El lugar del extraño
El cielo y los poetas · Psicología del cielo
Anoche, mientras buscaba una galaxia que ya he fotografiado muchas veces, pensé en una paradoja.
Sé dónde está.
Sé cómo encontrarla.
Sé qué aspecto tendrá en el ocular.
Y, sin embargo, cuando finalmente aparece, sigue pareciéndome extraña.
Quizá porque conocer algo no significa necesariamente dejar de sentirse extranjero ante ello.
El sociólogo Georg Simmel llamó el extraño a una figura paradójica: alguien que está dentro de un lugar y, al mismo tiempo, conserva algo de fuera.
Está cerca y distante.
Participa, pero no termina de pertenecer.
Y precisamente esa distancia puede convertirse en una forma privilegiada de mirar.
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Mirar desde el borde
Quien pertenece completamente a un lugar acaba acostumbrándose a él.
Las mismas calles.
Las mismas conversaciones.
Los mismos gestos.
Lo cotidiano pierde poco a poco su capacidad de llamar nuestra atención.
Lo que un día fue extraño termina convertido en paisaje.
Por eso quizá necesitamos, de vez en cuando, ocupar la posición del recién llegado.
Mirar como si acabáramos de llegar.
Preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos. Por qué damos por evidente aquello que quizá no lo sea. Por qué hemos dejado de mirar determinadas cosas.
El extraño conserva algo que la familiaridad suele llevarse por delante:
la capacidad de mirar sin darlo todo por sabido.
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También ocurre cuando miramos al cielo
Hay algo extraño en levantar la mirada hacia las estrellas.
El cielo nos resulta familiar y completamente ajeno al mismo tiempo.
Reconocemos las constelaciones. Sabemos dónde está Saturno. Podemos identificar una nebulosa, localizar una galaxia o reconocer el cambio de las estaciones.
Después de años observando, incluso el cielo puede convertirse en paisaje.
Pero basta detenerse un momento para recordar la realidad.
No pertenecemos a ese paisaje.
Estamos debajo de él.
Lo contemplamos desde una pequeña superficie del planeta mientras, a cientos, miles o millones de años luz, suceden acontecimientos que no necesitan nuestra presencia.
Una estrella nace.
Otra muere.
Una galaxia se deforma.
Un agujero negro transforma todo lo que se acerca demasiado.
Y nosotros observamos.
Estamos cerca de la experiencia de contemplarlo, pero infinitamente lejos de aquello que contemplamos.
Quizá por eso la distancia importa.
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Lo conocido también puede volverse extraño
Conocer el cielo no debería consistir únicamente en acumular nombres.
M31.
M42.
Saturno.
La Nebulosa del Velo.
Cada nombre nos permite orientarnos.
Pero también existe un pequeño peligro: que nombrar algo nos haga sentir que ya lo hemos comprendido.
Reconocer una galaxia no debería cerrar la pregunta.
Saber cómo funciona un eclipse no debería convertirlo en rutina.
Comprender qué estamos viendo no debería impedirnos detenernos ante ello.
Al contrario.
Cuanto más conocemos, más precisa puede hacerse nuestra mirada.
Ya no nos sorprende simplemente que algo ocurra.
Nos sorprende cómo ocurre.
Y quizá ahí exista una diferencia entre mirar y observar.
Mirar puede consistir en reconocer.
Observar exige conservar cierta distancia.
Lo suficientemente cerca para comprender.
Lo suficientemente lejos para seguir preguntando.
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El extraño que llevamos dentro
Hay momentos en la vida en los que todos nos convertimos en extraños.
Cuando cambiamos de ciudad.
Cuando entramos en un lugar desconocido.
Cuando conocemos personas nuevas.
Pero también cuando algo que creíamos seguro deja de serlo.
De repente, aquello que formaba parte del paisaje cotidiano adquiere otra forma.
Y desde esa pequeña distancia empezamos a observar nuestra propia vida de otra manera.
Lo que parecía inevitable se convierte en una posibilidad.
Lo que parecía normal puede empezar a resultar extraño.
Quizá necesitamos precisamente eso de vez en cuando:
volver a mirar nuestra propia vida como si acabáramos de llegar a ella.
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Volver a ser recién llegado
Eso es lo que intento hacer algunas noches.
Busco una galaxia que conozco.
Sé dónde debería aparecer.
Sé qué detalles puedo esperar.
Pero, cuando llego al ocular, intento apartar durante unos segundos todo lo que sé sobre ella.
Dejo de pensar en su catálogo, su magnitud o su distancia.
Simplemente observo.
Una pequeña mancha de luz.
Una señal tenue que ha viajado durante millones de años hasta encontrarse con mis ojos.
Y entonces ocurre algo curioso.
La galaxia sigue siendo exactamente la misma.
El que ha cambiado soy yo.
Por unos instantes vuelvo a ocupar el lugar del recién llegado.
Y quizá esa sea una de las mejores posiciones desde las que observar el universo.
Porque el cielo está próximo: forma parte de nuestras noches, de nuestros calendarios, de nuestras historias.
Pero también permanece infinitamente distante.
Lo estudiamos.
Lo fotografiamos.
Lo nombramos.
Construimos instrumentos para comprenderlo.
Y, sin embargo, seguimos siendo visitantes.
Extraños bajo las estrellas.
Tal vez no sea una mala condición.
Quizá pertenecer demasiado a algo termine haciéndonos dejar de verlo.
Y quizá conservar una pequeña distancia sea precisamente lo que nos permite volver a encontrarlo.
No para descubrir necesariamente algo nuevo.
Sino para permitir que aquello que conocemos vuelva, durante unos segundos, a parecernos extraño.
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🌌 Astrometáfora · El recién llegado
Podemos conocer el camino de memoria.
Reconocer cada estrella.
Saber dónde aparecerá cada galaxia.
Y aun así detenernos.
Porque quizá mirar el cielo consista también en conservar dentro de nosotros un pequeño lugar para quien acaba de llegar.
El lugar del extraño.
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