Imagen cortesía de ASTROINGENIO (Observatorio Astronómico de Ingenio "Juan Moreno").
Hay personas que observan el cielo.
Y hay otras… que dedican su vida a construir la forma en que los demás podrán verlo.
Esta es la historia de Josep Costas Gual.
Un tendero de barrio.
Un observador solar obsesivo.
Un artesano del vidrio.
Y, probablemente, una de las figuras más extraordinarias de la astronomía amateur española.
Un observador solar obsesivo.
Un artesano del vidrio.
Y, probablemente, una de las figuras más extraordinarias de la astronomía amateur española.
Todo comenzó en 1936.
Mientras España se precipitaba hacia la Guerra Civil, un grupo de jóvenes de Sant Celoni decidió fundar una pequeña asociación astronómica llamada Pro Divulgación Astronómica.
No tenían dinero.
No tenían observatorio.
Ni telescopios profesionales.
No tenían observatorio.
Ni telescopios profesionales.
Así que hicieron algo casi imposible:
Fabricaron sus propios instrumentos usando lentes de gafas y cuentahílos textiles.
Imagínalo por un momento.
Adolescentes construyendo telescopios caseros en medio de una guerra.
Adolescentes construyendo telescopios caseros en medio de una guerra.
Porque incluso cuando el mundo parecía derrumbarse… seguían necesitando mirar hacia arriba.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Aquellos jóvenes llevaron sus rudimentarios telescopios a Villa Urania, la casa del gran astrónomo Josep Comas i Solà.
El legendario director del Observatorio Fabra quedó impresionado por la seriedad de aquellos muchachos.
Aquella validación marcaría la vida de Costas para siempre.
Pero lo más fascinante vino después.
Durante décadas, Josep Costas convirtió un pequeño taller de apenas doce metros cuadrados en una auténtica fábrica de universos.
Durante décadas, Josep Costas convirtió un pequeño taller de apenas doce metros cuadrados en una auténtica fábrica de universos.
Allí pulió, a mano, más de 3.500 espejos parabólicos para telescopios.
Tres mil quinientos.
Cada uno trabajado pacientemente con abrasivo, agua y óxido de hierro.
Uno por uno.
Noche tras noche.
Noche tras noche.
Mientras muchos soñaban con observar galaxias… él fabricaba los ojos con los que otros las descubrirían.
Y quizá eso sea aún más hermoso.
Porque Josep Costas entendió algo profundo:
La astronomía no debía pertenecer a las élites.
El cielo tenía que ser accesible para cualquiera.
Para el estudiante.
Para el obrero.
Para el aficionado que subía a una azotea después del trabajo.
Para cualquiera que sintiera curiosidad.
Y hablando de azoteas…
Para el obrero.
Para el aficionado que subía a una azotea después del trabajo.
Para cualquiera que sintiera curiosidad.
Y hablando de azoteas…
La suya era especial.
Encima de su tienda de ultramarinos, en Barcelona, instaló un pequeño observatorio llamado Estación Rigel.
De día vendía comida.
Y al mediodía subía al terrado para observar el Sol.
Hay algo profundamente poético en esa imagen.
Un tendero dejando el mostrador unos minutos… para calcular manchas solares.
Porque Costas no observaba el Sol como entretenimiento.
Cada día proyectaba su imagen, dibujaba los grupos de manchas y calculaba el Número de Wolf.
Sus registros viajaban después hasta centros internacionales en Suiza y Estados Unidos.
Desde una humilde azotea española… sus observaciones acababan integrándose en la ciencia mundial.
Y luego estaban sus cuadernos.
Y luego estaban sus cuadernos.
Cientos de diarios manuscritos.
Páginas llenas de dibujos planetarios realizados mucho antes de la astrofotografía digital.
Sus ilustraciones de Marte y Júpiter parecían fotografías hechas a lápiz.
Cada banda nubosa.
Cada sombra.
Cada casquete polar.
Cada sombra.
Cada casquete polar.
Todo registrado pacientemente por un hombre que sabía mirar.
Porque observar bien… también es una forma de arte.
Y quizá el episodio que mejor resume quién fue Josep Costas ocurrió en 1965.
Y quizá el episodio que mejor resume quién fue Josep Costas ocurrió en 1965.
Apareció el gran cometa Ikeya-Seki.
Muchos observatorios profesionales tuvieron problemas para fotografiarlo debido a su proximidad al Sol.
Pero Costas sí pudo hacerlo.
¿Por qué?
Porque llevaba toda una vida aprendiendo a observar cerca del resplandor solar.
A veces, la experiencia paciente de un aficionado puede competir con grandes instituciones.
Y eso nos deja una reflexión poderosa.
Y eso nos deja una reflexión poderosa.
Vivimos en una época de telescopios gigantes.
De observatorios espaciales.
De inteligencia artificial y sensores extraordinarios.
De observatorios espaciales.
De inteligencia artificial y sensores extraordinarios.
Pero la historia de Josep Costas nos recuerda algo esencial:
La astronomía también puede comenzar en una habitación pequeña…
con un trozo de vidrio entre las manos…
y una voluntad obstinada de comprender el cielo.
con un trozo de vidrio entre las manos…
y una voluntad obstinada de comprender el cielo.
Porque hay personas que miran las estrellas.
Y otras…
que dedican su vida a enseñar a los demás cómo hacerlo.
Referencias: https://josepcostas.com/
Gracias a Jordi Lopesino

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