La segunda mirada a la Nebulosa de la Burbuja
Hace un año fotografié por primera vez la Nebulosa de la Burbuja.
Entonces la miraba a través de otro telescopio, con otra experiencia y con otras expectativas. Hoy vuelvo a apuntar hacia NGC 7635, esta vez con mi nuevo Newton 150/750 y la ASI533MC Pro.
El objeto es el mismo.
Yo no.
Quizá por eso esta fotografía me está haciendo detenerme de una manera diferente.
En la pantalla vuelve a aparecer esa forma redondeada que todos reconocemos enseguida: una estrella brillante en el interior y, alrededor, una estructura de gas que parece haber sido dibujada para convertirse en una burbuja.
Pero esta vez conozco un poco mejor lo que estoy mirando.
Sé que esa forma tan sencilla esconde una estructura mucho más complicada. Sé que detrás de esa apariencia hay gas a distintas temperaturas, movimientos diferentes y estructuras que se superponen a lo largo de nuestra línea de visión.
Y mientras las 60 exposiciones de 60 segundos van acumulando fotones, me doy cuenta de que no estoy intentando simplemente volver a fotografiar la Burbuja.
Estoy intentando averiguar qué había detrás de aquella primera imagen.
Porque un año de astrofotografía también cambia la manera en que miramos una fotografía.
No necesariamente porque veamos más.
A veces porque empezamos a saber qué preguntas hacer.
La fotografía funciona.
Precisamente por eso puede engañarnos.
Porque aquello que llamamos «Burbuja» parece una cosa única. Un objeto con una forma definida, casi como si pudiéramos señalar su contorno y decir: aquí empieza, aquí termina.
Pero el cielo no tiene por qué ser tan sencillo como nuestra fotografía.
NGC 7635 está a unos 2,8 kilopársecs de nosotros: aproximadamente 9.100 años luz. La estrella que ocupa su interior, BD+60°2522, es una estrella muy caliente y masiva, de tipo O. Su viento estelar alcanza velocidades del orden de 2.000 kilómetros por segundo. Ese viento golpea el material que rodea a la estrella y modifica profundamente el medio interestelar.
Podríamos quedarnos aquí.
Una estrella.
Un viento extraordinariamente rápido.
Una burbuja de gas.
Y una explicación que parece suficiente.
Pero entonces llega la segunda mirada.
Y esta vez no consiste en acercar más la cámara.
Consiste en cambiar de instrumento.
Una fotografía óptica nos dice dónde vemos el gas ionizado. Pero no nos dice por sí sola a qué distancia está cada estructura respecto de nosotros ni cómo se mueve todo ese material.
Para averiguarlo, los astrónomos pueden separar la luz en sus diferentes longitudes de onda. Un espectro contiene información sobre el movimiento del gas: pequeñas variaciones en las líneas de emisión permiten medir velocidades que nuestros ojos jamás podrían percibir.
Cuando Toalá y sus colaboradores estudiaron NGC 7635 mediante espectroscopia, la imagen empezó a complicarse.
No encontraron simplemente una esfera expandiéndose alrededor de una estrella.
Los datos cinemáticos revelaron varias estructuras superpuestas: envolturas anidadas, cavidades y regiones que forman estructuras parecidas a pequeñas burbujas o «ampollas». Parte de la forma que vemos como una única Burbuja puede ser, por tanto, el resultado de distintas estructuras proyectadas sobre el mismo plano del cielo.
Y aquí hay algo que me interesa especialmente como fotógrafo.
La fotografía no estaba equivocada.
Era nuestra interpretación la que era demasiado sencilla.
Cuando miro mi imagen, todas esas estructuras aparecen comprimidas en dos dimensiones. La luz que procede de regiones situadas a diferentes profundidades llega hasta el mismo detector y queda registrada en los mismos píxeles.
El telescopio no aplasta físicamente la nebulosa.
Pero sí proyecta su profundidad sobre una superficie plana.
Es parecido a mirar un bosque desde lejos. Podemos distinguir el conjunto, pero los árboles que están delante pueden ocultar a los que están detrás. Si fotografiamos el bosque, todos terminan formando parte de la misma imagen.
Con NGC 7635 ocurre algo mucho más extremo.
Estamos intentando reconstruir una estructura tridimensional situada a miles de años luz a partir de la luz que llega hasta nosotros desde una única dirección.
Por eso necesitamos algo más que una buena fotografía.
Necesitamos otras preguntas.
Y otras formas de mirar.
Hay otra que resulta especialmente interesante: los rayos X.
Los modelos de burbujas producidas por vientos estelares predicen que en su interior puede existir gas extremadamente caliente. El viento de la estrella, al interactuar con el material circundante, puede producir una región caliente capaz de emitir en rayos X.
Así que los astrónomos buscaron esa emisión.
Y no la encontraron.
Las observaciones con XMM-Newton no detectaron emisión difusa de rayos X llenando la nebulosa, aunque sí detectaron a la propia BD+60°2522 como fuente de rayos X.
Esto no significa que la teoría de la burbuja haya quedado descartada.
Significa algo más interesante.
Que la nebulosa no se comporta exactamente como esperaríamos de una burbuja sencilla.
La ausencia de esa emisión puede estar relacionada con una mezcla poco eficiente entre el gas caliente y el material de la nebulosa. Y la estructura observada mediante espectroscopia apunta a un escenario más complejo, en el que intervienen la propia velocidad de la estrella, diferentes episodios de pérdida de masa y un medio interestelar que tampoco es uniforme.
De pronto, la palabra «Burbuja» empieza a quedarse pequeña.
Y eso me gusta.
Porque una buena fotografía tiene algo paradójico: cuanto más conseguimos mostrar, más evidente puede hacerse todo lo que todavía no vemos.
Vuelvo entonces a mi imagen.
Sigue estando la estrella.
Sigue estando el borde brillante.
Siguen ahí las estructuras que mi cámara ha conseguido recoger después de esas 99 exposiciones.
Pero ahora sé que la forma que veo no es una esfera aislada flotando en el espacio.
Es la proyección de una estructura mucho más compleja.
Una parte del gas está delante de otra. Algunas envolturas se encuentran anidadas. Algunas regiones tienen movimientos diferentes. Y detrás de todo ello está una estrella que, aunque en la fotografía parezca simplemente un punto luminoso, está lanzando al espacio un viento capaz de recorrer 2.000 kilómetros cada segundo.
La imagen no ha cambiado.
Lo que ha cambiado es lo que puedo preguntarle.
Quizá esa sea una de las cosas más interesantes de la astrofotografía.
No necesitamos siempre una fotografía con más resolución, más contraste o más horas de exposición.
A veces necesitamos datos diferentes.
La cámara recoge luz visible. El espectrógrafo convierte esa luz en información sobre el movimiento. Los rayos X buscan el gas más caliente. Cada instrumento observa una dimensión distinta del mismo lugar.
Y ninguna de ellas, por separado, es «la» imagen de NGC 7635.
Todas son aproximaciones.
Todas añaden algo.
Todas dejan algo fuera.
Por eso ahora, cuando miro la fotografía, sigo viendo una burbuja.
No puedo evitarlo.
Pero ya no pienso que la nebulosa sea esa forma.
Pienso que esa forma es lo que ocurre cuando una estructura tridimensional, compleja y en movimiento se proyecta sobre el cielo desde nuestro lugar en la galaxia.
Y entonces la palabra «Burbuja» deja de ser una respuesta.
Se convierte en una puerta.
Quizá eso sea lo que me gusta de esta fotografía.
Que después de terminarla todavía no ha terminado.
Porque una imagen puede mostrarnos algo que está a miles de años luz y, al mismo tiempo, recordarnos que verlo no significa haberlo comprendido.
Ahí está NGC 7635.
Una estrella.
Gas ionizado.
Envolturas superpuestas.
Movimiento.
Temperatura.
Profundidad.
Y una forma que nuestro cerebro resume en una sola palabra:
Burbuja.
La próxima vez que la fotografíe, probablemente vuelva a buscar esa forma.
Pero sabré que detrás de ella hay mucho más.
Y que, para encontrarlo, quizá no necesite mirar más.
Necesite mirar de otra manera.
Presta atención.
Asómbrate.
Cuéntalo.
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