Mira esta fotografía de una galaxia.
Estrellas por todas partes. Unas brillan con fuerza. Otras apenas se dejan ver. Algunas parecen diminutos granos de luz perdidos entre miles de puntos.
La imagen recuerda a una playa.
Cada estrella, un grano de arena.
Pero hay algo que esa imagen no cuenta: la distancia que separa unos granos de otros.
Imagina que el Sol fuera un grano de arena de apenas tres décimas de milímetro.
Ahora coloca otro donde está Próxima Centauri, nuestra estrella vecina más cercana.
Para llegar hasta él tendrías que caminar unos diez kilómetros.
Y eso que estamos hablando de las dos estrellas más próximas de nuestro vecindario.
La comparación empieza a desmoronarse.
Una fotografía comprime las distancias. La luz de estrellas separadas por años luz termina reunida en unos pocos centímetros de pantalla. Nuestro ojo las convierte en vecinas, aunque entre ellas se extiendan espacios que apenas podemos imaginar.
Una galaxia puede parecer una multitud cuando, a escala estelar, es una inmensidad de espacio salpicada de soles.
Y son muchos.
El gran mosaico de Andrómeda obtenido por el telescopio espacial Hubble permite distinguir unos 200 millones de estrellas individualmente. La imagen, construida a partir de más de 600 observaciones y con unos 2.500 millones de píxeles, ofrece un detalle extraordinario de nuestra galaxia vecina.
Pero esas estrellas son solo una parte de su población. Se estima que Andrómeda puede contener alrededor de un billón de estrellas, muchas demasiado débiles para que el Hubble pueda distinguirlas individualmente.
Un billón de soles.
Y entre ellos, una cantidad inimaginable de espacio.
Cuantas más estrellas conseguimos distinguir, más fácil resulta olvidar que la imagen no representa sus distancias reales.
La astrofotografía añade otra capa a esa ilusión.
Durante minutos, a veces durante horas, acumulamos la luz que llega desde lugares diferentes del universo. Sumamos exposiciones, reducimos el ruido y recuperamos estrellas que antes apenas se distinguían.
Al final, todo cabe en una imagen: estrellas jóvenes y antiguas, luces cercanas y lejanas, una multitud de historias reunidas en unos pocos centímetros.
La fotografía reúne sus luces. Las distancias siguen ahí.
Por eso, la próxima vez que mires una galaxia, prueba a detenerte en algo distinto.
No cuentes las estrellas.
Mira los huecos.
Ese fondo oscuro que parece separar unas de otras también forma parte de la galaxia. No es una superficie vacía en sentido absoluto: contiene gas, polvo, campos magnéticos y materia oscura, además de las estrellas que no podemos distinguir en la imagen. Pero, comparado con el tamaño de los astros, el espacio entre ellos es inmenso.
Vuelve a la fotografía.
Donde antes veías una playa llena de estrellas, quizá ahora puedas imaginar algo diferente: un territorio descomunal en el que cada punto luminoso ocupa una porción minúscula y las distancias dominan el paisaje.
Un grano de arena.
Diez kilómetros.
Y después, otro.
La fotografía los acerca. El universo los mantiene separados.
Comentarios