Contar estrellas para medir la oscuridad. Pequeño experimento #1



Hay noches en las que miramos al cielo y pensamos que está oscuro.

Pero ¿qué significa exactamente «oscuro»?

Un cielo puede parecernos extraordinario después de salir de una ciudad y, sin embargo, estar todavía lejos de mostrar todo lo que la noche esconde. Nuestra percepción se acostumbra. Los ojos se adaptan. La Vía Láctea comienza a dibujarse y tenemos la sensación de haber llegado a un cielo verdaderamente oscuro.

Pero podemos ir un poco más allá.

Podemos medirlo.

Y para hacerlo no necesitamos un instrumento electrónico.

Solo necesitamos contar estrellas.

El cielo como instrumento

Una de las formas más sencillas de estimar la Magnitud Aparente Límite Estelar (MALE) consiste en determinar hasta qué magnitud estelar somos capaces de detectar estrellas a simple vista bajo unas determinadas condiciones de observación.

No se trata necesariamente de encontrar una única «estrella límite». La MALE es una estimación de la profundidad que alcanza nuestra visión en un cielo concreto.

El problema es que buscar la estrella más débil que podemos ver puede resultar bastante subjetivo.

Por eso resulta mucho más interesante contar.

Y para contar necesitamos siempre el mismo lugar del cielo.

Uno especialmente apropiado es el Gran Rectángulo de Pegaso.

Un rectángulo lleno de estrellas invisibles

Las cuatro estrellas que forman el Gran Rectángulo de Pegaso son fáciles de reconocer. En cambio, su interior parece sorprendentemente vacío.

Y ahí está precisamente su interés.

Podemos utilizar esa región como una pequeña ventana de medida. Si contamos las estrellas que somos capaces de distinguir dentro de ella, podemos comparar nuestro resultado con una carta de referencia y estimar nuestra MALE.

Pero hay una condición importante:

hay que utilizar siempre la misma carta y los mismos límites del campo.

Las diferentes cartas estelares pueden contener cantidades distintas de estrellas debido a los catálogos utilizados, sus magnitudes y los límites exactos del área considerada. Por eso la tabla siguiente no debe entenderse como una constante universal del Rectángulo de Pegaso, sino como la escala correspondiente a una carta de referencia concreta.

En ella encontramos:

MALE| Estrellas acumuladas
4,0| 0
4,5| 1
5,0| 4
5,5| 7
6,0| 10
6,1| 14
6,2| 18
6,3| 21
6,4| 26

El recuento es acumulativo.

Es decir, las 14 estrellas correspondientes a MALE 6,1 incluyen las 10 que ya aparecían hasta magnitud 6,0. Las 18 de 6,2 incluyen esas 14, y así sucesivamente.

No vamos añadiendo estrellas a una lista.

Vamos descubriendo, una a una, hasta dónde alcanza nuestra mirada.

La prueba de las doce estrellas

Imaginemos una noche de finales de verano.

Pegaso está alto sobre nuestras cabezas. El crepúsculo ha desaparecido completamente. No hay Luna que ilumine el cielo y nuestros ojos han tenido tiempo suficiente para adaptarse a la oscuridad.

Buscamos el Rectángulo.

Y empezamos a contar.

Uno.

Tres.

Siete.

Diez.

Doce.

Hemos encontrado doce estrellas.

¿Qué nos dice el cielo?

La carta indica que hasta una MALE de 6,0 deberían ser visibles diez estrellas. Para alcanzar 6,1 necesitamos llegar a catorce.

Doce está entre ambas cifras.

Nuestra estimación sería, por tanto:

MALE ≈ 6,0–6,1

No hemos utilizado un fotómetro.

No hemos consultado una aplicación.

No hemos necesitado ningún instrumento.

Hemos convertido el cielo en nuestro propio instrumento de medida.

Una pequeña escala para la noche

Podemos hacer lo mismo con cualquier otro recuento.

Si vemos entre 4 y 6 estrellas, nuestra MALE se encuentra aproximadamente entre 5,0 y 5,5.

Si vemos entre 7 y 9, entre 5,5 y 6,0.

Entre 10 y 13, entre 6,0 y 6,1.

Entre 14 y 17, entre 6,1 y 6,2.

Entre 18 y 20, entre 6,2 y 6,3.

Entre 21 y 25, entre 6,3 y 6,4.

Si llegamos a las 26 estrellas de la carta, hemos alcanzado al menos una MALE de 6,4.

No necesitamos convertir cada resultado en un decimal exacto. Lo importante es saber hasta qué nivel de la escala conseguimos llegar.

La noche se convierte en un experimento

Y aquí aparece lo realmente interesante.

Podemos repetir la prueba.

Esta noche vemos doce estrellas.

Otra noche quizá solo nueve.

Después de una jornada especialmente transparente aparecen diecinueve.

Y una noche excepcional puede llevarnos todavía más lejos.

De repente, expresiones como «el cielo está bastante bien» empiezan a tener un significado cuantificable.

Podemos llevar un registro.

Fecha.

Lugar.

Condiciones.

Número de estrellas.

MALE estimada.

Con el tiempo tendremos nuestro propio historial de oscuridad.

Podremos descubrir cuáles son las mejores noches de nuestro lugar de observación y hasta qué punto influyen la transparencia atmosférica, la humedad, la presencia de luz artificial o la adaptación de nuestros ojos.

El cielo deja de ser simplemente algo que contemplamos.

Se convierte en algo que podemos medir.

¿Y qué pasa con Bortle?

Aquí conviene hacer una distinción.

La MALE y la escala de Bortle están relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.

La MALE estima hasta qué magnitud podemos detectar estrellas a simple vista en unas condiciones determinadas.

La escala de Bortle describe la calidad general de un cielo nocturno utilizando varios indicadores observacionales: el aspecto de la Vía Láctea, la presencia de contaminación lumínica, la visibilidad de determinados objetos y otros rasgos del cielo.

Por eso no debemos decir que una determinada MALE equivale automáticamente a una determinada clase Bortle.

La correspondencia es orientativa.

La MALE nos proporciona una medida concreta de la profundidad visual alcanzada esa noche.

Bortle nos ayuda a situar ese cielo dentro de una clasificación más amplia.

Aprender a mirar

Quizá lo más interesante de este pequeño experimento no sea el número que obtenemos.

Sea 8, 12, 18 o 26.

Contar estrellas cambia nuestra relación con la noche.

Ya no miramos simplemente para decidir si el cielo es bueno o malo.

Miramos para descubrir hasta dónde alcanza nuestra mirada.

El Rectángulo de Pegaso parecía vacío.

Pero nunca lo estuvo.

Las estrellas estaban allí antes de que nosotros llegáramos.

Simplemente eran demasiado débiles para nuestros ojos.

Cuando mejora el cielo, cuando nuestros ojos se adaptan y cuando aprendemos dónde mirar, empiezan a aparecer.

Primero una.

Después cuatro.

Siete.

Diez.

Catorce.

Y cada nueva estrella parece ampliar un poco más el Universo que somos capaces de ver.

No han llegado nuevas estrellas al cielo.

Hemos llegado nosotros más lejos.

Quizá por eso contar estrellas sea algo más que una manera sencilla de medir la oscuridad.

Es una forma de aprender a mirar.

Y algunas noches, para medir la profundidad del Universo, basta con hacer algo tan sencillo como levantar la cabeza…

y empezar a contar.



Para mirar un poco más lejos

Este pequeño experimento está inspirado en el método de estimación de la magnitud límite a simple vista mediante el recuento de estrellas en campos conocidos del cielo.



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