¿De dónde venimos?



Mira una fotografía del cielo.

Estrellas. Colores. Nubes de luz.

Y, entre ellas, una mancha negra.

Parece que ahí no hay nada.

Pero quizá deberíamos detenernos.

Porque una de las cosas más interesantes que ha aprendido la astronomía es que el cielo no siempre se revela mostrando algo.

A veces se revela ocultándolo.

¿Qué estamos viendo?

Durante siglos, los astrónomos miraron aquellas manchas difusas que aparecían entre las estrellas sin saber exactamente qué eran.

Una de ellas era la Nebulosa de Orión.


En 1656, Christiaan Huygens la dibujó con su telescopio. Más tarde, Charles Messier la incorporó a su catálogo con el número 42.

M42.

Pero ese número no explicaba nada.

Solo decía: esto lo hemos encontrado y sabemos dónde está.

La palabra nebulosa tampoco resolvía el misterio. Describía algo que parecía una nube o una mancha borrosa. Dentro de aquella categoría podían esconderse objetos completamente distintos.

La astronomía todavía no sabía qué estaba mirando.

Entonces llegó la fotografía.

En 1880, Henry Draper consiguió la primera fotografía exitosa de una nebulosa: la de Orión.


Y aquello cambió algo fundamental.

La luz podía dejar una huella.

Ya no había que confiar únicamente en lo que el ojo alcanzaba a distinguir durante unos instantes. Una placa fotográfica podía acumular luz, conservarla, ampliarla y compararla.

El cielo podía empezar a ser interrogado con una paciencia que el ojo humano no tiene.

Y la fotografía comenzó a revelar algo inesperado.

También había cosas que aparecían porque quitaban luz.

La oscuridad también tiene una historia

E. E. Barnard fue uno de los grandes fotógrafos astronómicos de comienzos del siglo XX.

Fotografió cometas, estrellas y grandes regiones de la Vía Láctea. Pero en sus placas aparecía una clase de paisaje particularmente extraño: manchas negras, algunas pequeñas y compactas; otras enormes, extendiéndose entre las estrellas.

No eran simplemente zonas donde no hubiera estrellas.

Barnard mostró que muchas de aquellas manchas podían corresponder a materia que bloqueaba la luz de las estrellas situadas detrás.

La oscuridad podía tener una causa.

Y, por tanto, podía estudiarse.

En 1919 publicó un catálogo con 182 de aquellas regiones oscuras.

Hoy sabemos que muchas son nubes de gas y polvo interestelar. Algunas contienen moléculas y material extremadamente frío. En determinadas condiciones, la gravedad puede hacer que esas nubes se fragmenten y colapsen.

Y allí comienza otra historia.

La de las estrellas.

El cielo que no vemos

Pero incluso entonces seguíamos teniendo un problema.

Nuestros ojos solo pueden ver una pequeña parte de la luz que existe.

El universo emite radiación en muchas longitudes de onda. Infrarrojo, radio, ultravioleta, rayos X...

Cada una puede mostrar un cielo diferente.

El polvo que bloquea la luz visible puede resultar mucho más transparente en determinadas longitudes de onda infrarrojas. Y una nube fría, casi invisible para nuestros ojos, puede convertirse en una estructura llena de filamentos, condensaciones y núcleos cuando la observamos con instrumentos adecuados.

Las misiones espaciales, como Herschel, permitieron estudiar precisamente ese universo frío: el polvo y el gas donde se organizan las primeras etapas de la formación estelar.
No hemos cambiado el cielo.

Hemos cambiado la forma de preguntarle.

También aprendimos a escuchar la luz.

Fraunhofer descubrió y catalogó las líneas oscuras que aparecen en el espectro del Sol. Más tarde, Kirchhoff y Bunsen demostraron que aquellas líneas podían relacionarse con elementos químicos concretos.

La luz dejaba de ser simplemente algo que llegaba desde las estrellas.

Podía contarnos de qué estaban hechas, cuánto se calentaban e incluso cómo se movían.

Una fotografía podía mostrarnos una forma.

Un espectro podía contarnos su historia.

Y entonces aparece la pregunta

¿De dónde venimos?

La pregunta ya no pertenece solamente a la biología o a la historia de la humanidad.

También pertenece a las nubes oscuras de la Vía Láctea.

Las estrellas nacen en nubes moleculares frías. La gravedad concentra el gas y el polvo hasta formar regiones cada vez más densas. Alrededor de algunas estrellas jóvenes aparecen discos de material a partir de los cuales se formarán planetas.

Nuestro propio Sistema Solar nació de un proceso semejante.

Pero hay un detalle todavía más hermoso.

La nube que dio origen al Sol no estaba hecha únicamente de material primordial.

Contenía elementos fabricados en estrellas que habían vivido y muerto antes que el Sol.

El carbono de nuestros cuerpos. El oxígeno. El hierro de nuestra sangre.

La historia del Sistema Solar comenzó en una nube molecular enriquecida por generaciones anteriores de estrellas.

Cuando miramos una nebulosa oscura, por tanto, no estamos mirando simplemente un lugar donde falta luz.

Estamos mirando uno de los lugares donde puede comenzar una nueva historia.

Una fotografía es una forma de viajar hacia atrás

Por eso una fotografía astronómica es mucho más que una imagen bonita.

Es luz acumulada.

Cada fotón que llega al sensor ha viajado desde algún lugar del universo hasta nuestro telescopio. Durante minutos, horas o muchas noches, la cámara reúne esa luz. Después, el procesado permite separar señales, reducir ruido y hacer visibles estructuras que estaban allí, pero que permanecían demasiado débiles para nuestros ojos.

No las hemos creado.

Estaban allí.

Solo hemos aprendido a recibirlas.

Y quizá por eso la pregunta inicial termina cambiando.

Primero preguntábamos:

¿Qué estoy viendo?

Después:

¿Qué hay detrás de esa luz?

Y finalmente:

¿De dónde venimos?

La respuesta no está en un único lugar.

Está en las nubes frías donde nacen las estrellas.

En las estrellas que existieron antes que el Sol.

En los elementos que esas estrellas fabricaron y devolvieron al espacio.

Y, finalmente, en nosotros.

Porque aprender a mirar el cielo ha sido también aprender que detrás de una mancha hay materia, que detrás de una sombra puede haber una nube y que detrás de una luz siempre hay una historia.

Quizá por eso, cuando apuntamos una cámara hacia las estrellas, estamos haciendo algo extraño.

Creemos que estamos mirando hacia fuera.

Pero cuanto más aprendemos a mirar, más atrás estamos mirando.

Hacia el lugar del que también nosotros venimos.



Referencias 

1. Barnard, E. E. (1919). On the Dark Markings of the Sky with a Catalogue of 182 Such Objects. The Astrophysical Journal, 49, 1–23.
Es la referencia histórica fundamental para el episodio de las nebulosas oscuras y el catálogo de Barnard.
DOI: 10.1086/142439.


2. Molinari, S. et al. (2010). Hi-GAL: The Herschel infrared Galactic Plane Survey. Astronomy & Astrophysics, 518, L100.
Fundamental para explicar cómo el infrarrojo permite estudiar el gas y polvo fríos de la Vía Láctea y las estructuras relacionadas con la formación estelar.
DOI: 10.1051/0004-6361/201014659.


3. André, P. et al. (2010). From filamentary clouds to prestellar cores to the stellar IMF: Initial highlights from the Herschel Gould Belt Survey. Astronomy & Astrophysics, 518, L102.
Muy útil para la conexión entre filamentos de gas y polvo, núcleos preestelares y nacimiento de estrellas.
DOI: 10.1051/0004-6361/201014666.




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