#20 · A merced del cielo


A merced del cielo

El cielo y los poetas · Psicología del cielo

Hay experiencias para las que el conocimiento parece suficiente.

Sabemos qué va a ocurrir.
Sabemos por qué ocurre.
Sabemos cuándo ocurrirá y cuánto durará.

Y, sin embargo, cuando llega el momento, algo en nosotros parece no haber recibido el mensaje.

Eso fue lo que descubrí en Amayuelas.

Había pasado meses preparando el eclipse. Conocía su geometría. Había explicado el fenómeno a otras personas. Sabía qué estaba viendo incluso antes de que ocurriera.

Y cuando llegó la totalidad, grité.

No porque no supiera qué estaba sucediendo.

Quizá precisamente porque lo sabía y, aun así, aquello era completamente distinto de saberlo.

Entonces descubrí que no era el primero en encontrarse con esa contradicción.

En 1927, Virginia Woolf había viajado hasta Yorkshire para contemplar un eclipse total de Sol. Aquella experiencia quedó recogida en sus diarios y, posteriormente, en su ensayo The Sun and the Fish, publicado en 1928. 

En su diario escribió una frase que parece atravesar casi un siglo para encontrarse con mi propia experiencia:

«Estar a merced del cielo». 




Saber no basta

Woolf no era una persona ajena a la ciencia.

No llegó al eclipse buscando una explicación sobrenatural. Sabía lo que iba a ocurrir.

Había viajado durante la noche junto a otras personas que, como ella, querían estar allí cuando llegara la sombra. El eclipse que observó el 29 de junio de 1927 fue el primero visible como totalidad desde Gran Bretaña en más de dos siglos. 

Y, sin embargo, cuando la luz comenzó a desaparecer, la explicación científica dejó de ser suficiente para describir lo que estaba experimentando.

En su diario anotó que habían visto el mundo muerto.

¿Cómo expresar aquella oscuridad?

Fue, escribió, una caída repentina, inesperada.

Y entonces esa expresión:

a merced del cielo.

No «sin saber qué ocurre».

No «engañados por una superstición».

A merced.




Cuando el cielo adquiere otra dimensión

Hay algo que me interesa especialmente de esa expresión.

Normalmente pensamos que estar a merced de algo significa haber perdido el control.

Pero durante un eclipse no hemos perdido realmente el control de nada.

La Luna sigue su órbita.

La Tierra sigue girando.

El Sol continúa haciendo exactamente lo que hacía antes.

Nada ha dejado de obedecer las leyes de la física.

Lo que cambia es nuestra posición frente a ellas.

Durante unos minutos dejamos de sentirnos completamente separados del fenómeno.

Ya no estamos simplemente observando el eclipse.

Estamos dentro de él.

La luz cambia.

El paisaje cambia.

El aire cambia.

Nuestro propio cuerpo registra que está ocurriendo algo extraordinario.

Y entonces aparece una sensación difícil de racionalizar:

el cielo está haciendo algo y nosotros solo podemos estar ahí para recibirlo.




Woolf tampoco encontró las palabras

Quizá por eso me interesa tanto su experiencia.

Porque Virginia Woolf era una escritora.

Una persona cuya herramienta fundamental era precisamente el lenguaje.

Y, sin embargo, ante aquella oscuridad se encontró con una experiencia que parecía resistirse a las palabras.

En su relato del eclipse escribió sobre el cielo adquiriendo una presencia extraordinaria y sobre cómo quienes estaban allí parecían perder durante un instante su relación habitual con las casas, los árboles y las personas. 

Algo había cambiado.

No solamente fuera.

También en la forma de mirar.

El mundo cotidiano había dejado de ser completamente cotidiano.




Una humanidad muy pequeña

Hay otra cosa que me une a aquella experiencia.

Después del eclipse de Amayuelas hablamos.

Necesitábamos hacerlo.

Habíamos visto la misma sombra, la misma corona, el mismo cielo transformándose delante de nosotros. Pero cada uno parecía necesitar encontrar sus propias palabras.

En algunos aparecieron pensamientos de trascendencia.

En otros, la sensación de inmensidad.

En otros, simplemente el asombro de haber visto algo que no parecía posible.

Yo sentí algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, difícil de explicar:

me sentí muy pequeño.

No pequeño como algo insignificante.

Pequeño como algo que pertenece a un mundo inmensamente mayor.

Woolf encontró algo parecido en aquel paisaje de Yorkshire. El eclipse parecía devolver al ser humano a una posición diferente: ya no en el centro de la escena, sino dentro de una realidad mucho más grande que él. Investigaciones literarias recientes han señalado precisamente esa transformación de la relación entre el individuo y el mundo en su escritura del eclipse. 




No era miedo

Y, sin embargo, no recuerdo haber sentido miedo.

Había incredulidad.

Había fascinación.

Había maravilla.

Había una emoción tan intensa que necesitó salir convertida en un grito.

Pero no miedo.

Quizá porque sabía que aquello terminaría.

Sabía que la Luna continuaría su camino.

Sabía que el Sol volvería.

Sabía incluso cuánto duraría.

Y esa certeza hacía todavía más extraño lo que estaba viviendo.

Podía conocer el principio y el final de la experiencia.

Y, aun así, no podía controlar lo que me estaba haciendo sentir.




El cielo no nos pertenece

Tal vez aquí haya algo que la astronomía nos recuerda de vez en cuando.

Nos hemos acostumbrado a pensar en el universo como algo que podemos medir.

Calculamos distancias.

Determinamos composiciones.

Predecimos eclipses con una precisión extraordinaria.

Fotografiamos galaxias que están a millones de años luz.

Construimos instrumentos capaces de observar lugares a los que jamás podremos viajar.

Y todo eso es extraordinario.

Pero existe otra relación posible con el cielo.

La de permanecer delante de él.

Sin dominarlo.

Sin modificarlo.

Sin necesitar que haga nada por nosotros.

Simplemente aceptando que, durante unos instantes, somos nosotros quienes estamos a merced de aquello que contemplamos.




La memoria guarda de otra manera

Hay algo más de Woolf que me resulta especialmente hermoso.

En The Sun and the Fish, su reflexión sobre el eclipse también se convierte en una reflexión sobre la memoria: algunas imágenes permanecen porque consiguen asociarse con una emoción. 

Y quizá por eso sé exactamente qué recordaré de Amayuelas dentro de diez años.

No recordaré todos los datos.

No recordaré cada conversación.

Probablemente tampoco recordaré cada fotografía.

Recordaré aquella luz.

La luz irreal sobre los girasoles.

El disco negro.

La corona alrededor.

Y la sensación de estar contemplando algo que, aunque comprendía perfectamente, no podía terminar de creer que estuviera ocurriendo.

La memoria no conservará solamente lo que vi.

Conservará cómo me hizo sentir verlo.




A merced del cielo

Quizá por eso aquella frase de Woolf me resulta ahora tan cercana.

A merced del cielo.

No significa renunciar al conocimiento.

No significa volver a mirar el universo como lo hicieron nuestros antepasados, llenándolo de dioses y presagios.

Significa algo mucho más interesante.

Podemos comprender el universo y seguir siendo vulnerables ante su belleza.

Podemos conocer exactamente cómo funciona una estrella y quedarnos sin palabras cuando la vemos.

Podemos calcular un eclipse con siglos de anticipación y, cuando llega la totalidad, sentir que algo dentro de nosotros acaba de descubrirlo por primera vez.

Quizá la ciencia nos permita saber dónde estamos.

Pero hay momentos en los que el cielo nos recuerda qué pequeños somos dentro de ese lugar.

Y eso no es ignorancia.

Es perspectiva.




🌌 Astrometáfora · A merced del cielo

Durante unos minutos, no necesitamos comprender el cielo.

Solo estar bajo él.

Mirarlo.

Dejar que ocurra.

Y aceptar, con una mezcla de fascinación e incredulidad, que hay momentos en los que no somos nosotros quienes miramos al universo.

Es el universo el que parece mirarnos a nosotros.


Comentarios