La disparatada comisión de nominación astronómica (y otros intentos de poner orden en el cosmos)

El universo tiene un problema de nomenclatura. O, al menos, eso es lo que piensa un pequeño grupo de personas que ha decidido dedicar su vida a resolverlo.


Tenemos una materia que no emite luz, una componente desconocida que parece acelerar la expansión del universo y millones de objetos celestes que se resisten a caber en cualquier inventario. Pero, en medio de semejante despliegue de misterios, hay algo que parece preocuparnos especialmente: cómo llamamos a las cosas.


Porque la astronomía tiene un talento extraordinario para poner nombres. Algunos son solemnes, otros parecen matrículas de automóvil y unos cuantos despiertan un hambre considerable.


Fue así como, mientras consultaba Stellarium, me encontré con una denominación que me hizo detenerme: NGC 7331. Grupo Deer Lick.


Un grupo de galaxias. Un nombre que suena a paraje boscoso, a excursión por las montañas y, quizá, a un ciervo que se ha acercado a beber. La realidad era bastante menos zoológica.


El nombre popular está relacionado con Deerlick Gap, un lugar de observación de Carolina del Norte. Durante los años ochenta, el astrónomo aficionado Tom Lorenzin contempló desde allí NGC 7331 y las galaxias que aparecen en sus inmediaciones. La denominación conserva la huella de aquella experiencia.


Y lo de «aparente» importa. Algunas galaxias que vemos cerca de NGC 7331 se encuentran, en realidad, a distancias muy diferentes. La perspectiva las reúne en el mismo campo visual, pero no significa que formen una familia de galaxias físicamente unida.


Los ciervos nunca estuvieron allí. Las galaxias, sí.


Imaginemos ahora que alguien considera intolerable que el cosmos, además de inmenso, sea tan poco disciplinado a la hora de bautizar sus criaturas. Que alguien decide poner orden en semejante desbarajuste y fundar una institución dedicada a proteger la dignidad de los nombres celestes.


Así nace nuestra protagonista: la Comisión de Nominación Astronómica.


No busquen su sede. No aparece en los directorios de la Unión Astronómica Internacional ni tiene página web, reglamento público o teléfono de atención al ciudadano. Es una institución imaginaria, aunque su espíritu burocrático podría sobrevivir perfectamente en cualquier organismo con suficientes formularios y una máquina de café.


La Comisión tiene una misión: revisar los nombres astronómicos que considera impropios, confusos o sencillamente demasiado divertidos. Su objetivo declarado es garantizar la dignidad del universo. El no declarado, que nadie se atreve a mencionar en las actas, es que sus integrantes puedan añadir una línea memorable a su currículum.


El procedimiento es sencillo, al menos sobre el papel. Cualquier denominación sospechosa se somete a evaluación, se nombra un comité, se redacta un informe y, si hace falta, se crea una subcomisión encargada de estudiar por qué el primer comité no ha llegado a ninguna conclusión.


En el despacho del presidente hay, además, un pequeño tablón con la fotografía de quien ha recibido el título de Astrónomo del Mes. El galardón se concede a la persona que presenta la propuesta más relevante para la normalización de la nomenclatura celeste.


Don Anselmo lleva tres años observando aquel tablón con una mezcla de esperanza y resentimiento.


Ha presentado informes sobre la longitud excesiva de algunos nombres, la inconveniencia de ciertas denominaciones informales y la necesidad de establecer criterios homogéneos para las metáforas astronómicas. Ninguno ha conseguido el reconocimiento esperado.


Pero don Anselmo no se rinde. Está convencido de que su gran idea aún está por llegar.


El primer expediente que examina la Comisión es el Grupo Deer Lick.


—¿De verdad vamos a permitir que un conjunto de galaxias lleve un nombre que evoca un lugar asociado a ciervos? —pregunta el presidente, visiblemente preocupado.


—No se trata de un nombre zoológico —responde una vocal—. Y tampoco significa que las galaxias estén físicamente agrupadas.


—Peor todavía —replica el presidente—. Un nombre que no describe lo que es y que, además, requiere una explicación.


Se abre un expediente. Se solicitan aclaraciones. Alguien propone estudiar la posibilidad de sustituir el nombre por una denominación que describa mejor la distribución aparente de las galaxias.


La propuesta se rechaza por unanimidad: exigiría explicar por qué la nueva denominación también necesita una explicación.


La Comisión pasa al siguiente caso: la Gaia Sausage, literalmente, la «salchicha de Gaia».


Esta vez el presidente ni siquiera intenta disimular su indignación.


—¿Una salchicha? ¿Hemos dedicado siglos a desarrollar telescopios, observatorios y modelos matemáticos para terminar describiendo una estructura de la Vía Láctea como un embutido?


La historia científica, sin embargo, es fascinante.


Los datos de la misión Gaia han permitido estudiar los movimientos de enormes cantidades de estrellas de nuestra galaxia. Al analizar sus velocidades, los astrónomos identificaron una población estelar con trayectorias muy alargadas, interpretada como el rastro de una antigua fusión entre la Vía Láctea y otra galaxia. En las representaciones de esos movimientos, la distribución recordaba a una salchicha.


Y así se popularizó el nombre.


No es una denominación oficial que debamos imaginar inscrita en una placa cósmica. Es un apodo descriptivo que permite hablar de una estructura compleja sin tener que recitar una explicación técnica cada vez.


La Comisión escucha la exposición en silencio.


—Una galaxia engulle a otra —resume el presidente—, miles de millones de años de evolución estelar quedan registrados en los movimientos de sus estrellas y nosotros terminamos llamándolo salchicha.


Hace una pausa.


—¿Qué será lo siguiente? ¿La nebulosa del puré de patatas?


La pregunta queda recogida en el acta. Nadie se atreve a responder.


En ese momento, la máquina de café emite un zumbido, parpadea tres veces y deja escapar una pequeña nube de vapor.


—¿Otra vez? —pregunta la secretaria.


El presidente consulta el informe técnico. La incidencia figura como «radiación de origen desconocido». El responsable de mantenimiento ha recomendado no acercar objetos metálicos a la máquina y evitar comentarios sobre su comportamiento.


La Comisión acuerda posponer el asunto hasta la siguiente reunión. No puede permitirse que una máquina de café sin nombre distraiga a sus miembros de los problemas verdaderamente importantes.


Es entonces cuando don Anselmo levanta la mano.


—Quizá el problema no sea que los nombres sean demasiado informales —dice—. Quizá el problema sea que todavía no hemos encontrado nombres suficientemente buenos.


El presidente lo mira con desconfianza.


Don Anselmo abre una carpeta. Dentro hay un documento de cuarenta y siete páginas titulado Propuesta para una nomenclatura astronómica de proximidad afectiva.


Su idea es revolucionaria: sustituir ciertas denominaciones por nombres que permitan al público establecer una relación más cercana con los objetos celestes. Nada de cifras frías, letras griegas o catálogos interminables. Nombres reconocibles, memorables y culturalmente accesibles.


Su propuesta estrella consiste en rebautizar la Nebulosa del Anillo como Nebulosa de la Croqueta.


La argumentación es impecable, al menos desde el punto de vista de don Anselmo. Si el nombre tradicional destaca la forma anular del objeto, sostiene, una denominación gastronómica podría mejorar su accesibilidad emocional y facilitar su recuerdo entre el público.


El documento incluye una ilustración, un estudio comparativo de formas y una tabla con diferentes grados de semejanza entre estructuras astronómicas y alimentos rebozados. Hay incluso un apartado dedicado a las dificultades de identificación cuando las imágenes presentan baja resolución.


El informe concluye que la croqueta constituye una unidad cultural de gran potencia evocadora y que su incorporación a la nomenclatura astronómica podría contribuir a la divulgación científica.


Don Anselmo está convencido de que, esta vez sí, conseguirá el título de Astrónomo del Mes.


La Comisión, sin embargo, detecta algunas dificultades.


—¿Se ha realizado un estudio independiente sobre la morfología de la croqueta? —pregunta una vocal.


—Sí.


—¿Se han contemplado las variantes regionales?


—También.


—¿Y qué ocurre con las croquetas caseras, cuya forma no responde a ningún patrón industrial?


Don Anselmo guarda silencio. No había previsto esa objeción.


La reunión se complica cuando otro miembro pregunta si una croqueta perfectamente redonda debería clasificarse como una esfera, un anillo macizo o una estructura de geometría alimentaria todavía desconocida.


La secretaria toma nota.


El presidente propone crear un grupo de trabajo para determinar si la forma de una croqueta puede considerarse un criterio objetivo de clasificación. Se acuerda encargar, además, un informe sobre la posibilidad de confundir una croqueta con una albóndiga en imágenes astronómicas de baja resolución.


La reunión se prolonga durante tres horas. A la salida, nadie recuerda exactamente qué se estaba discutiendo.


La máquina de café vuelve a emitir su zumbido. Esta vez, una cucharilla se desliza lentamente sobre la mesa y cae al suelo.


—No lo incluyamos en el acta —susurra la secretaria—. Si abrimos otro expediente, no terminaremos nunca.


Don Anselmo no se da por vencido. Durante las semanas siguientes revisa su propuesta, incorpora las observaciones del comité y redacta un anexo de dieciséis páginas sobre la necesidad de establecer una escala normalizada de rebozado.


Llega el día de la votación. El presidente se aclara la garganta y consulta sus papeles.


—La Comisión ha valorado muy positivamente el trabajo presentado por don Anselmo. No obstante, considera que la propuesta podría introducir un precedente de excesiva sensatez y que su aplicación requeriría un periodo de adaptación incompatible con el calendario de reuniones previsto.


Don Anselmo palidece.


—Por tanto, el premio al Astrónomo del Mes se concede a doña Margarita Lipoyetsky, por su estudio sobre una estructura celeste cuya silueta recuerda, con notable precisión, a una pinza de tender la ropa.


Se produce un aplauso breve, pero sincero.


Margarita recoge su diploma. Don Anselmo guarda la carpeta de las croquetas. En el pasillo, alguien comenta que una pinza de tender es un objeto mucho más versátil que una croqueta y que, además, permite sujetar papeles.


La Comisión toma nota de la observación.


Don Anselmo regresa a su despacho y contempla el tablón de los premiados. Por primera vez en tres años, no siente indignación, sino una extraña curiosidad. ¿Y si el problema no fuera la falta de reconocimiento? ¿Y si la Comisión estuviera condenada a encontrar siempre un nombre más absurdo que el anterior?


Esa noche, según cuenta una fuente que prefiere mantenerse en el anonimato, ocurrió algo extraordinario.


Una nave extraterrestre interceptó una de las publicaciones científicas en las que se describía la estructura conocida como Gaia Sausage. Los ocupantes de la nave, después de traducir el texto y examinar las figuras, solicitaron una reunión urgente con el Consejo Galáctico.


—Hemos encontrado una civilización que estudia el universo con instrumentos extraordinarios —informó la delegada de exploración—, pero que denomina salchicha a una estructura de estrellas y propone cambiar una nebulosa por una croqueta.


El Consejo guardó silencio.


—¿Debemos establecer contacto? —preguntó otro delegado.


La respuesta tardó varios minutos en llegar.


—Propongo que esperemos. Tal vez todavía estén en una fase experimental.


La comunicación se interrumpió. La nave puso rumbo a otro sistema estelar.


No consta que la Comisión haya recibido nunca esa transmisión. Tampoco figura en sus actas.


Y aquí termina nuestra pequeña ficción, aunque no del todo su relación con la astronomía real.


Deer Lick y Gaia Sausage no son ejemplos equivalentes. El primero conserva la huella de un lugar de observación y de una experiencia visual; el segundo alude a una estructura identificada mediante el análisis de los movimientos estelares, cuya forma en los datos recuerda a una salchicha. Uno evoca un paisaje terrestre; el otro, un patrón descubierto al estudiar nuestra propia galaxia.


Los nombres astronómicos tienen historias distintas. Algunos proceden de catálogos y convenciones; otros nacen de una observación, de una semejanza o de una expresión que termina haciendo fortuna entre quienes investigan y quienes disfrutan del cielo. Un apodo puede ser informal sin ser inútil, y una imagen divertida puede ayudarnos a recordar una idea científica compleja.


No hace falta que el universo se tome demasiado en serio para que nosotros lo estudiemos con rigor. Podemos sonreír ante una salchicha galáctica y comprender, al mismo tiempo, que su nombre está ligado a una investigación sobre la historia de la Vía Láctea. Podemos disfrutar del Grupo Deer Lick sin imaginar que todas esas galaxias forman necesariamente una familia unida.


Quizá no se trate de imponer dignidad a los nombres del cosmos, sino de comprender qué nos cuentan y qué no debemos deducir de ellos.


El universo seguirá expandiéndose sin consultar las actas. Y la máquina de café de la Comisión, por lo que me cuentan, continúa emitiendo una radiación de origen desconocido.


Referencias para seguir tirando del hilo


- Unión Astronómica Internacional (IAU). "Naming of Astronomical Objects" (https://iauarchive.eso.org/public/themes/naming/). Información sobre las convenciones y los procedimientos de nomenclatura astronómica.

- Belokurov, V., Erkal, D., Evans, N. W., Koposov, S. E. y Deason, A. J. (2018). “Co-formation of the disc and the stellar halo”. Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, 478(1), 611–619. "https://doi.org/10.1093/mnras/sty982" (https://doi.org/10.1093/mnras/sty982).

- Helmi, A. et al. (2018). “The merger that led to the formation of the Milky Way’s inner stellar halo and thick disk”. Nature, 563, 85–88. "https://doi.org/10.1038/s41586-018-0625-x" (https://doi.org/10.1038/s41586-018-0625-x).


Comentarios