Hay estrellas que sirven para encontrar una constelación.
Y luego está Capella.
En las noches de invierno destaca tanto que parece imposible no verla. Es una de las primeras estrellas que buscamos cuando queremos localizar Auriga, el conductor de un carro.
Pero en el cielo no hay ningún carro.
Hay unas pocas estrellas brillantes que, vistas desde la Tierra, forman una figura que hemos aprendido a reconocer.
Capella nos ayuda a encontrarla. Después conviene dejar de buscar el dibujo.
Presta atención
A simple vista, Auriga parece sencilla: un pentágono de estrellas alrededor de Capella. Una figura fácil de recordar y de localizar en el cielo invernal.
Pero basta con apuntar una cámara hacia esa región para que el dibujo empiece a quedarse pequeño.
Auriga se encuentra en una zona rica de la Vía Láctea. En una exposición larga aparecen estrellas que el ojo apenas distingue y, entre ellas, destacan tres viejos conocidos de los catálogos de Messier.
M36. M37. M38.
Son cúmulos abiertos, agrupaciones de estrellas que nacieron en una misma región y siguen ligadas por la gravedad, aunque con el tiempo sus componentes puedan dispersarse.
M36 aparece compacto y brillante.
M37 reúne una multitud de estrellas, tan numerosas que la fotografía permite apreciar lo que a simple vista apenas intuimos.
M38 presenta una distribución que recuerda vagamente a una cruz.
Tres cúmulos, tres formas distintas de reunir estrellas en una misma región del cielo.
Y el dibujo empieza a convertirse en un lugar.
Asómbrate
Los cúmulos, sin embargo, son solo una parte de lo que aparece en la imagen.
A su alrededor hay estrellas por todas partes. Algunas destacan con claridad; otras se pierden entre la multitud. Y, detrás de ellas, el polvo interestelar modifica la luz que nos llega y oculta regiones más lejanas.
Lo que a simple vista parecía oscuridad adquiere profundidad.
Parte de esa luz era demasiado débil para que nuestros ojos la distinguieran. Parte queda atenuada por el polvo. Otra procede de estrellas que, sin la ayuda de la cámara, pasarían inadvertidas.
Durante la captura, el sensor acumula la señal de los fotones que recibe. Al integrar esa luz, empiezan a aparecer diferencias de brillo, concentraciones de estrellas y estructuras que no reconocíamos en el cielo a simple vista.
El fondo deja de ser un fondo uniforme.
Se convierte en paisaje.
Y ese paisaje no termina en los tres cúmulos que habíamos salido a buscar. Continúa entre ellos, por encima y por debajo, en cada rincón que el pentágono de Auriga no podía representar.
El auriga
En medio de todo ese campo estelar sigue Capella.
Su nombre procede del latín capella, «cabrita». Es una de las estrellas más brillantes del cielo nocturno y un excelente punto de referencia para encontrar Auriga.
Pero también es fácil quedarse con ella.
Cuando una estrella destaca tanto, la mirada vuelve una y otra vez a su brillo. La fotografía nos invita a cambiar de hábito: apartarnos del punto más luminoso y explorar lo que apenas consigue hacerse visible.
Primero localizamos Capella. Después reconocemos el pentágono. Encontramos M36, M37 y M38. Y, poco a poco, dejamos de buscar objetos aislados para recorrer la región que los contiene.
El nombre de Auriga nos recuerda que alguien imaginó allí un conductor y su carro. Las constelaciones convierten el cielo en figuras que podemos reconocer y utilizar para orientarnos.
Pero las estrellas que componen esas figuras pueden encontrarse a distancias enormes unas de otras. El dibujo surge desde nuestra perspectiva terrestre; no es una estructura que exista como tal en el espacio.
La fotografía no elimina esa perspectiva. Nos permite descubrir cuánto quedaba fuera de ella.
Cuéntalo
Cada vez que fotografío Auriga, el recorrido empieza de la misma manera: primero veo Capella; después reconozco el pentágono y localizo los tres cúmulos.
Pero, cuando la imagen revela el resto del campo, la constelación deja de ocupar todo el espacio de mi atención.
Aparecen las estrellas que no había buscado, las zonas oscurecidas por el polvo y la profundidad de una región de nuestra galaxia que a simple vista apenas podía entrever.
El carro sigue en los mapas. Capella continúa señalando el camino.
Pero en la fotografía el dibujo pierde importancia y queda algo mucho mayor: una porción de la Vía Láctea, llena de estrellas y atravesada por nubes de materia interestelar.
Capella no era el destino. Era la primera estrella que me había enseñado dónde mirar.
Presta atención. Asómbrate. Cuéntalo.
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