Tres nombres reales y las historias que esconden
En el cielo hay una galaxia que parece un puro, una nebulosa en la que algunos reconocen un pollo y un cúmulo estelar que puede recordarnos a un búho o a un extraterrestre. Los nombres son curiosos; las historias que esconden lo son todavía más.
Hay noches en las que el universo parece empeñado en demostrarnos que carece por completo de sentido del humor. Uno apunta un telescopio, consulta un catálogo, anota una referencia alfanumérica y continúa con el siguiente objeto. NGC esto, IC aquello, una cifra por aquí y una letra por allá. Todo parece muy serio.
Hasta que alguien llama a una galaxia el Puro.
Entonces la solemnidad empieza a resquebrajarse.
Porque el cielo está lleno de objetos que, además de tener un nombre científico o una designación de catálogo, reciben apodos que parecen surgidos durante una conversación entre amigos. Un pollo corre por una nebulosa, un búho abre los ojos entre las estrellas y una galaxia entera acaba convertida en un cigarro gigantesco.
Lo curioso es que esos nombres no suelen ser un capricho completamente arbitrario. Nacen de una semejanza, de una imagen que alguien reconoce o de una asociación que, una vez pronunciada, resulta difícil olvidar. A veces nos ayudan a recordar lo que estamos viendo. Otras veces, sin embargo, pueden hacernos olvidar que detrás de la figura familiar hay algo mucho más extraño.
Empecemos por el puro.
Una galaxia que no se está fumando la vida
M82 se encuentra a unos doce millones de años luz de nosotros, en la constelación de la Osa Mayor. Es una galaxia vista prácticamente de canto, y esa perspectiva hace que su disco aparezca como una estructura estrecha y alargada. Si uno se limita a observar su silueta en luz visible, el apodo resulta bastante comprensible: parece un puro suspendido en la oscuridad.
El nombre inglés, Cigar Galaxy, está bien asentado entre los aficionados a la astronomía. Y, sin embargo, la comparación se queda corta en cuanto empezamos a investigar qué sucede allí.
M82 es una galaxia con un brote extraordinariamente intenso de formación estelar, lo que los astrónomos denominan starburst. En su región central nacen estrellas a un ritmo muy superior al habitual en nuestra Vía Láctea. Las estrellas masivas recién formadas liberan energía, calientan el gas y contribuyen a impulsar enormes flujos de materia hacia el espacio que rodea la galaxia.
La vecina M81 parece haber tenido mucho que ver en esta historia. La interacción gravitatoria entre ambas galaxias alteró el entorno de M82 y probablemente contribuyó a desencadenar su intensa actividad. No estamos, por tanto, ante un objeto que se parezca a un puro por casualidad y que después haya resultado ser interesante. Su aspecto alargado es solo la primera pista de una historia mucho más violenta.
Las observaciones en infrarrojo revelan otra dimensión del fenómeno. M82 emite intensamente en esa región del espectro debido, en gran medida, al polvo calentado por la actividad de formación estelar. Otras longitudes de onda permiten estudiar las regiones donde nacen estrellas y las enormes estructuras de gas que se extienden por encima y por debajo del disco. Lo que parecía un objeto compacto adquiere una escala muy distinta: la galaxia está expulsando material a su alrededor mediante un poderoso viento galáctico.
Hay cierta ironía en todo esto. Un puro evoca algo que se consume lentamente, quizá entre una conversación y otra. M82, en cambio, atraviesa una etapa de actividad tan intensa que esa misma formación estelar contribuye a dispersar el material del que podrían nacer nuevas estrellas.
El apodo es acertado. Pero no basta.
Una forma reconocible nos permite acercarnos a un objeto lejano; comprender su naturaleza exige ir más allá de esa primera impresión. La semejanza abre la puerta, pero no cuenta toda la historia.
Si M82 fuese solamente un puro, bastaría con reconocer su silueta. Como es una galaxia, la silueta es apenas el comienzo.
Se busca un pollo en el cielo
Nuestro segundo protagonista plantea un problema muy distinto. No se trata de una figura que oculta un fenómeno violento, sino de una figura que parece resistirse a quedar bien definida.
La Nebulosa del Pollo Corredor, conocida también como nebulosa de Lambda Centauri, lleva la designación IC 2944 y se encuentra a unos 6.500 años luz de la Tierra, en la constelación de Centauro. Es una región de gas resplandeciente y estrellas jóvenes: una auténtica guardería estelar.
El Observatorio Europeo Austral, ESO, presentó en 2011 una imagen de esta región con un título que parecía anunciar una búsqueda ornitológica: A Bird in Flight?, es decir, «¿Un pájaro en vuelo?». La nota explicaba que algunas personas reconocían la forma de un pollo en las zonas más brillantes de la nebulosa, aunque existía cierto desacuerdo sobre dónde situar exactamente al animal. En la imagen podían distinguirse varias figuras con apariencia de ave.
Me parece una observación extraordinaria, aunque no por el pollo.
Pensemos en lo que está sucediendo. La nebulosa no cambia de forma para adaptarse a nuestras preferencias. El gas sigue su curso, las estrellas emiten radiación y las nubes de materia responden a las condiciones físicas de la región. Pero cuando alguien contempla la imagen, busca contornos familiares. Una zona puede convertirse en la cabeza; otra, en el cuerpo; una tercera, en una pata que parece avanzar con determinación hacia algún destino desconocido.
El siguiente observador señala otra parte de la fotografía.
—No, el pollo está aquí.
Y el anterior vuelve a examinar la imagen, quizá con una mezcla de sorpresa y cierta resistencia. ¿Cómo es posible que no haya visto antes esa otra figura?
No hay ningún misterio astronómico en el desacuerdo. Lo interesante es que dos personas pueden compartir exactamente la misma imagen y organizar sus elementos de manera diferente. El objeto permanece; la interpretación se mueve.
La región contiene también pequeñas concentraciones oscuras de gas y polvo, conocidas como glóbulos de Thackeray. Durante décadas han interesado a los astrónomos por su posible relación con la formación estelar, aunque en este entorno la radiación de las estrellas próximas erosiona esas nubes y dificulta que puedan colapsar para formar nuevas estrellas.
ESO ha mostrado la región en imágenes de enorme detalle, donde el pollo ocupa un paisaje mucho más extenso de gas y estrellas. El campo representado llega a abarcar una superficie equivalente a unas veinticinco lunas llenas. De pronto, la figura que parecía tan evidente se pierde en una estructura compleja que ya no cabe en una sola mirada.
Es una buena lección para cualquiera que disfrute reconociendo figuras en el cielo. Podemos encontrar un pollo, un rostro o una criatura con aspecto de dragón. Eso no significa que la imagen sea engañosa ni que nuestra imaginación estorbe a la ciencia. Significa que estamos interpretando una forma, y que esa interpretación debe distinguirse de lo que sabemos sobre el objeto.
El pollo, además, tiene una ventaja sobre muchos animales celestes: no hace falta que todos lo vean para que la nebulosa siga siendo extraordinaria.
Aunque reconozco que me gustaría asistir a una reunión en la que varios astrónomos intentasen ponerse de acuerdo sobre qué extremo del pollo corresponde a la cabeza. Sospecho que la discusión duraría más que algunas observaciones.
Y quizá terminaría con alguien proponiendo una nueva designación de catálogo: IC 2944, con guarnición.
Dos ojos en la oscuridad: el búho y E.T.
El tercer caso nos lleva hasta Casiopea, donde encontramos el cúmulo abierto NGC 457. Si los dos ejemplos anteriores jugaban con la silueta de una galaxia o con la extensión de una nebulosa, aquí la figura parece construida con una economía de medios casi teatral.
Dos estrellas brillantes forman algo parecido a unos ojos. A su alrededor, una distribución de estrellas sugiere un cuerpo, unas extremidades y una criatura suspendida en el espacio.
David J. Eicher, entonces editor de la revista Astronomy, reconoció la figura de un búho en este cúmulo en 1977 y empezó a llamarlo Owl Cluster. El nombre se popularizó después de aparecer en las páginas de la revista, en octubre de 1980. Desde entonces, el objeto ha acumulado otras interpretaciones: también se conoce como el Cúmulo de E.T., el Cúmulo del Hombre de Palitos y el Cúmulo Número 5, por su parecido con el robot de la película Cortocircuito (Short Circuit, 1986).
No hace falta cambiar de telescopio para pasar de un búho a un extraterrestre. Basta con cambiar de referencia cultural.
El búho pertenece a una tradición de imágenes que asociamos con los ojos grandes y la figura de un ave nocturna. E.T., en cambio, nos lleva al cine, a una criatura que muchas personas reconocen antes incluso de haber observado el cúmulo. El nombre no depende únicamente de la distribución de las estrellas: depende también de las imágenes que llevamos con nosotros cuando llegamos al ocular.
Y aquí aparece una pequeña historia sobre el paso del tiempo.
Quien aprendió a reconocer el cúmulo como un búho puede transmitir ese nombre a otra persona. Quien llegó a él después de ver la película de Spielberg quizá encuentre primero al extraterrestre. Y quien haya crecido con Cortocircuito puede descubrir que las estrellas parecen rendir homenaje a un robot cinematográfico.
Las estrellas son las mismas. Las generaciones cambian.
Me gusta imaginar a dos observadores compartiendo una noche de astronomía. Uno se inclina sobre el ocular y anuncia que ha encontrado el búho. El otro espera su turno, mira y responde que aquello se parece mucho más a E.T.
No necesitan discutir sobre las estrellas para discrepar sobre el nombre. Tampoco tienen que resolver la disputa para disfrutar del objeto. Cada uno ha encontrado una forma de orientarse dentro de una distribución que, sin esa figura imaginada, quizá resultaría más difícil de recordar.
Y, sin embargo, hay una pequeña trampa. Cuando aprendemos un nombre, podemos llegar a creer que ya hemos visto el objeto. El búho empieza a ocupar el lugar del cúmulo; E.T., el lugar de las estrellas. La etiqueta se vuelve tan familiar que casi deja de ser necesario volver a examinar aquello que pretendía describir.
Hasta que alguien nos propone otra figura.
Entonces miramos de nuevo.
Los nombres no están en las estrellas
El puro, el pollo y el búho extraterrestre tienen algo en común, aunque sus historias sean distintas: ninguno necesita existir tal como lo imaginamos para que el objeto astronómico sea real.
M82 no es un cigarro; es una galaxia que atraviesa una fase de intensa formación estelar. IC 2944 no contiene un pollo escondido entre sus nubes; es una región de gas y estrellas jóvenes cuya forma permite varias interpretaciones. NGC 457 no alberga un búho ni un visitante de otro planeta: es un cúmulo estelar que ha inspirado diferentes figuras a lo largo del tiempo.
Los apodos nos ayudan a reconocerlos, a recordarlos y a compartir con otras personas el entusiasmo de encontrarlos. En la astronomía amateur, esos nombres pueden tener una vida especialmente larga: se transmiten en conversaciones, guías, fotografías y noches de observación, incluso cuando no forman parte de una nomenclatura oficial.
No hay necesidad de prohibirlos ni de imponerles una solemnidad que nunca pretendieron tener. Lo importante es saber qué clase de nombre estamos utilizando y no confundir una imagen sugerente con una explicación científica.
Al fin y al cabo, nombrar es una forma de empezar a conocer. Pero también puede ser una forma de dejar de preguntar, si creemos que la palabra ya contiene todo lo que hay que saber.
Quizá por eso me gustan tanto estos nombres. No porque el universo esté lleno de puros, pollos y extraterrestres, sino porque cada uno nos invita a regresar al objeto y comprobar qué hay detrás de la primera impresión.
La próxima vez que encuentre M82, procuraré recordar el puro. Después intentaré pensar en el gas que escapa de su disco, en las estrellas que nacen a un ritmo extraordinario y en la historia gravitatoria que la une a M81.
Y cuando llegue a NGC 457, no tendré prisa por decidir si estoy viendo un búho o a E.T.
Dejaré que las estrellas sigan ahí, antes de que mi imaginación termine de ponerles nombre.
Porque el cielo, después de todo, está lleno de nombres que todavía esperan su historia.
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Referencias para seguir tirando del hilo
- European Southern Observatory (ESO). (2011). A Bird in Flight? Nota sobre IC 2944 y la Nebulosa del Pollo Corredor. "ESO 1135" (https://www.eso.org/public/news/eso1135/).
- NASA. Messier 82 (The Cigar Galaxy). Información sobre la galaxia, su actividad de formación estelar y la interacción con M81. "NASA Science" (https://science.nasa.gov/mission/hubble/science/explore-the-night-sky/hubble-messier-catalog/messier-82/).
- NASA/JPL. Galaxy M82. Información sobre el brote de formación estelar y la interacción pasada con M81. "NASA Jet Propulsion Laboratory" (https://www.jpl.nasa.gov/images/pia04218-galaxy-m82/).
- Eicher, David J. Deep-Sky Dreams: The Owl Cluster. Recuerdo del propio Eicher sobre cómo reconoció y popularizó la figura del búho en NGC 457. "Astronomy Magazine" (https://www.astronomy.com/observing/deep-sky-dreams-the-owl-cluster/).
- Goldstein, Alan. 101 Must-See Cosmic Objects: The Owl Cluster. Referencia sobre los nombres alternativos de NGC 457 y su aparición en Astronomy en octubre de 1980. "Astronomy Magazine" (https://www.astronomy.com/observing/101-must-see-cosmic-objects-the-owl-cluster/).
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