Hay una parte del universo que nunca hemos podido contemplar con nuestros propios ojos.
No importa lo oscuro que sea el cielo ni lo lejos que nos alejemos de las ciudades. Nuestros ojos solo captan una pequeña fracción de la luz que existe. Las ondas de radio, la radiación infrarroja, los rayos X o los rayos gamma también nos traen información del cosmos, pero necesitamos instrumentos capaces de detectarlos. Y hay mensajeros todavía más esquivos: partículas que atraviesan la materia casi sin dejar rastro.
Durante mucho tiempo, estudiar el cielo significó, sobre todo, recoger la luz que llegaba de las estrellas. Después aprendimos a detectar otras radiaciones y a reconocer señales que no se parecen en nada a una imagen.
El Premio Nobel de Física de 2026 nos ofrece una buena ocasión para detenernos en una de esas historias. La Academia Sueca ha reconocido a Francis Halzen por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.
Pero lo extraordinario no es solo el descubrimiento. Es la manera en que llegamos hasta él.
Un telescopio bajo el hielo
Los neutrinos son partículas elementales sin carga eléctrica y con una masa diminuta. Interaccionan tan poco con la materia que pueden atravesar enormes cantidades de ella sin detenerse. Cada segundo, miles de millones de neutrinos procedentes del Sol atraviesan nuestro cuerpo sin que lo notemos.
La mayoría pasa de largo también por los detectores construidos para estudiarlos. Capturar uno exige paciencia, instrumentos muy sensibles y, sobre todo, una cantidad inmensa de materia en la que alguno pueda dejar una señal.
En los años ochenta, Francis Halzen propuso aprovechar una materia que ya estaba allí, en cantidades difíciles de imaginar: el hielo de la Antártida. Si se instalaban suficientes sensores a gran profundidad, quizá sería posible registrar los rarísimos destellos producidos cuando un neutrino interactuara con el hielo.
La idea parecía casi una paradoja. Para estudiar partículas que apenas interaccionan con nada, había que construir un observatorio de dimensiones descomunales.
El proyecto necesitó años de trabajo, pruebas y aprendizaje. Primero llegó AMANDA, el precursor de IceCube. Después, el observatorio creció hasta ocupar aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo, con miles de sensores distribuidos a gran profundidad bajo la superficie del Polo Sur.
No es un telescopio que recoja imágenes de galaxias. No hay fotografías de nebulosas en sus pantallas.
Lo que registra son pequeñas señales luminosas: destellos que aparecen cuando una interacción produce partículas cargadas capaces de emitir luz al atravesar el hielo. A partir de esas señales, los investigadores reconstruyen lo ocurrido e intentan averiguar de dónde llegó el neutrino.
IceCube convierte una huella luminosa casi imperceptible en información sobre partículas que han viajado desde el cosmos. Y esa información puede llevarnos hasta lugares que no siempre conseguimos estudiar de otra manera.
Mensajeros de lugares extremos
¿Por qué buscar neutrinos llegados del espacio?
Porque el universo contiene entornos capaces de acelerar partículas hasta energías extraordinarias: regiones asociadas a explosiones estelares, galaxias activas y otros fenómenos violentos. Para investigarlos, los astrónomos llevan mucho tiempo estudiando uno de sus rastros: los rayos cósmicos.
Pero estos tienen un inconveniente. Muchos son partículas con carga eléctrica, y los campos magnéticos que atraviesan pueden desviar sus trayectorias. Cuando llegan a la Tierra, resulta difícil reconstruir el camino que siguieron hasta nosotros.
Los neutrinos ofrecen una posibilidad diferente. Como no tienen carga eléctrica, los campos magnéticos no desvían su trayectoria. Además, pueden atravesar grandes cantidades de materia sin quedar absorbidos. Si conseguimos detectar uno con suficiente precisión, su dirección puede ofrecernos una pista sobre su procedencia.
No significa que cada neutrino señale inequívocamente su lugar de origen. Las señales son escasas y las mediciones tienen incertidumbres. Distinguir los neutrinos cósmicos de los producidos en la atmósfera terrestre exige analizar muchos acontecimientos. Pero la posibilidad es extraordinaria: estudiar procesos que podrían resultar difíciles de investigar mediante la luz.
En 2013, el equipo de IceCube publicó las primeras evidencias de neutrinos de alta energía procedentes de fuera de nuestro entorno terrestre. Tras años de construcción y observación, el hielo empezaba a revelar algo del universo que hasta entonces había sido muy difícil detectar.
El descubrimiento no resolvió de golpe el misterio de los aceleradores cósmicos. Abrió una nueva forma de investigarlos.
Una historia, varias señales
La luz sigue siendo una fuente extraordinaria de información. Pero no todas sus formas nos cuentan lo mismo: las ondas de radio pueden revelar estructuras extensas; la radiación infrarroja permite estudiar regiones ocultas por el polvo; los rayos X y gamma nos muestran procesos de gran energía.
Cada una ofrece una perspectiva diferente del cosmos. IceCube añade algo distinto: no registra otra clase de luz, sino las señales de partículas que pueden conservar información sobre los lugares donde se originaron.
Esta diferencia importa. La luz puede ser absorbida o dispersada durante su viaje. Los rayos cósmicos cargados pueden desviarse por los campos magnéticos. Los neutrinos, en cambio, apenas interactúan con la materia y no tienen carga eléctrica. Eso les permite llegar desde regiones que otros mensajeros quizá no puedan mostrarnos con la misma claridad.
También hemos aprendido a detectar ondas gravitacionales, perturbaciones del espacio-tiempo que permiten investigar fenómenos como la fusión de objetos compactos. No son neutrinos ni radiación electromagnética: son otra clase de señal, con sus propias fuentes y sus propios métodos de detección.
No se trata de elegir un mensajero y descartar los demás. Se trata de reunir pistas diferentes para comprender mejor un mismo universo. Cuando varias señales pueden relacionarse con un mismo fenómeno, cada una aporta una parte de la historia.
Ese es el horizonte de la astronomía multimensajero. Y es también la razón por la que IceCube importa más allá de sus propios descubrimientos: demuestra que hay preguntas sobre el cosmos para las que necesitamos aprender a detectar algo más que luz.
Lo que todavía buscamos
Detectar neutrinos de origen astrofísico no significa haber identificado ya todos los lugares que los producen.
El documento divulgativo del Nobel señala, por ejemplo, que la galaxia activa NGC 1068 es una fuente candidata. Se han registrado neutrinos procedentes de su dirección, pero las evidencias descritas todavía no permiten considerarla una fuente identificada de manera concluyente.
Es un matiz importante. Una señal puede ofrecer una pista sin resolver todavía el enigma. Hace falta acumular observaciones, descartar explicaciones alternativas y comprobar si los datos sostienen la interpretación propuesta.
La ciencia no avanza únicamente cuando encuentra una respuesta. También lo hace cuando consigue formular una pregunta que antes no podía plantearse y construir el instrumento adecuado para investigarla.
IceCube ha demostrado que el hielo de la Antártida puede convertirse en un observatorio cósmico. Queda por determinar qué historias concretas cuentan esos mensajeros, qué objetos los producen y qué podremos aprender de ellos con nuevas observaciones.
La aventura continúa bajo el hielo.
Aprender a mirar de otra manera
Cuando levantamos la vista en una noche despejada, vemos estrellas, planetas y, en ocasiones, una franja lechosa que atraviesa el cielo. La experiencia sigue teniendo algo difícil de sustituir: la luz llega hasta nosotros y podemos contemplarla directamente.
Pero la imagen que nos ofrece el cielo es solo una parte de la información que recibimos del universo.
Hay radiación que nuestros ojos no perciben, partículas que nos atraviesan sin dejar huella y acontecimientos que podemos investigar mediante las ondas gravitacionales. Para reconocer esas señales necesitamos instrumentos, modelos, observaciones y el trabajo paciente de muchas personas.
El Nobel concedido a Francis Halzen reconoce una parte de ese esfuerzo: convertir el hielo de la Antártida en una herramienta para investigar el cosmos y contribuir a abrir una nueva vía de observación. Una idea que tardó décadas en hacerse realidad y que todavía tiene mucho que contarnos.
La próxima vez que contemplemos una fotografía astronómica, quizá merezca la pena recordar todo lo que ha sido necesario aprender para llegar hasta ella. Detrás de cada imagen hay una señal capturada, un instrumento que la hace accesible y una interpretación que intenta explicar qué estamos viendo.
Pero ninguna fotografía, por hermosa y detallada que sea, contiene toda la historia del objeto que muestra. La luz que ha recogido es una parte de lo que ese lugar del universo nos cuenta. Otras respuestas pueden llegar en forma de ondas de radio, de neutrinos o de señales que ni siquiera son luz.
Nosotros seguiremos apuntando nuestros telescopios hacia las estrellas, esperando que su luz revele algún detalle que hasta entonces se nos había escapado. Y, mientras tanto, otros instrumentos buscarán en el hielo antártico el rastro de partículas que han cruzado el cosmos casi sin rozar nada.
Son maneras distintas de acercarnos al mismo universo. Y cada nueva señal que aprendemos a interpretar nos recuerda cuánto queda todavía por descubrir.
Para seguir explorando
La historia de IceCube es también la historia de una nueva forma de investigar el universo. Si quieres profundizar en cómo hemos aprendido a detectar estos mensajeros cósmicos, estas son algunas lecturas para continuar el viaje.
- Royal Swedish Academy of Sciences (2026). The Nobel Prize in Physics 2026 — Popular Science Background. El documento divulgativo del Nobel explica cómo Francis Halzen impulsó la idea de utilizar el hielo antártico para detectar neutrinos, cómo se desarrolló IceCube y qué preguntas siguen abiertas. Es el mejor punto de partida para conocer la historia del observatorio.
"Leer el documento oficial del Nobel (PDF)" (https://www.nobelprize.org/uploads/2026/10/popular-physicsprize2026-1.pdf)
- IceCube Collaboration (2013). “Evidence for High-Energy Extraterrestrial Neutrinos at the IceCube Detector”. Science, 342, 1242856. El trabajo que presentó las primeras evidencias de una población de neutrinos de alta energía procedentes del cosmos. Un hito que abrió una nueva vía para estudiar los fenómenos más energéticos del universo.
"Leer el artículo científico" (https://doi.org/10.1126/science.1242856)
- IceCube Collaboration et al. (2018). “Multimessenger observations of a flaring blazar coincident with high-energy neutrino IceCube-170922A”. Science, 361. Un estudio que relacionó un neutrino de alta energía con la dirección de la galaxia activa TXS 0506+056 y mostró el potencial de combinar observaciones de neutrinos con las realizadas mediante telescopios convencionales.
"Leer el artículo científico" (https://doi.org/10.1126/science.aat1378)
- IceCube Collaboration (2022). “Evidence for neutrino emission from the nearby active galaxy NGC 1068”. Science, 378, 538–543. Una investigación sobre otra posible fuente de neutrinos cósmicos. Sus resultados ayudan a comprender tanto las posibilidades de esta nueva astronomía como la dificultad de identificar de manera concluyente el origen de las señales.
"Leer el artículo científico" (https://doi.org/10.1126/science.abg3395)
Cada una de estas lecturas nos acerca un poco más a un universo que no se deja conocer de una sola manera. Porque, a veces, para descubrir qué ocurre más allá de las estrellas que vemos, hay que aprender a reconocer las señales que llegan hasta nosotros sin producir luz.
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