#36 Que no hagan callo las cosas


Psicología del cielo

Hay algo que me inquieta de la astronomía.

Cuanto más tiempo llevas observando el cielo, más cosas reconoces.

Sabes dónde está cada constelación. Reconoces una estrella antes de consultar el mapa. Sabes qué objeto aparecerá detrás del árbol, cuándo una nebulosa estará suficientemente alta sobre el horizonte o hacia dónde tendrás que girar el telescopio.

Aprendes los nombres.

Aprendes los caminos.

Aprendes el cielo.

Y entonces aparece una paradoja.

Cuanto mejor conoces algo, más fácil puede resultar dejar de mirarlo.




Recuerdo las primeras veces que vi Saturno.

No sabía exactamente qué estaba viendo. Solo sabía que aquella pequeña forma ovalada que aparecía en el ocular no podía ser una estrella.

Había algo allí.

Algo que necesitaba mi atención.

Con el tiempo aprendí su nombre, su posición, sus anillos, sus lunas. Aprendí a localizarlo incluso antes de mirar por el telescopio.

Y quizá ahí comenzó el peligro.

Porque llega un momento en que uno puede mirar Saturno y pensar simplemente:

Saturno.

El nombre empieza a ocupar el lugar de la experiencia.

Ya no necesitas preguntarte qué estás viendo porque crees que ya lo sabes.




La psicología lleva mucho tiempo estudiando un fenómeno cotidiano: cuando un estímulo se repite, nuestra respuesta hacia él suele disminuir.

Es la habituación.

No es un defecto. Tiene una función.

Nuestro cerebro no puede prestar la misma atención a todo continuamente. Si cada sonido, cada olor, cada imagen y cada sensación recibiera siempre la misma intensidad de procesamiento, nuestra capacidad para responder a lo importante quedaría rápidamente saturada.

Acostumbrarnos nos permite liberar recursos.

Pero esa misma capacidad tiene un precio.

Lo familiar puede dejar de reclamar nuestra atención.

Y ahí aparece la verdadera cuestión.

El problema no es acostumbrarse.

El problema aparece cuando la costumbre deja de permitirnos percibir.




También puede ocurrir haciendo astronomía.

La puesta en estación.

El enfoque.

El guiado.

El plate solving.

La exposición.

El procesado.

Todo eso forma parte de la experiencia.

Y es maravilloso aprender hasta conseguir que muchas de esas cosas dejen de exigirnos toda nuestra atención.

Pero puede llegar un momento en que pasemos una noche entera haciendo astronomía sin levantar realmente la mirada.

Sabemos dónde está el objeto.

Sabemos cómo fotografiarlo.

Sabemos qué resultado esperar.

Y precisamente por eso podemos dejar de verlo.




Hay un verso de León Felipe que siempre me ha acompañado:

> «Que no hagan callo las cosas.»



La imagen es extraordinaria.

Un callo aparece porque algo se repite. La piel se endurece para protegerse de aquello que la roza una y otra vez.

Es una buena solución.

Hasta que deja de permitirnos sentir.

Quizá con la experiencia ocurra algo parecido.

Necesitamos acostumbrarnos para aprender.

Pero necesitamos también conservar una parte de nosotros capaz de sorprenderse ante aquello que ya conoce.




El cielo tiene una pequeña ventaja sobre nuestra memoria:

nunca se repite exactamente.

Saturno es Saturno, pero nunca lo vemos exactamente igual.

La turbulencia cambia.

La transparencia cambia.

La posición de sus lunas cambia.

La luz cambia.

Nuestra propia mirada cambia.

Y una nebulosa que hemos fotografiado diez veces puede mostrarnos, en la undécima, una estructura que antes no habíamos visto.

El objeto no se ha vuelto nuevo.

Nosotros hemos cambiado.




Y aquí aparece una paradoja que me interesa especialmente.

El conocimiento puede hacer dos cosas.

Puede cerrar la mirada porque creemos que ya sabemos lo que estamos viendo.

O puede abrirla porque ahora somos capaces de distinguir cosas que antes eran invisibles para nosotros.

Al principio vemos una mancha.

Después reconocemos una nebulosa.

Más tarde distinguimos filamentos, regiones de emisión, estructuras de polvo, estrellas jóvenes.

El conocimiento no tiene por qué matar el asombro.

Puede darle más profundidad.

Pero para eso necesitamos seguir mirando.




Quizá por eso observar el cielo se parezca menos a acumular respuestas de lo que pensamos.

Aprender astronomía no debería consistir únicamente en aumentar la lista de cosas que conocemos.

También debería enseñarnos a mirar mejor aquello que ya conocemos.

Porque puedo conocer una persona durante años y dejar de prestar atención a quien sigue siendo.

Puedo recorrer cien veces el mismo camino y dejar de ver los árboles.

Puedo escuchar una canción tantas veces que termine convirtiéndose en ruido.

Y puedo conocer el nombre de una galaxia, su distancia y su clasificación morfológica y, aun así, dejar de experimentar que estoy viendo una galaxia.

Algo que existe.

Algo que está ahí.

Algo cuya luz ha viajado durante millones de años para llegar hasta nosotros.




Por eso quizá necesitemos volver a mirar.

No necesariamente buscar otro cielo.

No necesitamos que aparezca una supernova cada noche.

No necesitamos descubrir una galaxia nueva.

No necesitamos que el universo nos sorprenda constantemente.

A veces basta con detenernos ante algo que ya conocemos y preguntarnos:

¿Qué estoy viendo realmente?

Y esperar la respuesta.




Quizá esa sea también una de las razones por las que seguimos saliendo de noche.

Porque la astronomía nos obliga, de vez en cuando, a romper la costumbre.

A levantar la cabeza.

A abandonar durante unos minutos la pantalla del ordenador.

A mirar el cielo que creíamos conocer.

Y descubrir que todavía hay algo que no habíamos visto.

No porque el cielo haya cambiado para nosotros.

Sino porque nosotros hemos recuperado la capacidad de verlo.




Pienso entonces en León Felipe.

«Ser en la vida romero.»

Caminar.

Cruzar caminos nuevos.

No quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar interior.

Y, sobre todo, no permitir que aquello que tocamos todos los días termine endureciéndose dentro de nosotros.

Quizá no siempre necesitemos un cielo nuevo.

A veces necesitamos recuperar una mirada nueva para el cielo que ya conocemos.

Porque la familiaridad puede ser profundidad.

Pero solo cuando no se convierte en indiferencia.




La próxima vez que apuntes el telescopio hacia un objeto que ya has fotografiado cien veces, quizá puedas hacer algo muy sencillo.

Antes de mirar el histograma.

Antes de comprobar el guiado.

Antes de pensar en el procesado.

Mira.

Solo mira.

Quizá todavía quede algo ahí que tu conocimiento no haya conseguido convertir en costumbre.

Algo que vuelva a hacerte sentir, aunque sea durante unos segundos, que estás viendo el universo por primera vez.

Y quizá eso sea, en el fondo, lo que significa que no hagan callo las cosas:

seguir caminando sin permitir que el camino haga callo en los ojos.



🌌 Astrometáfora · Que no hagan callo las cosas

Nos acostumbramos a aquello que vemos.

Aprendemos sus nombres, sus formas, sus caminos.

Hasta que un día dejamos de mirar.

Quizá no siempre necesitemos algo nuevo.

Quizá necesitemos volver a mirar lo conocido como si todavía pudiera sorprendernos.

Porque el cielo no tiene que cambiar para que cambie nuestra mirada.

A veces basta con volver a prestar atención.

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