Hay experiencias para las que uno puede prepararse durante meses.
Y hay experiencias para las que, en realidad, no se puede estar preparado.
Ayer descubrí la diferencia.
Estaba en Amayuelas de Abajo, en tierras palentinas. Había llegado el día anterior para reconocer el lugar y asegurarme de que aquella era cumplía con lo que necesitaba: amplitud, horizonte abierto, altura suficiente.
Llevaba meses esperando el eclipse.
Había estudiado su geometría. Sabía cuándo comenzaría, cuándo alcanzaría la totalidad, cuánto duraría y qué iba a suceder en cada fase.
Creía que sabía lo que iba a vivir.
Me equivocaba.
Una era frente a los girasoles
Poco antes del atardecer subimos a una era a las afueras del pueblo.
Delante de nosotros se extendía un campo de girasoles hasta el horizonte. Solo un árbol, perdido en la distancia, rompía aquella línea interminable.
Poco a poco fueron llegando amigos y vecinos.
Llevaba conmigo mi telescopio solar en hidrógeno alfa. Durante buena parte del eclipse lo utilicé para seguir el avance de la Luna sobre el disco solar.
Y ocurrió algo que no había previsto.
El eclipse dejó de ser solamente mío.
La gente se acercaba a mirar. Preguntaba. Quería entender qué estaba viendo. Les ayudaba a colocarse, les explicaba el fenómeno, respondía preguntas y señalaba aquello que aparecía en el ocular.
Durante las sobremesas y las conversaciones previas ya habíamos hablado de lo que iba a suceder.
Ahora podíamos verlo.
Y mientras explicaba, también estaba viviendo el eclipse.
Quizá esa sea una de las formas más hermosas de la divulgación: descubrir que explicar aquello que amas no reduce tu emoción. A veces la multiplica.
Cuando el paisaje empezó a cambiar
Poco antes de la totalidad les pedí que dejaran de mirar el Sol durante un momento.
—Mirad el paisaje.
Entonces comenzó a suceder.
Al principio fue casi imperceptible.
La tonalidad de los girasoles empezó a cambiar. Los colores habituales adquirieron una extrañeza difícil de describir. El paisaje seguía exactamente donde estaba, pero había dejado de parecernos completamente familiar.
Después sentí la brisa.
El aire empezó a moverse mientras la luz disminuía.
Primero lentamente.
Y después con una rapidez desconcertante.
Aquello ya no era solamente un fenómeno que estaba ocurriendo en el cielo.
Estaba ocurriendo alrededor de nosotros.
El paisaje, la luz, el aire, nuestros propios cuerpos.
Todo parecía participar.
Saber no es haberlo vivido
Durante el eclipse podía ver cómo se sorprendían al comparar dos imágenes.
Por un lado, el Sol que contemplaban con sus gafas.
Por otro, el Sol que aparecía ampliado en el telescopio.
A través del ocular, las estructuras del disco solar se hacían cada vez más evidentes. Una llamarada asomaba por el limbo. Otras aparecían sobre la superficie y, a medida que avanzaba el eclipse, adquirían un contraste y una definición extraordinarios.
Yo sabía perfectamente qué estaba viendo.
Sabía qué era una llamarada.
Sabía por qué estaba allí.
Sabía qué iba a ocurrir después.
Y, sin embargo, cada vez estaba más emocionado.
Ahí apareció una primera certeza que después se convertiría en la idea central de aquella tarde:
El conocimiento te dice qué estás viendo. La experiencia te descubre qué significa para ti verlo.
Podemos conocer profundamente el universo y seguir dejándonos sorprender por él.
Cuando dejé de mirar por el telescopio
La totalidad se acercaba.
Seguí durante unos instantes el avance de la sombra sobre el disco solar a través del ocular.
La llamarada del limbo destacaba ahora más que en ningún otro momento.
Entonces grité para avisar a todos.
Era el momento de prepararse.
Dejé el telescopio.
Esta vez no quería mirar a través de ningún instrumento.
Quería verlo.
Con mis propios ojos.
Con todo el cuerpo.
Aparecieron las perlas de Baily.
Y comprobamos algo que alguien me había preguntado antes: no necesitábamos ningún instrumento para contemplarlas.
Bastaban nuestros ojos.
Después el cielo terminó de oscurecerse.
Y Venus apareció de la nada.
No llegaron a asomar las estrellas.
No hizo falta.
Porque delante de nosotros apareció algo que ninguna preparación teórica podía reproducir.
Un disco negro.
Alrededor, una luz etérea.
La corona solar extendiéndose en todas direcciones.
Durante unos instantes me quedé completamente atrapado por aquella visión.
Y entonces grité.
No para avisar de nada.
No para explicar nada.
Grité porque necesitaba sacar de alguna manera todo lo que llevaba acumulado durante meses.
La fascinación.
La incredulidad.
La maravilla.
La emoción.
Necesitaba exteriorizarlo.
Y alrededor de nosotros llegaron otros gritos, expresiones de sorpresa, risas, voces.
Durante aquellos minutos nadie necesitaba explicar demasiado.
Estábamos allí.
La luz que no cabe en una fotografía
He pasado muchas noches intentando capturar la luz del universo.
Sé lo que significa acumular exposiciones durante horas, esperar al momento adecuado, procesar una imagen y tratar de conservar en ella algo de aquello que ocurrió frente al telescopio.
Pero aquella tarde comprendí una limitación fundamental de la fotografía.
Hay luces que pueden registrarse.
Y hay experiencias que no caben en un sensor.
La corona que vi ayer podría fotografiarla.
Podría intentar reconstruir su estructura, su delicadeza, sus formas.
Pero ninguna fotografía contendrá el viento que sentí.
Ni el cambio de color de los girasoles.
Ni los gritos.
Ni el silencio de unos segundos.
Ni la sensación física de estar allí.
Ni aquel disco negro apareciendo de repente sobre nosotros.
La fotografía puede conservar la luz.
No puede conservar completamente lo que esa luz hizo con nosotros.
El pequeño que somos
Cuando terminó la totalidad, la luz regresó.
Y entonces ocurrió algo curioso.
Nos pusimos a hablar.
Todos necesitábamos hacerlo.
Compartir la sorpresa. Comparar lo que habíamos visto. Intentar poner palabras a aquello que acababa de suceder.
Aparecieron preguntas.
Reflexiones.
En algunos, pensamientos de trascendencia.
En otros, la sensación de inmensidad.
Y apareció también algo que yo reconocí inmediatamente:
la sensación de ser muy pequeño.
No pequeña mi vida.
Pequeño yo.
Pequeño dentro de algo que me supera por completo.
No fue una sensación de insignificancia.
Fue otra cosa.
Durante unos minutos dejé de ocupar tanto espacio dentro de mí mismo. Mis preocupaciones, mis planes, todo aquello que normalmente llena la cabeza, pareció hacerse más pequeño frente a aquella inmensidad.
El universo no había cambiado de tamaño.
Había cambiado mi medida.
Durante unos minutos, el universo ocupó el tamaño que realmente tiene.
Y yo ocupé el mío.
Después de la sombra
Nos quedamos en aquella misma era.
Después del eclipse cenamos juntos.
Compartimos comida, conversación y la experiencia que acabábamos de vivir mientras la noche terminaba de caer.
Ya no era necesario explicar el eclipse.
Ahora teníamos que intentar comprenderlo.
Y quizá eso sea también una parte de lo que hacemos los seres humanos después de vivir algo extraordinario.
Contamos lo sucedido.
Lo reconstruimos.
Lo compartimos.
Buscamos palabras.
Intentamos convertir una experiencia en memoria.
Porque hay momentos que no terminan cuando termina el fenómeno.
Continúan dentro de nosotros.
Sin máquinas
He dedicado buena parte de mi vida a conocer el cielo mediante instrumentos.
Telescopios.
Cámaras.
Ordenadores.
Mapas.
Datos.
Y seguiré haciéndolo.
Pero ayer necesité desprenderme de todo eso.
No quería una pantalla entre el fenómeno y yo.
No quería que una cámara me dijera cómo había sido.
Quería estar allí.
Mirar.
Sentir.
Escuchar.
Dejar que el eclipse ocurriera directamente sobre mis sentidos.
Y quizá por eso esta experiencia ha sido diferente de cualquier otra.
Una fotografía puede acercarnos a lugares donde nunca estaremos.
Pero un eclipse total nos ofrece algo distinto:
la posibilidad de estar presentes cuando el universo cambia, aunque solo sea durante unos minutos, la forma en que sentimos nuestro propio mundo.
Necesito volver
El eclipse terminó.
Pero hay algo que no ha terminado.
La necesidad de volver a sentir aquello.
Sé que el próximo será diferente.
Será más largo.
Habrá otras circunstancias, otro paisaje, otra luz.
Y quizá por eso ya empiece a esperarlo.
Porque ahora sé que conocer un eclipse no es suficiente.
Necesito atravesarlo.
Necesito volver a sentir esa fascinación.
Esa incredulidad.
Esa maravilla.
Esa emoción que no pude contener.
Necesito volver a gritar.
No porque no sepa lo que está ocurriendo.
Precisamente porque lo sé.
Porque después de toda una vida estudiando el cielo, todavía puedo encontrarme ante él como aquel niño que mira por primera vez algo que no puede explicar del todo.
Y eso, quizá, sea uno de los mayores privilegios que nos concede la astronomía:
saber mucho sobre el universo y conservar intacta la capacidad de maravillarnos ante él.
Astrometáfora · La luz que no cabe en una fotografía
Podemos fotografiar la corona.
Podemos medir su luz.
Podemos calcular la geometría de un eclipse con una precisión extraordinaria.
Pero hay algo que ninguna cámara puede registrar:
el instante en que dejamos de saberlo todo
y simplemente miramos.
Quizá por eso seguimos viajando hacia el cielo.
No solo para conocerlo.
Sino para volver a sentirlo.


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