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Hay noches en las que no observo la Luna.
La dejo entrar.
La apunto con el telescopio y aparece en la pantalla con una claridad que no parece del todo real. Un disco suspendido en negro. Pero no lo siento como un objeto distante. Lo siento como un reflejo. Algo que no emite, sino que devuelve.
La Luna no tiene luz propia.
Refleja la del Sol.
Y mientras la miro, esa idea se queda flotando, sencilla, insistente. Porque entonces ya no la veo solo en el cielo. La veo como una superficie que transforma lo que recibe. Y, sin darme cuenta, me descubro pensando en mí mismo de la misma manera.
No como origen.
Sino como reflejo.
La noche está en calma alrededor del observatorio. El paisaje se va apagando sin ruido, como si el mundo redujera poco a poco su intensidad para dejar espacio a lo esencial. El aire se enfría. La luz desaparece por capas. Y todo se ordena en torno a la pantalla, al instrumento, a esa imagen que respira lentamente.
La Luna permanece.
Y yo con ella.
En Verlaine hay una frase que vuelve en este silencio: “Vuestra alma es un exquisito paisaje”. Y no puedo evitar que resuene mientras la observo. Porque hay algo en esta luz lunar que no describe, pero sugiere. Una forma de iluminación que no impone nada, solo acompaña.
Como si el universo, al reflejarse, se volviera también interior.
En la pantalla, la imagen tiembla ligeramente. La atmósfera terrestre siempre introduce su escritura invisible. La luz llega ya transformada, nunca pura. Y en ese temblor entiendo algo simple: no hay visión sin mediación. Todo lo que veo ha sido antes filtrado, atravesado, suavizado.
Incluso la Luna.
Incluso yo.
El telescopio deja de ser solo un instrumento. Se convierte en un punto de paso entre dos reflejos. El del Sol sobre la superficie lunar. Y el mío, sobre lo que esa luz despierta sin pedir permiso.
No hay prisa en esta observación.
Solo una especie de cadencia lenta, como si la mirada aprendiera a sostenerse sin avanzar.
Cuando detengo la captura, la imagen queda guardada. Pero lo que permanece no es la fotografía. Es la sensación de haber estado frente a algo que no termina en el cielo ni empieza en mí.
La Luna seguirá reflejando la luz del Sol.
Y yo seguiré mirándola.
Como si en ese reflejo pudiera reconocerse, por un instante, algo de lo que soy cuando el mundo se apaga.
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