Soliloquio Solar – 24 de febrero de 2026: El disco desnudo









La superficie del Sol continúa limpia, sin regiones numeradas, sin cicatrices oscuras que interrumpan la continuidad de su fotosfera. Hoy no vemos manchas. Y este detalle, aparentemente menor, adquiere un matiz histórico: no ocurría algo así desde 2022. Durante más de tres años el disco había mostrado, casi de forma ininterrumpida, la firma visible del ciclo activo. Ahora, en febrero de 2026, vuelve a presentarse desnudo.

Solo una débil fulguración B5.4, nacida cerca del limbo noroeste, probablemente asociada al desgarro discreto de un filamento. El fondo en rayos X se mantuvo en niveles bajos, y el flujo solar en 10,7 cm descendió hasta 108, muy por debajo de la media de los últimos noventa días. La cromosfera respiraba con una calma apenas perturbada, como si el ciclo hubiese decidido contener el gesto.

Y sin embargo, bajo esa apariencia serena, la energía seguía desplazándose. No hubo eventos de protones. Las probabilidades de fulguraciones mayores permanecen modestas: posibilidad de clase C, ligera opción de una M aislada. Nada explosivo. Nada que anuncie una ruptura inmediata. Pero el Sol no necesita dramatismo visible para modificar el entorno.

El espacio interplanetario fue dominado por una corriente rápida procedente de un agujero coronal de polaridad negativa. El viento solar osciló entre 600 y 700 km/s, alcanzando un pico de 768 km/s. El campo magnético interplanetario se mantuvo en torno a 5–7 nT, con un Bz que alternó entre +4 y −6 nT. Esa componente sur, aunque moderada, fue suficiente para abrir rendijas en la magnetosfera terrestre. No llegaron eyecciones de masa coronal dirigidas hacia la Tierra. Fue el flujo persistente, no el estallido, quien sostuvo la interacción.

En órbita geoestacionaria, los electrones de más de 2 MeV superaron ampliamente el umbral operativo, alcanzando un máximo de 4.958 pfu. La carga invisible se acumuló sobre las superficies metálicas que giran alrededor del planeta. Es una tormenta silenciosa: no ilumina el cielo, pero presiona la ingeniería humana.

La respuesta terrestre osciló entre lo inquieto y lo activo. El índice K planetario alcanzó 5 en varios intervalos, rozando condiciones G1, e incluso se registró un episodio G2 el día 22. Durante las horas centrales del día 23, la tormenta menor volvió a manifestarse. Las auroras descendieron de latitud, insinuándose más allá del círculo polar habitual. El campo geomagnético no se quebró, pero vibró.

Hoy, 24 de febrero, el pulso tiende a estabilizarse, aunque el flujo rápido persiste. La magnetosfera sigue en diálogo con esa corriente sostenida. No es un enfrentamiento; es un ajuste continuo.

El disco solar puede parecer vacío. Pero el vacío, en el Sol, nunca significa inactividad. Significa preparación. Y mientras observamos una estrella aparentemente tranquila, el viento sigue viajando, los electrones siguen cayendo, y la Tierra continúa inclinándose levemente ante ese soplo constante que nos recuerda que el silencio solar también tiene fuerza.

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