Tenía veinte años cuando el cometa Halley regresó al cielo en 1986.
Durante meses acudí al quiosco de Paco en mi barrio a comprar Tribuna de Astronomía. Seguía la actualidad del cometa, leía las noticias sobre su aproximación y estaba pendiente de aquella visita que llevaba décadas anunciada. No era una aparición más. Halley regresaba al interior del sistema solar y yo quería verlo.
Una noche del mes de Abril acudí a la Casa de Campo, en Madrid. Con mi amigo Juan Julián intenté observarlo desde el cerro Garabitas.
No lo conseguí.
Recuerdo la expectación con la que había seguido los preparativos durante aquellos meses y la frustración de que, al llegar el momento, la observación no saliera como esperaba. Había leído sobre el cometa, sabía que estaba allí, recorriendo su órbita, pero una cosa era conocer su presencia y otra muy distinta conseguir encontrarlo en el cielo.
Halley siguió su camino. Han pasado 40 años y yo continué pensando en él.
Su próxima visita tendrá lugar en 2061. Entonces, aquella fecha parecía pertenecer a un futuro remotísimo. Hoy sigue estando por delante, aunque ya no de la misma manera.
Mientras tanto, he aprendido que la historia de un cometa no se limita al tiempo en que podemos contemplarlo. También continúa en el material que libera, en las partículas que se dispersan por el espacio y en los encuentros que, mucho después, esas partículas mantienen con la Tierra.
Cada octubre, las Oriónidas nos ofrecen una forma de acercarnos a esa historia.
Lo que un cometa deja atrás
Cuando un cometa se aproxima al Sol, el calor transforma los hielos de su superficie y libera gas y polvo. Parte de ese material queda en el espacio y se distribuye a lo largo de su órbita. Las partículas se dispersan, siguen trayectorias propias y pueden cambiar de recorrido bajo la influencia gravitatoria de los planetas y otros efectos físicos.
Halley ha pasado muchas veces por el interior del sistema solar. A lo largo de sus sucesivas aproximaciones ha liberado material que, con el tiempo, ha contribuido a formar corrientes de meteoroides.
Una de ellas es la que origina las Oriónidas.
No es una estela intacta que el cometa haya dejado detrás, sino una distribución de partículas que ha ido evolucionando durante mucho tiempo. No podemos afirmar que cada una se desprendiera en 1986 ni asignarle una fecha concreta solo por observar el destello que produce.
Pero conocemos la relación entre esa corriente y Halley. Y cada octubre, la Tierra atraviesa una región del espacio donde se encuentran algunas de esas partículas.
El encuentro ocurre en octubre
Cuando una partícula de esa corriente entra en la atmósfera, comprime y calienta el gas que tiene delante, provocando una emisión luminosa. Aparece entonces el trazo que llamamos meteoro, una raya de luz que puede durar apenas una fracción de segundo.
Las Oriónidas entran en la atmósfera a unos 66 kilómetros por segundo. A esa velocidad, incluso una partícula diminuta puede producir un destello visible desde el suelo.
Las Oriónidas reciben su nombre porque sus meteoros parecen proceder de una región del cielo situada en la constelación de Orión. Es el llamado radiante. Las trayectorias parecen converger allí por efecto de la perspectiva, aunque los meteoros pueden aparecer en cualquier parte del cielo.
En 2026, el máximo de las Oriónidas se espera durante la noche del 21 al 22 de octubre. En condiciones ideales, la lluvia puede alcanzar una tasa horaria zenital de unos 20 meteoros por hora. Es una referencia para comparar lluvias, no una promesa: desde un lugar concreto veremos menos, y quizá pasemos largos ratos sin que aparezca ninguno.
Esta vez habrá otro obstáculo. La Luna, todavía muy iluminada, ocultará parte de los meteoros más débiles. En Madrid se pondrá durante la madrugada del día 22, alrededor de las tres y cuarto, y dejará un intervalo de cielo sin luz lunar antes del amanecer. Si las nubes lo permiten, esas últimas horas serán la mejor oportunidad de la noche.
Las Oriónidas estarán activas desde comienzos de octubre hasta los primeros días de noviembre, así que el máximo no es la única fecha posible. Podemos salir a mirar en otras noches, sin esperar una sucesión constante de destellos. A veces, basta uno para recordar que la Tierra no observa desde fuera la historia del sistema solar: también atraviesa sus huellas.
¿De cuándo es esa partícula?
Hay algo que conviene no imaginar: que cada Oriónida sea un fragmento que Halley expulsó durante su última aparición.
La corriente se ha formado a lo largo de sucesivos pasos del cometa y ha evolucionado con el tiempo. Algunas partículas fueron liberadas en épocas distintas y sus trayectorias han cambiado desde entonces. El conjunto conserva una relación dinámica con Halley, aunque sus componentes no compartan una única fecha de origen.
No podemos mirar un meteoro y saber cuándo abandonó el cometa. Su luz no nos revela por sí sola toda su historia.
La relación se establece de otra manera: estudiando la órbita de Halley, la distribución de las partículas y el movimiento de la Tierra. Es el conocimiento acumulado lo que nos permite reconocer que aquel destello pertenece a una lluvia asociada al cometa.
La observación nos proporciona el fenómeno. La física permite reconstruir su procedencia.
Y toda esa historia se concentra en un instante que apenas tenemos tiempo de señalar.
No es el cometa que esperaba ver
A los veinte años quería contemplar un objeto concreto: Halley, con su núcleo, su coma y su cola sobre el fondo del cielo. No lo conseguí.
Una Oriónida no puede sustituir aquella observación ni convertirla, retrospectivamente, en algo que sí ocurrió. No es lo mismo ver el cometa que observar uno de los meteoros asociados a su corriente.
Pero la historia de un objeto astronómico no termina necesariamente en su imagen. También podemos estudiar el material que libera, los fenómenos que produce y las huellas que deja mucho después de alejarse.
Halley sigue su órbita, lejos de nosotros. La Tierra atraviesa cada año la corriente de las Oriónidas. De vez en cuando, una partícula entra en la atmósfera y deja una raya de luz que desaparece antes de que podamos explicársela a quien observa a nuestro lado.
Es otra forma de encontrarme con su historia.
La próxima visita
Halley volverá al perihelio en 2061. Para entonces habrán pasado 75 años desde su aparición de 1986.
No sé en qué condiciones podré observarlo ni qué aspecto tendrá desde el lugar donde me encuentre. Tampoco quiero convertir esa fecha en una promesa que el futuro no me ha hecho.
Mientras tanto, cada octubre puedo salir a mirar las Oriónidas. Si aparece una, sabré que estoy viendo el resultado de un encuentro entre nuestro planeta y una partícula de una corriente asociada a Halley. No conoceré su fecha de origen ni podré reconstruir su recorrido particular. Pero reconoceré la historia más amplia de la que forma parte.
Todavía me pregunto cómo habría sido aquella observación de 1986, desde el cerro Garabitas, junto a Juan Julián. Qué habríamos visto si el cometa se hubiera dejado encontrar aquella noche.
En 2061, si puedo volver a levantar la vista hacia el cielo, Halley tendrá otra oportunidad de cruzarse en mi camino.
Hasta entonces, octubre seguirá trayendo sus meteoros.
El cometa sigue su órbita. La Tierra cruza sus huellas. Y nosotros, a veces, tenemos la suerte de verlas.
Para mirar un poco más lejos
- NASA, "Orionids Meteor Shower" (https://science.nasa.gov/solar-system/meteors-meteorites/orionids/). Origen, velocidad y actividad de las Oriónidas.
- NASA, "1P/Halley" (https://science.nasa.gov/solar-system/comets/1p-halley/). Historia y órbita del cometa Halley.
- International Meteor Organization, "2026 Meteor Shower Calendar" (https://imo.net/files/meteor-shower/cal2026.pdf). Fechas de actividad y máximos de las lluvias de meteoros.

Comentarios