57 Pegasi: lo que vemos y lo que es




Son las cuatro de la madrugada en Santa María del Tiétar.


La noche comenzó cuando Vega estaba en el cénit. Ahora ya casi se despide por el Oeste. Los grillos siguen cantando y, de vez en cuando, llegan desde lejos los ladridos de algún perro. Un autillo se ha pasado brevemente a supervisar mi trabajo.


Yo sigo frente al telescopio.


Estoy buscando 57 Pegasi.


No suelo buscar ni fotografiar estrellas dobles. Esta noche he venido por otra razón: quiero observar la variación de brillo de esta estrella y seguir cómo cambia con el tiempo.


No espero encontrar nada espectacular.


Solo quiero recoger su luz y dejar que los datos me cuenten qué está ocurriendo.


Utilizo el Newton 150/750 y la ASI533MC Pro. Con la resolución de campo de NINA localizo y encuadro la zona sin dificultad.


Y entonces aparecen dos estrellas.


Las dos están ahí, claramente diferenciadas por su tonalidad. Las aspas que produce el Newton alrededor de los brillos hacen que la separación resulte todavía más evidente.


No estaba buscando una estrella doble.


Pero allí está.


Y aquí conviene detenerse.


Porque una fotografía puede mostrarnos dos estrellas próximas sin decirnos qué relación existe entre ellas.


La segunda estrella que aparece en mi imagen está separada de 57 Pegasi unos 33 segundos de arco. La fotografía permite establecer esa proximidad aparente.


Pero no podemos concluir, solo a partir de ella, que ambas estrellas estén físicamente unidas.


La compañera que forma el sistema físico que estamos estudiando es otra.


Los astrónomos han descubierto su presencia de una manera muy distinta a la que estoy utilizando esta noche. El análisis de los colores ultravioleta revela una estrella caliente de tipo A6 V que acompaña a la gigante roja. Las medidas de velocidad radial muestran, además, el movimiento orbital del sistema.


Es una compañera que no aparece separada de 57 Pegasi en mi fotografía.


Su presencia está escrita en otras huellas.


En el espectro.


En el movimiento.


En la luz ultravioleta.


Hay algo que me gusta de esta diferencia.


Una cosa es lo que veo.


Otra, lo que puedo demostrar.


A las cuatro de la madrugada tengo delante dos puntos de luz. La fotografía me dice que están próximos en el cielo. La física permite reconstruir una relación que la imagen no puede resolver.


Así funciona muchas veces la astronomía.


No vemos directamente todo aquello que queremos conocer. Recogemos señales y aprendemos a leerlas.


Y algunas de esas señales cuentan historias que nuestros ojos nunca podrían descubrir.


Una estrella que cambia


57 Pegasi es una gigante roja evolucionada y una estrella variable.


Su variación se desarrolla en una escala temporal de varias semanas.


Demasiado lenta para que nuestros ojos perciban el cambio durante una sola noche.


Mientras espero delante del telescopio, la estrella parece inmóvil.


Pero no lo está.


El cielo parece inmóvil porque nosotros vivimos demasiado poco.


Por eso esta noche no busco una imagen espectacular.


Estoy acumulando medidas.


Una noche.


Después otra.


Y otra.


Solo al comparar los datos podremos empezar a ver un cambio que el ojo no puede apreciar.


Pero 57 Pegasi guarda otra sorpresa.


Una etiqueta que empezó a no encajar


Durante mucho tiempo fue clasificada como una estrella de tipo S.


Las estrellas de este tipo presentan determinadas características químicas relacionadas con elementos pesados producidos mediante captura lenta de neutrones.


En algunos casos, esas señales pueden proceder de la propia evolución de la estrella. En otros, se interpretan como la huella de materia recibida de una compañera que evolucionó antes que ella.


57 Pegasi parecía pertenecer a este segundo grupo.


Pero había algo que no encajaba.


Su espectro no mostraba el enriquecimiento en elementos pesados que cabría esperar de una verdadera estrella S y, además, era pobre en tecnecio.


Y la compañera que podemos identificar mediante las observaciones ultravioleta y espectroscópicas parece ser una estrella de secuencia principal de tipo A.


No es lo que esperaríamos encontrar si la historia fuera simplemente la de una estrella que recibió material de una antigua compañera que después terminó convertida en una enana blanca.


La explicación empezaba a tener demasiadas piezas que no encajaban.


Jorissen y colaboradores revisaron la química y la órbita del sistema. Encontraron que los elementos pesados estudiados presentan abundancias compatibles con una composición solar y concluyeron que 57 Pegasi probablemente había sido clasificada de manera incorrecta como estrella S.


Me interesa especialmente ese «probablemente».


Porque ahí aparece una de las cosas más honestas de la ciencia.


No significa que no sepamos nada.


Significa que sabemos hasta dónde llegan los datos.


Medimos.


Comparamos.


Encontramos una discrepancia.


Volvemos a mirar.


Y cambiamos la explicación si los datos nos obligan a hacerlo.


Volver a mirar la fotografía


A las cuatro de la madrugada yo solo quería medir el brillo de una estrella.


El Newton me mostró dos.


Después descubrí que esas dos estrellas que aparecen juntas en la fotografía no son las dos componentes que puedo identificar como parte del sistema físico.


Y que, además, 57 Pegasi tiene una compañera que mi fotografía no puede separar.


Después apareció otra sorpresa.


Durante décadas habíamos tenido una etiqueta para aquella estrella.


Ahora sabemos que esa etiqueta probablemente no era correcta.


De pronto, aquella imagen sencilla se ha vuelto bastante más interesante.


Porque los dos puntos de luz que veo no contienen por sí mismos toda la historia.


La imagen es apenas el principio.


Unos cuantos píxeles contienen la luz.


Pero para convertir esa luz en conocimiento hay que aprender a preguntar qué está diciendo.


Guardo la imagen.


La noche continúa.


Quizá esa sea una de las razones por las que sigo apuntando el telescopio al cielo.


No para verlo todo.


Ni siquiera para encontrar siempre aquello que estaba buscando.


A veces basta con que aparezca algo que no esperaba.


Dos estrellas donde buscaba una.


Una compañera que no puedo ver.


Una variación de brillo que necesita semanas para hacerse evidente.


Una clasificación que quizá haya que revisar.


La fotografía termina ahí.


La pregunta, no.


Y bajo un cielo que empieza lentamente a aclararse, vuelvo a mirar la pantalla.


57 Pegasi sigue allí.


Ahora sé que no estoy viendo toda la historia.


Y eso, lejos de decepcionarme, me parece una buena razón para seguir mirando.


Para mirar más lejos

Jorissen, A., Boffin, H. M. J., Karinkuzhi, D., Van Eck, S., Escorza, A., Shetye, S. & Van Winckel, H. (2019).
Barium and related stars, and their white-dwarf companions – I. Giant stars.
Astronomy & Astrophysics, 626, A127.
DOI: 10.1051/0004-6361/201834630.



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