Salí a buscar galaxias.

Galaxia del Girasol
Galaxia Ojo de Cocodrilo
Cumulo Globo de Nieve
Triplete de Leo


Hay un instante muy concreto en el que el día deja de pertenecer al mundo… y empieza a pertenecer al cielo.

Llego antes de anochecer.
Ya conozco el lugar. Ya he estado aquí otras veces.

Me detengo a un lado del camino… y espero a que el polvo alborotado se asiente tras el coche.
Queda suspendido por unos segundos, como si incluso el aire necesitara acomodarse.

Es un camino rural, apartado.
Sé que no pasará nadie.

Y esa certeza pesa: la de estar completamente solo.

Salgo del coche.
El frío aún no ha llegado… pero sé que lo hará.
Me preparo para él antes de que me encuentre desprevenido.

A lo lejos, algunas luces de casas de labranza parecen suspendidas en mitad de la nada.
No iluminan… apenas sugieren presencia humana.

Perros ladran sin urgencia.
Los cencerros de ovejas llegan como ecos metálicos… amortiguados por la distancia.

El viento sopla al principio.
Me incomoda.

Me inquieta no haber mirado el pronóstico antes de salir.

Pero poco a poco se apaga.
Y cuando lo hace, el silencio que queda no es ausencia de sonido…
es una presencia densa, casi física.

Monto el equipo.

Mientras lo hago, noto cómo la luz cambia.
No es solo que el Sol se vaya…
es que el paisaje pierde definición, como si alguien bajara el contraste del mundo.

Busco la polar.
La encuentro.
La fijo en la retícula.

Confirmo la orientación de la montura.

Todo encaja.

Los últimos reflejos desaparecen…
y en el horizonte, una columna de luz se abre paso entre las nubes.

La observo sabiendo que es fugaz.

Después, más tenue… aparece la luz zodiacal.
Tan delicada que parece más una sospecha que una visión.

Venus brillante irrumpe al oeste.
No acompaña… se impone.

Levanto la mirada.

El cielo ya no es el mismo de hace unos minutos.

Al Sur el hexágono de invierno se sostiene con firmeza.
Me sorprende: está noche lo percibo más pequeño…

Y ahí está Orión, el cazador…
como si hubiera encogido.
Como si la noche lo hubiera replegado sobre sí mismo.

Recorro formas familiares.
Sirio. Aldebarán. Las Pléyades…
siempre delicadas, siempre intactas.

Sobre mí, la Osa Mayor domina el cenit.
Al noroeste Casiopea, parece inclinarse… como si poco a poco se retirara.

Entonces… algo rompe la quietud.

Entre los árboles, una luz blanca aparece.
Se mueve. Desaparece.
Vuelve a surgir.

Mi atención se convierte en alarma.

¿Un cazador?

El cuerpo se tensa… leve, pero claro.
Recuerdo dónde estoy. Solo. En mitad del campo.

Pero la luz se va.
Se disuelve.

Y con ella… la tensión.

Un coche a lo lejos.
Sus luces rojas se alejan lentamente… como brasas arrastradas por la noche.

Después, los sonidos regresan: ranas, grillos, algún perro lejano.

Y finalmente… nada.

La noche se instala de verdad.

Lo siento como un cierre.
Ya no hay transición posible.

Estoy dentro.

Todo está preparado. Objetivos listos.

Hoy quiero perderme entre galaxias.

Empiezo por Canes Venatici, la Osa Mayor.
Dejo para más tarde el triplete de Leo.
Le doy tiempo. Que gane altura.

Pero algo cambia.

Me alejo de la pantalla.
Necesito hacerlo.

La luz artificial rompe algo… que todavía no sé nombrar.

Me siento.

Y dejo de buscar.

Solo miro.

La oscuridad ya no es una falta…
es un entorno.

La piel se enfría.
La respiración se aquieta.

Recorro la bóveda sin rumbo, dejándome llevar por zonas de luz, por agrupaciones… por vacíos.

Busco una estrella fugaz.

Nada.

Pero el cielo no está quieto: satélites, aviones…
líneas que lo cruzan constantemente.

Incluso aquí, en mitad de la nada… no hay desconexión completa.

No pasa nadie.

Soledad.

Silencio.

Y aun así… algo en mí pide compañía.

Pongo un podcast.

Escucho hablar del Programa Artemis.

Me resulta extraño: mientras oigo planes para volver a la Luna…
yo estoy aquí, esperándola como siempre se ha hecho.

Miro al horizonte.

La Luna aún no ha salido…
pero ya se intuye.

Hay una claridad distinta.
Una anticipación.

Cuando aparece… todo cambia.

La oscuridad retrocede sin resistencia.

Dejo las galaxias.
Ya no tiene sentido insistir.

Empiezo a recoger…
pero en realidad estoy mirando más que nunca.

La Luna surge temblando.
Vibra, deformada por el calor del suelo…
como si atravesara un medio inestable.

Sale enrojecida, contenida, casi tímida.

Esa primera luz tiene algo íntimo…
como si aún no estuviera lista para ser observada.

Pero asciende.

Y con la altura… se recompone.

Se vuelve blanca.
Nítida.

Los detalles aparecen con claridad creciente.

La observo con prismáticos.

Siento algo difícil de explicar:
cercanía… y distancia absoluta al mismo tiempo.

Ya es suficiente.

Recojo.

Me meto en el coche.

Al arrancar, noto el contraste:
dentro, un espacio cerrado y cálido;
fuera… la noche abierta.

Conduzco despacio.
Evito los regueros que dejó el agua por el camino.

La luz de la Luna ilumina el camino.

No lo invade.
No lo domina.

Solo lo acompaña.

Y yo… de alguna forma… también me siento acompañado al volver.

Astrometáfora

La soledad bajo las estrellas no es estar sin nadie…
es descubrir todo lo que aparece cuando el mundo desaparece.

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