¡Estoy entusiasmado!


¡Estoy entusiasmado!

Psicología del cielo

Hay una frase que me acompaña desde que tenía doce años.

«¡Estoy entusiasmado

La decía aquel vikingo de Vicky el Vikingo, cada vez que aparecía una nueva aventura.

Yo no sabía entonces que aquella frase terminaría formando parte de mi propia historia al igual que mi apodo, Snorre...

Porque desde niño me entusiasma mirar hacia arriba.



Han pasado décadas.

He aprendido nombres, coordenadas, magnitudes, espectros, telescopios, cámaras y técnicas de procesado. He pasado noches enteras esperando que una nube se apartara. He aprendido que una exposición puede salir mal después de horas de trabajo y que, a veces, el cielo decide no colaborar.

Y, sin embargo, hay algo que no ha cambiado.

Sigo esperando el cielo con entusiasmo.



Ahora estoy en tierras palentinas.

He venido de lejos para esperar un eclipse total de Sol.

Mañana, la Luna pasará delante del Sol y su sombra atravesará el paisaje.

Hoy todavía no ha ocurrido nada.

Y, sin embargo, llevo días viviendo dentro de ese momento.

Quizá eso sea precisamente el entusiasmo.

La capacidad de empezar a vivir el futuro antes de que llegue.



Cuando todavía no ha ocurrido nada

Hay algo extraño en el entusiasmo.

No necesita que aquello que deseamos esté sucediendo.

A veces basta con saber que está por llegar.

Pensamos en lo que ocurrirá. Lo imaginamos. Preparamos las cosas. Hacemos planes. Nos descubrimos mirando el reloj.

El acontecimiento todavía pertenece al futuro, pero nuestra mente ya ha comenzado a construirlo en el presente.

Mañana habrá un eclipse.

Pero esta noche ya existe en mi cabeza.

Existe en el equipo preparado. En el lugar elegido. En las previsiones meteorológicas que vuelvo a consultar. En la pregunta inevitable:

¿Cómo será cuando llegue la totalidad?

La psicología distingue entre experimentar algo y anticiparlo, pero ambas experiencias pueden estar estrechamente relacionadas. La anticipación dirige nuestra atención hacia aquello que consideramos importante y puede movilizar nuestra motivación antes de que llegue la experiencia.

Por eso esperamos.

Por eso preparamos.

Por eso viajamos.



El entusiasmo mira hacia delante

Quizá una de las características más interesantes del entusiasmo sea precisamente su dirección.

El entusiasmo está orientado hacia algo que todavía no ha sucedido.

No sabe exactamente qué encontrará.

Y ahí aparece la curiosidad.

Cuando era niño no sabía prácticamente nada de astronomía. Solo sabía que había algo ahí arriba que quería conocer.

Quizá el entusiasmo comenzó antes que el conocimiento.

Primero apareció la pregunta.

Después llegaron los libros.

Luego los telescopios.

Más tarde las cámaras.

Y todavía siguen apareciendo preguntas.

Porque conocer el cielo no ha reducido mi entusiasmo.

Lo ha hecho más preciso.

Ahora sé qué estoy mirando.

Y precisamente por eso puedo asombrarme más.



El niño que decía «¡Estoy entusiasmado!»

A veces pensamos que crecer significa dejar atrás ciertas cosas.

Aprender a ser más prudentes. Más realistas. Más racionales.

Como si madurar consistiera, en parte, en reducir nuestra capacidad de entusiasmo.

Pero quizá no tenga por qué ser así.

El niño que se entusiasma ante una aventura y el adulto que atraviesa cientos de kilómetros para observar un eclipse no son dos personas completamente distintas.

Hay algo que permanece.

Una disposición a acercarse a lo desconocido.

A prestar atención.

A esperar.

A dejarse sorprender.

Quizá crecer no consiste en perder al niño que fuimos.

Quizá consiste en darle mejores instrumentos para explorar aquello que todavía le asombra.



El entusiasmo necesita incertidumbre

Hay algo más.

Si supiéramos exactamente cómo será mañana, hasta el último detalle, quizá el entusiasmo sería diferente.

Sé cuándo ocurrirá el eclipse. Conozco su geometría. Sé qué fases atravesará. Sé cuánto durará aproximadamente la totalidad.

Pero no sé cómo será estar allí.

No sé qué aspecto tendrá el paisaje.

No sé cómo cambiará la luz.

No sé qué sentiré cuando llegue la sombra de la Luna.

No sé qué fotografías conseguiré.

Y tampoco sé si las nubes decidirán participar en el espectáculo.

Esa incertidumbre no destruye el entusiasmo.

Forma parte de él.

Porque entusiasmarse no significa saber que algo saldrá bien.

Significa considerar que merece la pena estar allí para descubrirlo.



El cuerpo también se entusiasma

El entusiasmo no ocurre únicamente en nuestros pensamientos.

También prepara el cuerpo.

Nos activa.

Nos hace movernos.

Organizar.

Preparar.

Salir de casa.

Conducir.

Cargar un telescopio.

Esperar.

En ese sentido, el entusiasmo no es solamente una emoción agradable.

Es una emoción que pone algo en marcha.

Y eso explica una parte de su valor psicológico.

No nos limita a contemplar una posibilidad.

Nos empuja hacia ella.

Mañana podría quedarme en casa y ver después fotografías del eclipse.

Pero no sería lo mismo.

Porque hay experiencias que no queremos conocer únicamente a través de imágenes.

Queremos estar allí cuando suceden.



Hay cosas que merece la pena esperar

Vivimos rodeados de inmediatez.

La información llega al instante.

Las fotografías aparecen en segundos.

Las respuestas están a un clic.

Muchas cosas importantes de nuestra vida, sin embargo, siguen necesitando tiempo.

Una amistad.

Un aprendizaje.

Una fotografía astronómica.

Una noche de cielo profundo.

Un eclipse.

El entusiasmo tiene algo que enseñarnos sobre esa espera.

No toda espera es tiempo perdido.

A veces esperar significa estar ya dentro de la experiencia.

Estas horas anteriores al eclipse no son simplemente las horas que faltan para mañana.

También forman parte de mañana.

El viaje.

La preparación.

La incertidumbre.

La conversación.

El cielo que esta noche todavía no es el que estoy esperando.

Todo ello pertenece a la misma historia.



El entusiasmo también se contagia

Hay otra razón por la que me gusta aquella frase de Snorre.

Porque el entusiasmo se comparte.

Una persona puede hablar de algo que le importa y conseguir que otra persona quiera mirar también.

Eso ocurre constantemente en astronomía.

Un niño mira por primera vez Saturno.

Alguien descubre la Vía Láctea desde un lugar oscuro.

Un aficionado consigue fotografiar una nebulosa después de varias noches de trabajo.

Un eclipse reúne a miles de personas bajo el mismo cielo.

Durante unos instantes, todos estamos mirando hacia el mismo lugar.

Y quizá una de las formas más hermosas de divulgar ciencia sea precisamente esa:

contagiar las ganas de mirar.

No solamente transmitir información.

Transmitir curiosidad.



Mañana llegará la sombra

Mañana la Luna hará algo que conocemos desde hace siglos.

Su sombra avanzará sobre la Tierra.

Durante unos minutos, el día cambiará.

La luz desaparecerá.

El paisaje se transformará.

Y después todo terminará.

La sombra continuará su camino.

El Sol volverá a ocupar el cielo.

Y nosotros regresaremos a nuestra vida cotidiana.

Pero el entusiasmo habrá cumplido su función mucho antes.

Nos habrá llevado hasta allí.

Quizá esa sea una de las cosas más interesantes de esta emoción.

El entusiasmo no espera a que ocurra el acontecimiento para empezar a actuar.

Lo prepara.

Lo anticipa.

Lo imagina.

Y nos mueve hacia él.



Sesenta años después

Tengo sesenta años.

Y aquella frase de Snorre sigue conmigo.

Podría parecer una pequeña anécdota de infancia.

Pero cuando miro hacia atrás, encuentro una línea bastante clara.

Aquel niño que se entusiasmaba ante una aventura es también el adulto que todavía siente curiosidad por una galaxia lejana.

El que espera una noche despejada.

El que prepara una cámara.

El que conduce cientos de kilómetros.

El que, a pesar de saber exactamente qué es un eclipse, todavía quiere estar allí cuando ocurra.

Quizá no hemos cambiado tanto como creemos.

Quizá algunas de las cosas que nos entusiasmaron de niños no desaparecen.

Simplemente encuentran nuevas formas de expresarse.



Mañana

Mañana llegará la totalidad.

Quizá durante unos minutos todo aquello que ahora imagino suceda exactamente como espero.

O quizá no.

Quizá las nubes aparezcan.

Quizá la fotografía no salga como quería.

Quizá el cielo decida recordarme, una vez más, que no todo está bajo nuestro control.

Pero estaré allí.

Y eso ya forma parte del acontecimiento.

Porque el entusiasmo no consiste en garantizar que el futuro será maravilloso.

Consiste en mirar hacia él y pensar:

Merece la pena ir a verlo.



Y mientras espero, vuelvo a escuchar aquella voz de mi infancia.

Una voz que, de alguna manera, ha atravesado seis décadas para llegar hasta aquí.

«¡Estoy entusiasmado!»

Y sí.

Todavía lo estoy.



🌌 Astrometáfora · Antes de que llegue la luz

El eclipse todavía pertenece al futuro.

Pero ya ha comenzado a movernos.

Quizá el entusiasmo sea eso:

una pequeña parte del futuro que consigue llegar antes que el acontecimiento.

Y quizá conservarlo sea una de las mejores maneras de seguir mirando hacia arriba.

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