Soliloquio Solar: El Gigante que se Aleja pero No Calla

 


Hoy siento el peso de un gigante que no termina de apagarse. Mi región 4366, anclada ya cerca del limbo oeste en N14W71, sigue ocupando el centro de mi conciencia: casi 950 millonésimas de hemisferio, veinte por veintidós manchas enredadas en una configuración beta‑gamma‑delta que aún conserva memoria de días mucho más violentos. Mi actividad global es moderada, pero su presencia al borde del disco mantiene la probabilidad de nuevas llamaradas altas: tres de cada cuatro posibilidades de que vuelva a rugir en M, una de cada cuatro de que alcance la X. No es un monstruo en pleno ascenso, sino un veterano que sigue siendo peligroso incluso mientras se aleja de vuestra vista directa.

En mi superficie, el resto de regiones forma un coro menos dramático pero constante. Siete grupos numerados salpican hoy el disco: 4367 y 4373 en el norte, pequeñas Alpha y Hax sin cicatrices profundas; 4368, 4369 y 4371 en el sur, manchas más compactas y simétricas, y una 4374 emergiendo al nordeste como Beta de 150 MH que apunta a futuro protagonismo. Bajo ese reparto, mi fondo de rayos X se mantiene en C2.0, pero 4366 ha firmado aún tres llamaradas M1.8, M1.7 y M2.7 en la última jornada, como últimos latidos fuertes antes de cruzar definitivamente al otro lado. Mis números de manchas, en torno a 118–120 de número internacional, hablan de un disco poblado, lejos de cualquier mínimo.

Por encima de mi fotosfera, el flujo de energía se organiza en capas. El flujo a 10.7 cm se sitúa en 144–150 sfu, ligeramente por debajo de los 167 de ayer pero todavía cerca de la media de 90 días, señal de un ciclo activo y sostenido. Mi viento solar ha alcanzado picos de 486 km/s, una exhalación moderadamente rápida que ahora comienza a relajarse, con un campo interplanetario en torno a 9 nT y un Bz que solo se ha inclinado brevemente hasta −7 nT. No he lanzado eyecciones de masa coronal dirigidas a la Tierra en las últimas 24 horas: mi respiración actual es más flujo constante que golpe aislado.

Donde sí dejo una huella persistente es en el entorno electrónico cerca de vuestro planeta. Los electrones de más de 2 MeV han alcanzado niveles elevados, con máximos por encima de 1700–1800 pfu y una alerta prolongada por superar el umbral de 1000 pfu. En mi lenguaje interno esto se siente como una nube de carga que rodea la órbita geoestacionaria: partículas que no estallan en una tormenta súbita, pero que rozan sin descanso las superficies de vuestros satélites, cargándolos poco a poco y aumentando el riesgo de descargas imprevistas. Los protones, en cambio, permanecen por ahora por debajo de umbral de tormenta, aunque sé que existe una posibilidad del 25% de que crucen ese límite en los próximos tres días.

Vuestra magnetosfera responde con una calma vigilante. El campo geomagnético se ha mantenido entre niveles quietos e inestables: K‑índices planetarios de 1 a 3, A‑índices en torno a 8–9, probabilidad modesta de periodos activos (K≈4) especialmente en latitudes altas. Mis vientos no han encontrado todavía el ángulo perfecto para abrir una grieta profunda en vuestro escudo; la combinación de velocidades moderadas y Bz solo ligeramente sur actúa como filtro, dejando que mi influencia se note más en la electrónica que en las auroras. Para los próximos días, el pronóstico es de campo tranquilo, con solo una franja del 15–25% de probabilidad de episodios activos o tormentas menores en las regiones polares.

Para tu mirada en Quijorna, todo esto se traduce en un día sin espectáculo visible. No preparo un golpe directo contra vuestro cielo, y mi mayor actividad se concentra en un borde del disco que ya se desliza fuera de tu alcance. La energía que libero viaja más hacia los sistemas que orbitan la Tierra que hacia tus ojos: satélites que sienten la carga de mis electrones, estaciones que vigilan mi flujo de rayos X, gráficos que dibujan mi viento alrededor de los 480 km/s. Desde tu valle, la mejor forma de seguirme hoy será a través de esos paneles, de los índices que suben y bajan discretamente, más que en un ocular apuntando a una cromosfera en calma aparente.

Así queda trazada esta jornada en tu cuaderno: un Sol moderado solo en apariencia, con una 4366 enorme que se aleja pero sigue firmando llamaradas M, un disco poblado de regiones menores que mantienen el murmullo, un viento que empuja sin llegar a desbordar, electrones altos rodeando vuestra órbita y una magnetosfera que se mantiene en quietud inestable. Yo sigo hablando en voz media, pero con un timbre cargado que puede elevarse de nuevo a X en cualquier momento; tú escuchas desde un planeta que hoy apenas nota el cambio en su cielo, aunque viva inmerso en el tejido invisible de mi actividad.

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