A mediados de octubre, el Sol ocupa por completo mi atención en el patio. Me acerco al ocular y recorro el disco hasta encontrar aquello que ha despertado mi curiosidad.
Hoy es una protuberancia.
Sobresale del borde solar como un arco irregular, suspendido sobre la oscuridad. Me detengo a observarla. Cerca de mi silla, mis gatas descansan tranquilamente. De vez en cuando, alguna se frota contra mi pierna para recordarme que está ahí. Todo transcurre con la calma habitual de una sesión de observación. Al otro lado del ocular, sin embargo, contemplo una estrella cuya atmósfera cambia sin descanso.
Después llega el momento de fotografiar.
Con el Acuter Phoenix de 40 milímetros, equipado con un filtro H-alfa, puedo distinguir detalles de la cromosfera que el intenso brillo de la fotosfera oculta a nuestra vista. La protuberancia destaca sobre el fondo oscuro. En el disco aparecen filamentos y variaciones de brillo que revelan una atmósfera mucho más compleja de lo que su aspecto uniforme sugiere.
¿Qué mantiene ese arco en su lugar?
La respuesta está en el magnetismo.
La forma de un campo invisible
Una protuberancia está formada por plasma: materia en la que una parte importante de los átomos ha perdido electrones y que, por tanto, contiene partículas con carga eléctrica. Su comportamiento está estrechamente ligado a los campos magnéticos de la atmósfera solar.
En determinadas condiciones, estos campos pueden sostener y organizar grandes cantidades de plasma en arcos que se extienden por encima del borde visible del Sol. Algunas protuberancias permanecen relativamente estables durante días o semanas. Su apariencia tranquila esconde un equilibrio complejo entre el magnetismo, la gravedad y las fuerzas ejercidas por el propio plasma.
El Sol no es una enorme bola de fuego en el sentido habitual. Su energía procede de reacciones de fusión nuclear, mientras que la forma de una protuberancia depende de la interacción entre el plasma y los campos magnéticos.
Cuando esa configuración pierde estabilidad, la protuberancia puede cambiar rápidamente. Parte de su material puede caer de nuevo hacia el Sol; en otros casos, la estructura puede erupcionar y expulsar plasma hacia el espacio. Algunas de estas erupciones están asociadas a eyecciones de masa coronal, grandes expulsiones de plasma y campo magnético que se propagan por el espacio interplanetario.
El magnetismo contribuye a mantener el arco y también interviene en los procesos que pueden desencadenar su desaparición.
Un Sol que no es uniforme
Vuelvo a la fotografía. La protuberancia atrae primero la mirada, pero el disco también tiene mucho que mostrar.
En H-alfa, la cromosfera revela una textura de filamentos, regiones brillantes y estructuras que dibujan la actividad magnética del Sol. No estamos viendo una superficie sólida, sino una capa de su atmósfera en la que el plasma se mueve bajo la influencia de los campos magnéticos.
La cromosfera se encuentra por encima de la fotosfera, la región de la que procede la mayor parte de la luz visible que recibimos. Más lejos se extiende la corona, mucho menos densa y extraordinariamente caliente.
La línea H-alfa del hidrógeno se encuentra en una longitud de onda de unos 656,3 nanómetros. El sistema de filtrado del telescopio selecciona una franja muy estrecha alrededor de esa longitud de onda y permite observar detalles de la cromosfera que quedan ocultos por el brillo mucho más intenso de la fotosfera.
Hay una diferencia importante entre lo que vemos en el borde y lo que aparece sobre el disco. Una misma estructura puede destacar como una protuberancia cuando se proyecta sobre el fondo oscuro del espacio y verse como un filamento oscuro cuando queda delante de la brillante superficie solar. La diferencia se debe, en buena medida, al contraste con el fondo.
La fotografía permite apreciar esas estructuras, pero para comprender cómo evolucionan necesitamos observarlas a lo largo del tiempo.
Más fría que su entorno
Las protuberancias guardan otra particularidad: su plasma suele estar mucho más frío que la corona que las rodea.
La palabra frío necesita una referencia. El material de muchas protuberancias alcanza temperaturas de miles de grados, mientras que la corona puede superar el millón de grados.
La protuberancia es relativamente fría y densa frente a una corona mucho más caliente y tenue. Su aspecto depende también de cómo el plasma emite, absorbe y dispersa la luz.
Ese arco que parece dibujado con fuego está formado por materia mucho más fría que el entorno en el que permanece suspendida.
Para saber si la protuberancia crece, se transforma o acaba erupcionando, hay que observarla a lo largo del tiempo. Una fotografía conserva su aspecto en un instante; una secuencia de imágenes puede revelar el movimiento.
Una estrella delante de casa
Cuando observo el Sol desde el patio, no necesito viajar a un lugar remoto ni esperar a que caiga la noche. Necesito el equipo solar adecuado, unas condiciones favorables y tiempo para detenerme ante el ocular.
Mis gatas siguen descansando cerca de la silla. La escena apenas ha cambiado. A unos 150 millones de kilómetros, en cambio, el plasma se organiza bajo la influencia de campos magnéticos que no podemos ver directamente, pero cuyos efectos sí podemos observar.
Esa convivencia entre lo cotidiano y lo extraordinario forma parte de lo que me atrae de la astrofotografía. A veces pensamos que para encontrar algo asombroso debemos mirar muy lejos. Sin embargo, nuestra propia estrella contiene estructuras que solo conseguimos apreciar cuando aprendemos a observarla de otra manera.
La cámara me permite conservar lo que he descubierto en el ocular. La ciencia me ayuda a comprenderlo y a reconocer lo que todavía no puedo deducir de una imagen. Pero todo empieza antes: cuando algo despierta mi curiosidad y decido detenerme.
Un arco suspendido sobre el Sol.
La estrella no ha detenido su actividad para que yo pueda fotografiarla. Durante unos minutos, simplemente, he podido registrar una de sus formas cambiantes.
Quizá mañana esa estructura haya desaparecido o sea muy distinta. La fotografía conservará su aspecto de hoy, mientras el Sol continúa con su actividad.
Y mis gatas, probablemente, seguirán descansando junto a la silla del astrónomo.
Presta atención. Asómbrate. Cuéntalo.
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