El gas poco denso se dispersa. Pero cuando encuentra regiones más compactas… no puede atravesarlas. Las esculpe.
Ahí nacen los glóbulos.
Sim 129 y Sim 130 son restos densos de la nube original. La radiación erosiona sus superficies, arrancando material y formando largas colas que se alejan del cúmulo —un fenómeno llamado fotoevaporación.
Y aquí aparece la paradoja.
Mientras el exterior se desvanece, el interior se comprime. La presión obliga al gas más denso a concentrarse.
Cuando la gravedad gana… comienza el colapso.
La destrucción externa favorece la creación interna.
La nebulosa no rodea a los glóbulos.
Los presiona.
Pero no todos reaccionan igual.
Sim 129 es más compacto. Observaciones moleculares muestran gas cayendo hacia su interior. Todo indica que el colapso gravitatorio está bien avanzado: podría estar gestando una o varias estrellas nuevas.
Sim 130 es distinto. Más expuesto. El gas no fluye al azar. El campo magnético lo canaliza, guiándolo a lo largo de líneas invisibles que moldean la estructura del glóbulo y modulan su evolución.
Dos glóbulos.
Misma presión externa.
Dos futuros posibles.
La evidencia está también en las estrellas jóvenes de la región. No se distribuyen al azar. Forman una secuencia que conecta el centro del cúmulo con los glóbulos.
Si miras la imagen con atención, puedes seguir esa cadena con la vista: primero el cúmulo, luego la nebulosa ionizada, después los glóbulos comprimidos… y finalmente, el nacimiento de nuevas estrellas.
Cuando observo IC 410, no veo el resultado final.
Veo el instante previo.
Ese momento frágil en que la materia, sometida a presión, decide si colapsa… o desaparece.
Y la luz, que viajó miles de años para llegar hasta aquí, nos lo cuenta todo.
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