Otra vez




Hay algo profundamente engañoso en la repetición.

Desde fuera parece vacía.
Montar el telescopio otra vez. Alinear otra vez. Enfocar otra vez.
Los mismos gestos. El mismo cielo… o casi.
Sacar las piezas de la caja, ensamblarlas. Igual que ayer.

Y, sin embargo, ocurre otra cosa.

Mientras ajusto el enfoque, aparece una intuición:
el problema no es que el universo carezca de sentido,
sino que yo no dejo de buscarlo.

Ahí, en ese choque silencioso, nace el absurdo.

Y aun así, no me detengo.

Subir la piedra cada día.
No como condena, sino como un acto que se elige.
Una repetición que deja de ser castigo cuando se vuelve consciente.

Seguir con la rutina, aunque nadie la garantice.

Porque repetir no es hacer lo mismo.
Es volver al mismo lugar… siendo alguien que ya no es exactamente el mismo.

Cada noche que salgo a observar, el cielo puede parecer indiferente.
No me espera. No me responde. No se adapta a mí.

Y aun así, vuelvo.

No exijo respuestas.
No negocio con el silencio.
No aparto la mirada.

Sigo.

Monto el telescopio cuando nadie lo pide.
Ajusto el enfoque cuando nadie garantiza nada.
Busco, aun sabiendo que puede no haber nada nuevo.

Y entonces, casi sin darme cuenta, algo cambia.

La repetición deja de ser un vacío.
Se convierte en una forma de estar.

No porque cada noche traiga una revelación,
sino porque cada noche reafirma una decisión:

seguir mirando.

Así, sin estrépito, empieza a aparecer algo parecido al sentido.
No como un premio. No como una respuesta.
Sino como lo que brota de un gesto que se elige una y otra vez.

Como Sísifo, sí.
Pero no arrastrando una carga…
sino sosteniendo un gesto.

Un gesto pequeño, constante, casi invisible,
que transforma la indiferencia del universo
en un territorio donde, sin ruido,
la rebelión deja de ser una idea
y se vuelve algo concreto.

Apenas esto:

apoyar el ojo en el ocular una noche más.

El cielo sigue ahí.
Pero ya no miro igual.



Comentarios