1. El telescopio que quería hablar
Había una vez una noche tan clara que el telescopio del abuelo parecía tener ganas de hablar.
En la pantalla del ordenador, recién llegada del cielo de Auriga, apareció una imagen llena de gas y estrellas.
Samuel se acercó tanto que casi pegó la nariz al cristal.
—¡Abuelo, mira! —exclamó—. ¡Parece una araña gigante con una telaraña roja y retorcida, y justo al lado… una mosca azul que ha caído en la trampa!
El abuelo soltó una risa baja.
—¿Sabes lo mejor de todo? —preguntó—. Que los astrónomos las llaman exactamente así: la Nebulosa de la Araña y la Nebulosa de la Mosca.
—¿En serio? —Samuel abrió aún más los ojos.
—En serio —asintió el abuelo—. Están a unos siete mil años luz de aquí. Y, aunque lo parezca, su historia no va de miedo.
Cuanto más miraba Samuel la imagen, más sentía que algo se movía ahí dentro.
2. La Mosca protesta
Mientras seguía mirando, Samuel empezó a imaginar que la foto cobraba vida.
En su cabeza, la Mosca fue la primera en hablar.
—¡No, no, no, no… ni de broma! —chilló la Nebulosa de la Mosca, temblando como un flan de fresa—. ¡Yo de aquí me voy! Esa araña tiene los brazos más largos que la fila del comedor del cole. ¡Y no pienso quedarme pegada a esa telaraña roja!
La Araña, una nube enorme de gas rojizo con larguísimos filamentos, continuó tejiendo como si nada.
Sus brazos de hidrógeno brillaban encendidos.
—¿Atraparte? —susurró, con una voz lenta y profunda—. Querida Mosca, si supieras… mis hilos no son cadenas, son cunas.
La Mosca resopló, azul y compacta.
—¡Eso dicen todas las arañas! Primero “no te preocupes”, luego “solo un ratito”, y cuando te quieres dar cuenta, ni un buzón de quejas.
Yo prefiero brillar por mi cuenta, gracias.
La Araña dejó que una risa suave recorriera su tela.
—¿Sabes dónde estás, Mosca?
En una galaxia con cientos de miles de millones de estrellas.
Nadie brilla “solo”. Y te equivocas conmigo: mi red no está hecha para devorar, está hecha para fabricar soles.
3. El viaje de la Mosca
La Mosca no se quedó tranquila.
—Pues lo siento mucho, pero yo me voy a comprobarlo —dijo, sacudiéndose el gas como quien se ajusta las alas—. ¡Adiós, telaraña sospechosa!
Y salió disparada por el brazo espiral de la Vía Láctea, pasando entre nubes de gas, polvo y estrellas jóvenes.
Primero se topó con una nebulosa oscura, un manchón de sombra que parecía un monstruo de carbón.
—¿Quién anda ahí? —gruñó la nube, con voz grave.
La Mosca casi dio un salto de susto.
—Solo estaba de paso —balbuceó—. ¿Tú también atrapas estrellas?
—Yo las escondo —respondió la nebulosa oscura—. Soy el lobo feroz del polvo: tapo la luz para que las estrellas bebés puedan nacer sin que nadie las moleste. No soy una trampa. Soy una manta.
Más adelante, la Mosca se cruzó con una nebulosa brillante parecida a Orión, llena de colores.
—¡Bienvenida al taller! —la saludó una estrella recién nacida, redonda como un balón de fuego—. Aquí jugamos a un pilla-pilla gigante: la gravedad nos persigue, nos junta y, cuando ya estamos bien apretados, nos enfadamos tanto que empezamos a brillar con ganas.
La Mosca comenzó a notar un patrón.
En todas partes, las nebulosas parecían hacer lo mismo: juntar gas, apretarlo, encender estrellas.
—Así que… —murmuró— quizá la Araña no sea una cazadora, sino otra fábrica de soles.
4. La telaraña que fabrica estrellas
Cansada y algo avergonzada, la Nebulosa de la Mosca miró hacia atrás.
Desde lejos, ella y la Araña formaban una imagen curiosa: la gran telaraña roja extendida y, a un lado, la pequeña gota azulada.
Parecían una broma cósmica: una araña y una mosca en medio del espacio, congeladas en un juego eterno.
La Mosca regresó despacio hasta su lugar junto a la tela.
Cuando se acercó, notó que algunos filamentos rojos se abrían un poco, como si fueran una puerta que se descorre.
No era una trampa. Era una bienvenida.
—Has vuelto —dijo la Araña, sin dejar de tejer.
—He estado mirando alrededor —respondió la Mosca—. Y he aprendido que vosotras, las nebulosas, no os dedicáis a cazar, sino a crear.
Tú eres una partera de soles.
Y yo… yo soy tu cartel de neón.
—¿Cartel? —preguntó la Araña, intrigada.
—Claro —la Mosca brilló un poco más—. Cuando los humanos miran este trocito de Auriga, primero me ven a mí, esta mancha compacta y rara.
Luego fijan la vista y descubren tus hilos rojos.
Yo les digo: “¡Obras en marcha! Aquí se fabrican estrellas”.
La Araña dejó que un resplandor cálido recorriera su telaraña.
—Entonces, Mosca —dijo—, seguiremos trabajando juntas.
Yo tejo las cunas.
Tú avisas al universo.
5. Samuel y la imagen
La voz del abuelo devolvió a Samuel a la habitación.
—¿En qué piensas? —preguntó, al ver su expresión.
Samuel parpadeó. La imagen seguía en la pantalla: la Araña en rojo, la Mosca en azul. Quietas. Congeladas en el mismo encuadre que el abuelo había fotografiado desde el jardín.
—Pienso —dijo por fin— que no estoy viendo una araña a punto de comerse una mosca.
Estoy viendo un taller y su cartel luminoso.
Una telaraña de gas que fabrica soles, y una pequeña nebulosa que se encarga de que nadie se la pierda.
El abuelo asintió, satisfecho.
—Exactamente —señaló la pantalla—. Aquí, en la Mosca, vive un cúmulo compacto de estrellas recién nacidas. En la Araña, los filamentos de gas son cunas y carreteras donde el gas se junta y se enciende. Las dos se atraen suavemente con la gravedad, como si realmente no pudieran separarse del todo.
Aquella noche, antes de dormir, Samuel volvió a pensar en la foto.
Él también, como la Mosca, había estado a punto de asustarse de la Araña, y se alegró de haber mirado un poco más allá.
Desde entonces, cuando enseñaba la imagen a alguien y oía:
—¡Qué miedo, una araña y una mosca en el espacio!
Samuel sonreía y contestaba:
—Miedo, no.
Lo que ves es una fábrica de estrellas… con un letrero de neón al lado.
La telaraña es de hidrógeno.
La mosca, de soles jóvenes.
Lo único que cazan es la imaginación de quienes se atreven a mirar.
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