El equinoccio que no podemos señalar

Mañana podría salir al campo con el telescopio y no encontrarlo.

Podría mirar hacia el este, hacia el oeste, hacia el sur. Podría reconocer algunas estrellas, esperar a que aparezcan otras, buscar un objeto que llevo meses queriendo fotografiar.

Pero si alguien me preguntara:

—¿Dónde está el equinoccio?

No sabría señalarlo.

Y, sin embargo, estará ocurriendo.

A las 2:05 de la madrugada del 23 de septiembre, hora peninsular española, el Sol cruzará el ecuador celeste de norte a sur. Será el equinoccio de septiembre, el instante astronómico que marca el comienzo del otoño en nuestro hemisferio norte.

Pero el cielo no hará nada que podamos reconocer a simple vista.

No habrá una señal.

No habrá una línea que atraviese las estrellas.

No habrá un momento en el que podamos decir:

«Ahora».

Eso me parece extraordinario.

Pero hay una forma de notar que algo está ocurriendo.

El día del equinoccio, el Sol sale aproximadamente por el este y se pone aproximadamente por el oeste.

En un horizonte ideal, por el punto cardinal exacto.

Durante unos días alrededor del equinoccio, el lugar por donde sale el Sol se encuentra muy cerca de ese punto. Y lo mismo ocurre con su puesta.

Podríamos incluso comprobarlo.

Buscar el este.

Esperar al amanecer.

Y observar por dónde aparece el primer borde del Sol.

No habremos visto el equinoccio.

No podremos señalar el instante en que ocurrió.

Pero podremos reconocer una de sus consecuencias.

Quizá eso sea lo interesante.

Hay fenómenos astronómicos que no podemos ver directamente.

Solo podemos ver lo que dejan a su paso.

Estamos acostumbrados a pensar que para conocer algo tenemos que poder encontrarlo.

Un cráter.

Una galaxia.

Una estrella.

Saturno en el ocular.

La nebulosa que aparece después de varias horas de exposición.

En astrofotografía, además, existe una satisfacción especial en conseguir que algo aparezca.

Primero no vemos nada.

Después llegan los primeros fotogramas.

Una mancha.

Un poco de señal.

Un borde que antes no estaba.

Y seguimos acumulando luz hasta que aquello que sabíamos que estaba allí empieza, por fin, a hacerse visible.

Con el equinoccio sucede lo contrario.

Sabemos exactamente cuándo ocurre.

Podemos calcularlo.

Podemos anticiparlo con una precisión extraordinaria.

Y no podemos señalarlo.

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Quizá porque el equinoccio no es una cosa.

Es una relación.

La Tierra gira sobre un eje inclinado respecto al plano de su órbita. Mientras recorre su camino alrededor del Sol, nuestra perspectiva cambia. Desde la Tierra vemos desplazarse al Sol sobre la esfera celeste y, dos veces al año, su trayectoria aparente cruza el ecuador celeste de norte a sur o de sur a norte.

Eso es el equinoccio.

No una puerta que se abre.

No una frontera dibujada en el cielo.

Una posición.

Una geometría.

Un instante dentro de un movimiento que no se detiene.

Mientras nosotros dormimos, la Tierra seguirá viajando alrededor del Sol a casi treinta kilómetros por segundo.

El equinoccio no será una pausa entre el verano y el otoño.

Será un cruce.

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Y hay algo más.

La palabra equinoccio procede del latín aequinoctium, «noche igual».

Parece que el nombre ya nos hubiera explicado lo que ocurre: doce horas de día, doce de noche.

Pero tampoco es exactamente así.

La atmósfera desvía ligeramente la luz del Sol. Además, cuando hablamos de la salida o la puesta del Sol estamos considerando el borde de un disco y no un punto matemático. Por eso el día y la noche no duran exactamente lo mismo en la fecha del equinoccio. El momento en que se acercan más a doce horas depende de la latitud y de cómo definamos la salida y la puesta del Sol.

Una palabra que parecía sencilla acaba necesitando que miremos un poco más.

Me gusta que la astronomía haga esto.

Nos deja creer que hemos entendido algo.

Y después nos obliga a prestar atención a un detalle.

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Quizá mañana, después de que el Sol haya cruzado el ecuador celeste, salgamos a mirar las estrellas.

No veremos el equinoccio.

Pero veremos sus consecuencias.

El cielo de verano seguirá allí, aunque poco a poco irá abandonando nuestras primeras horas de la noche. El Triángulo de Verano todavía dominará buena parte del cielo. Casiopea estará donde esperamos encontrarla. Y las constelaciones de invierno comenzarán, casi tímidamente, a regresar de madrugada.

Nada cambiará de repente.

Ese es el problema cuando intentamos mirar las estaciones en el cielo.

No existe una noche en la que el universo nos avise:

«A partir de ahora, otoño».

Las cosas ocurren mientras seguimos haciendo nuestra vida.

Una noche se parece a la anterior.

Luego un poco menos.

Y llega un momento en que levantamos la mirada y descubrimos que el cielo que conocíamos empieza a ser otro.

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Quizá por eso me gusta fotografiar.

Porque una fotografía sí puede decir:

Esto estaba aquí.

A esta hora.

Desde este lugar.

Con esta luz.

Pero también puede engañarnos un poco.

Nos hace pensar que el cielo es una imagen quieta.

Y no lo es.

La fotografía conserva una escena mientras la Tierra continúa girando, mientras el planeta sigue su órbita, mientras las estrellas cambian lentamente su posición aparente en nuestro cielo.

Incluso cuando la cámara permanece inmóvil, el universo sigue ocurriendo.

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Mañana no intentaré fotografiar el equinoccio.

No sé cómo hacerlo.

Pero quizá intente fotografiar algo que solo existe gracias a él: una noche que empieza a cambiar, unas constelaciones que regresan, una orientación distinta del cielo, una luz que llega desde algún lugar mientras aquí comienza otra estación.

Y entonces pensaré que llevamos miles de años haciendo algo parecido.

Miramos.

Medimos.

Comparamos.

Esperamos.

Descubrimos que aquello que parecía inmóvil se mueve, que aquello que parecía circular vuelve, que aquello que parecía una frontera es solamente un momento dentro de un recorrido mucho mayor.

El equinoccio estará ocurriendo aunque nadie lo mire.

Pero nosotros estaremos allí para contarlo.

Y quizá eso sea lo que hacemos cuando prestamos atención al cielo: no conseguimos que el universo se detenga para nosotros.

Aprendemos a reconocer algo de lo que está ocurriendo mientras pasa.

Aunque no podamos señalarlo.

Aunque no podamos fotografiarlo.

Aunque, cuando levantemos la mirada, no haya nada que indique que acaba de suceder.

Solo el cielo.

Y nosotros, pasando también.

Presta atención.
Asómbrate.
Cuéntalo.


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