La gata lleva varios minutos inmóvil junto a la ventana.
No mira los pájaros.
No sigue las hojas movidas por el viento.
No le interesa el reflejo anaranjado de la tarde sobre el cristal.
Mira el telescopio.
Allí fuera, junto a la mesa improvisada del jardín, descansa esa extraña criatura metálica que cada noche cobra vida cuando todos duermen. La gata la ha visto moverse sola. Girar lentamente hacia el cielo. Emitir pequeños zumbidos mecánicos mientras el humano, sentado en silencio, contempla la pantalla como quien descifra un mensaje.
Al principio creyó que era un animal.
Después comprendió que no.
Los animales no persiguen luces que murieron hace millones de años.
Cada madrugada, cuando la casa queda en penumbra, la gata observa el ritual. El trípode abre sus patas como un insecto blanco. Los cables descienden hasta el suelo como raíces negras. Y entonces comienza el viaje.
No hacia arriba.
Hacia atrás.
Porque eso es lo que la gata termina entendiendo, sin saber cómo: aquel artefacto no sirve para mirar estrellas. Sirve para mirar recuerdos.
El humano regresa siempre distinto de esas sesiones nocturnas. Más callado. Más inmenso y más pequeño a la vez. A veces se queda junto a la ventana antes de dormir, contemplando el jardín vacío mientras la primera claridad del amanecer borra lentamente las constelaciones.
Y la gata lo acompaña sin hacer ruido.
Aquella tarde, sin embargo, algo es diferente.
El telescopio sigue fuera aunque aún no ha llegado la noche.
La gata entrecierra los ojos. Ha aprendido a reconocer la espera. Esa quietud que anuncia un cielo limpio. El humano prepara algo importante.
Quizá una galaxia difícil.
Quizá una nebulosa apenas visible.
Quizá Saturno elevándose sobre los tejados.
La gata apoya una pata en el cristal.
Y por un instante tiene la extraña sensación de que el telescopio también la observa a ella.
Como si aquel tubo apuntado al cielo hubiera aprendido, después de tantas noches, que dentro de la casa existe otra criatura insomne. Otra conciencia silenciosa acostumbrada a vigilar la oscuridad.
Fuera, el viento mueve apenas las hojas.
Dentro, la gata sigue esperando.
Porque algunas noches — las mejores — la casa entera parece convertirse en un observatorio. Y entonces, mientras los humanos buscan galaxias en el cielo, las gatas vigilan desde la Tierra que nadie olvide el camino de regreso.
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